Crítica de ‘Más que rivales’ (‘Heated Rivalry’): dos deportistas de élite protagonizan un romance queer que supera cualquier prejuicio erótico.

Hay un momento, situado fuera de los márgenes de la ficción, que contextualiza el visionado de esta serie. Hace solo unos días, el árbitro de fútbol Pascal Kaiser fue brutalmente agredido en su propia casa. Esto ocurrió días después de haber vivido el sueño de su vida, cuando hincó la rodilla ante 40.000 espectadores en un estadio de la Bundesliga para pedirle matrimonio a su novio.
Este trágico suceso pone de manifiesto que la homofobia persiste en el deporte de élite (poco importa si la disciplina de masas es el fútbol, el hockey o cualquier otra), y es precisamente en este marco tan hostil y lamentablemente vigente desde donde volvemos la mirada hacia el fenómeno cultural que ha supuesto Heated Rivalry.
El fenómeno ha sido tal que Más que rivales (así se titula en España) ha llegado a Movistar Plus+ lo suficientemente tarde como para que su impaciente y apasionado público objetivo haya recurrido a (ejem) vías «alternativas» para consumirla, y la misma plataforma de streaming, consciente de ello, la promociona con frases del tipo «será toda vuestra (otra vez)» o «ha llegado el momento de disfrutarla en alta calidad (guiño, guiño)».

Concebida para la pequeña pantalla por Jacob Tierney y con una primera temporada basada concretamente en el segundo volumen de la exitosa saga juvenil Game Changers de Rachel Reid (2019), esta mediática serie LGTBIQ+ nos sumerge en el universo ficticio del hockey profesional.
La trama sigue a dos estrellas de la Major League Hockey que son como el día y la noche: capitanes de dos equipos cuya rivalidad, traducida al argot futbolístico, equivaldría a un Madrid-Barça, y ellos serían algo así como un Cristiano y un Messi. Uno es Shane Hollander, un canadiense modélico y disciplinado que juega para los Montreal Metros; el otro es Ilya Rozanov, el engreído y arrogante bad boy ruso de los Boston Raiders, que, además, tiene fama de mujeriego. Son rivales, pero ambos sienten una atracción recíproca y ardiente (como su propio título original indica) que ninguno llega a comprender del todo, o al menos no al principio.

Lo que comienza pareciendo una ficción erótica más, repleta de escenas subidas de tono entre dos chicos con las hormonas disparadas en una situationship de pocas palabras, revela después una profundidad, una sensibilidad y una vulnerabilidad insólitas, con la trama trazando un arco de autodescubrimiento que gana peso y matices episodio a episodio, madurando en perfecta simbiosis con sus personajes hasta culminar con un broche de oro en sus dos capítulos finales.
En ese sentido, es imposible no caer rendido ante la evolución de esta pareja. De los encuentros sexuales carnales, furtivos y aparentemente anecdóticos para saciar sus deseos en habitaciones de hotel clandestinas y apartamentos de lujo, pasan a intercambiar números de teléfono bajo los pseudónimos femeninos de «Jane» y «Lily» (nótese la fonética sospechosamente parecida a Shane e Ilya), al roce de zapatos bajo una mesa, a los celos (sublimes, a ritmo de All The Things She Said), a la media sonrisa cómplice al ver ganar al otro por televisión o a la intimidad de una llamada telefónica (cima dramática del quinto episodio).

El mérito de dicha alquimia recae en dos intérpretes revelación, Hudson Williams (Shane Hollander) y Connor Storrie (Ilya Rozanov), quienes servían mesas antes de recibir la llamada que cambiaría sus vidas para siempre y les llevaría a enfundarse los patines. Mención especial merece el segundo, texano de nacimiento (¡quién lo diría!), que realiza una labor inmensa construyendo el personaje con más capas y logrando lo imposible: un acento ruso convincente que no suena a caricatura de villano bondiano.
La química incandescente entre ambos es la razón por la que han pasado del anonimato absoluto al estrellato y a ser la obsesión de medio mundo. En un abrir y cerrar de ojos, dejaron atrás el servir mesas para desfilar por alfombras rojas, presentar los Globos de Oro, portar la antorcha olímpica, acumular millones de seguidores en Instagram y, en el caso de Storrie, presentar Saturday Night Live y atraer la atención del cineasta Luca Guadagnino para lo que huele a futura colaboración cinematográfica.

Pero no era nada fácil levantar una serie así, no solo por su desconocido casting, su origen humilde en Crave, una plataforma canadiense modesta, y su rodaje exprés de 37 días con presupuesto ajustado (no pudieron, por ejemplo, añadir una pista de hielo privada en la casa de Shane, ni siquiera un muelle), sino por el reto de narrar una historia con una cronología tan compleja (¡casi una década en solo seis episodios!) empleando elipsis temporales y saltos geográficos constantes sin que la estructura narrativa se viera afectada. Incluso hay margen para un tercer episodio que desvía todo el foco hacia otro jugador en el armario.

En última instancia, Más que rivales disecciona la angustia del deportista de élite condenado a vivir en el armario en un entorno hipermasculino y heteronormativo. Es la crónica de un amor entre dos atletas que temen ser ellos mismos en un mundo en el que una parte preferiría verlos como rivales que se odian a muerte, que se insultan y se hacen placajes en el hielo, antes que amándose. Una serie necesaria, liberadora y esperanzadora para el colectivo queer.
NOTA: ★★★½
«MÁS QUE RIVALES» («HEATED RIVALRY»), YA EN MOVISTAR PLUS+.
TRÁILER DE MÁS QUE RIVALES:
PÓSTER DE MÁS QUE RIVALES:

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