Crítica de ‘Sueños de Trenes’ (‘Train Dreams’): Una epopeya vital que celebra los momentos.

La cinematografía independiente ha sido campo de cultivo para propuestas íntimas y observacionales, cargadas de matices emocionales, que suelen quedar al margen de las grandes producciones, más sensibles a las tendencias comerciales y los algoritmos que condicionan los gustos del público. Sin embargo, esa lírica artesanal –tejida a partir de silencios elocuentes, narrativas minimalistas y personajes que oscilan entre la fragilidad y la resistencia– halla nuevos interlocutores en la era del streaming, pues este nuevo modelo de exhibición amplía la visibilidad de los realizadores. Un ejemplo de este paradigma es Sueños de trenes, dirigida por Clint Bentley y respaldada por Netflix.
Basada en una novela de Denis Johnson, la película sigue a Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton (Materia oscura, Identidad borrada), un leñador que encadena trabajos a lo largo del oeste estadounidense a comienzos del siglo pasado. Marcado por la desgracia, intenta reconstruirse y adaptarse a un mundo que cambia a un ritmo ajeno a su propia herida.


El segundo largometraje de Bentley, tras Jockey (2021), continúa el sendero del buen cine independiente norteamericano. Como ocurre en numerosas obras de esta corriente, el relato presenta una (aparentemente) pequeña historia, que se engrandece mediante su introspección, revelando la trascendencia de un relato humano que bien podría ser el de cualquiera. El motivo de esta grandeza reside en el mensaje humanista que envuelve el metraje, destacando una variedad de momentos que, por muy puntuales o pasajeros, esculpen la esencia del individuo. De hecho, la búsqueda de la identidad, ya manifestada en un joven Robert, lo perseguirá durante décadas, construyendo una parábola existencial que deriva en la intrincada pregunta: ¿Cuál es el sentido de la vida?
De esta manera, Sueños de trenes conforma una delicada meditación sobre el paso del tiempo. El corazón de la película (de su protagonista) funciona como una balanza de medir: por un lado, sostiene la belleza de la vida; por otro, el sufrimiento que esta conlleva. El contrapeso varía mediante infinitas expresiones: amor, pérdida, esfuerzo, injusticia, compañerismo, venganza o misericordia. Como un todo, la obra acepta y abraza este (des)equilibrio, pero nunca impone respuestas definitivas, pues el propósito final es aquel que cada uno decida. Así, la soledad se presenta en clave embellecedora, recorriendo un territorio de aprendizaje en el que conviven tragedia y esperanza.

El discurso se extiende más allá del viaje de Robert, pues este se cruza con múltiples personajes que transitan sus propios caminos. De esta interacción surge un mosaico de voces y miradas que amplían el espectro emocional de la película, desde figuras excéntricas y errantes hasta otras más vitales y locuaces. En especial, la familia aparece como núcleo complejo, donde se entrelazan amor, sacrificio y dolor.
A esto, cabe destacar el portentoso despliegue visual y sonoro que mantiene las constantes vitales del corazón narrativo, aproximándonos a una suerte de tangibilidad fílmica. El formato IMAX ofrece una mayor inmersión hacia la parábola visual que compone la preciosista fotografía de Adolfo Veloso (Jockey), cuyos ecos –salvando distancias– remiten al trabajo de Emmanuel Lubezki al servicio de Terrence Malick en El árbol de la vida (2011). Además, la composición musical de Bryce Dessner (Vivir el momento) refuerza el tono poético de este viaje existencial y dialoga con los cambios generacionales estadounidenses de la primera mitad del siglo XX.


En conjunto, entre destellos de un western, impregnado de épica visual y lirismo, se oculta una historia sencilla, pero profunda, que opera como una pequeña epopeya vital. Bentley firma con Sueños de trenes un relato reflexivo y conmovedor, que celebra los momentos.
NOTA: ★★★½
«SUEÑOS DE TRENES», YA EN NETFLIX.
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