Crítica de ‘Rondallas’: Uno para todos y todos rumbo al cine.

Daniel Sánchez Arévalo ha conseguido, con su cine, hacer que parezca fácil lo que es realmente complejo. Mientras que los espectadores conectan emocionalmente con sus películas, desde su debut en el largometraje con Azuloscurocasinegro en 2016, pasando por las tragicomedias Gordos (2009), Primos (2011), La gran familia española (2013) y Diecisiete (2019), algunas voces de la crítica especializada desechan con rapidez este tipo de género que, aun siendo ciertamente formulaico, funciona como termostato en la sala de cine y eleva al máximo exponente la cualidad innata del cine en salas: la experiencia colectiva.
Las rondallas gallegas, centro de su película homónima, tienen una conexión muy fuerte con la forma de hacer cine por la labor colectiva que supone. Bajo la dirección de un capitán –director– todos y cada uno de sus miembros deben estar, perfectamente, sincronizados para conseguir la mejor ejecución final posible. Si una rondalla está formada hasta por 100 personas, organizadas en diferentes secciones instrumentales que siguen los compases del capitán, un equipo medio de rodaje se forma por no menos personas divididas en dirección, guionistas, reparto, dirección de fotografía y arte, sonido, atrezzistas, etc. En Rondallas, Daniel Sánchez Arévalo unifica ambos conceptos para realizar una película marcada por la solidaridad, la unidad y el sentido de pertenencia a una comunidad; un proyecto.

El planteamiento inicial de la película presenta a los dos únicos supervivientes del naufragio de un barco pesquero en el que el resto de tripulantes perecieron, provocando un trauma en toda la comunidad del pequeño pueblo gallego en el que residen, y donde todos, de alguna manera, se han visto afectados. Dos años después, Luis, uno de los supervivientes y mejor amigo del capitán fallecido del barco, propone recuperar la ilusión y el latir del pueblo recuperando la formación de una rondalla popular para participar en el concurso tradicional que se celebra en Vigo en Navidad. La música será el hilo que cicatrice las heridas que, aún, duelen en el seno de la comunidad de A Guarda.

La estructura que sigue Daniel Sánchez Arévalo es honesta con la propia propuesta y con el espectador, no sumiendo a la historia en una complejidad impostada ni en sorpresa sobre posibles giros de guion, y poniendo todos sus recursos técnicos y narrativos al servicio de la emoción, mediante unos personajes bien escritos y la confianza en un reparto en estado de gracia.
Precisamente, el primer acto de la película se centra en las tensiones latentes entre los distintos miembros de la comunidad cuando el personaje interpretado por Javier Gutiérrez (La vida breve), plantea la organización de la rondalla. De forma inteligente, Sánchez Arévalo estructura varios niveles de relaciones entre personajes, mientras presenta conflictos que desenreda con una dosis bien medida de humor. De este modo, se pueden establecer varios subgrupos de forma analítica que constituyen el global, donde todos y cada uno de los miembros del reparto rayan a gran nivel, pero que no cabrían en esta crítica.

Javier Gutiérrez –alter ego de Daniel Sánchez Arévalo dentro de la película como capitán de la rondalla– y María Vázquez (Los pequeños amores) hacen de hilo conductor del resto de los personajes, que el espectador va conociendo a medida que avanza la trama y, a su vez, actúan como pegamento de esta comunidad.
El tándem cómico formado por Carlos Blanco (El caso Asunta) en el papel de Yayo, mentor en la formación musical de un torpe pero carismático guardia costero, el cómico y tierno Xoel, al que da vida a un nivel altísimo Tamar Novas (Nowhere), arranca las sonrisas más orgánicas de la película y genera una camaradería como pocas se han visto en el cine español del año 2025.
La última pareja en esta estructura es la de los actores más jóvenes de los seis, donde cabe destacar la interpretación que más sorprende y que mayor altura alcanza dentro del largometraje, protagonizada por la joven Judith Fernández (Matusalén) que aprovecha a la perfección el arco y desarrollo del personaje que le regala Daniel Sánchez Arévalo, Andrea, huérfana del capitán del barco e hija de Carmen, que acabará por erigirse como la carismática protagonista de la película, embelesado al espectador y, a su vez, a su compañero de reparto, Fer Fraga (Animal), cuyo personaje lleno de ternura, vulnerabilidad y bonhomía contrasta con una presencia física de altura.

Por supuesto, el nexo común que abraza la historia de Rondallas es la música folclórica gallega. O quizá no del todo. Hasta en esto, Sánchez Arévalo despoja de prejuicios la película, homogeneizando la tradición de la música cultural regional, como pasodobles y muñeiras con adaptaciones al ritmo de trance y el ¡Viva la vida! de Coldplay al ritmo de las gaitas gallegas.
Además de un uso musical y expresivo, la rondalla también tiene una funcionalidad narrativa, ya que el desarrollo y ensayo colectivo de la formación musical también acompaña a los diferentes estados de ánimo y emoción por los que pasan sus habitantes, hasta converger, de nuevo, en la comunidad que un día fueron y nunca dejaron de ser.

Rondallas es la vuelta al largometraje de Daniel Sánchez Arévalo en forma de emoción, baile y corazón. Un corazón que atraviesa la pantalla para instaurarse y hacerse más grande en una sala de cine, donde cada individuo que entró a la sala saldrá formando parte de la experiencia común de ver Rondallas en una sala de cine. Una fórmula tan formulaica como efectiva para acudir al cine y reencontrarse con el cine bienintencionado que te lleva a casa con una sonrisa de oreja a oreja.
NOTA: ★★★★☆
«RONDALLAS», YA EN CINES.
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