Crítica de ‘La maldición de Shelby Oaks’: La definición del mal en la era Youtuber.

Shelby Oaks, o La maldición de Shelby Oaks, como se ha titulado en España, es la ópera prima del director Chris Stuckmann, con producción de Mike Flanagan (La vida de Chuck, La maldición de Hill House), que, a pesar de haberse producido en el año 2024, llega a nuestra cartelera hoy viernes.
Lo cierto es que la película pudo verse antes en Sitges, gracias al Festival de Cine Fantástico de Cataluña, donde, cuando el certamen hizo pública la programación, se generó mucha expectación en torno a ella, quizá demasiada, a tenor de las tibias críticas que recibió entre sus asistentes una vez proyectada.

A pesar de esto, La maldición de Shelby Oaks es un ejercicio de horror más que solvente, cuya principal baza consiste en jugar de manera audaz entre los diferentes subgéneros del cine de terror. Así, el cineasta plantea una introducción propia del metraje encontrado (found footage) y el falso documental (mockumentary) –que nos recuerda a títulos como la escalofriante Lake Mungo, la icónica El proyecto de la bruja de Blair o la pionera The McPherson Tapes– en la que asistimos a la desaparición de los conductores del programa de temática paranormal «Paranormal Paranoids», para, a continuación, dejarnos llevar por los tropos propios del thriller sobrenatural, con toques de folk horror, cine sobre maldiciones, «tú la llevas», y temáticas propias de las historias sobre demonología (con un diseño muy parecido al íncubo de Insidious: Parte I).
Stuckmann mete todo esto en la batidora para regalarnos una pieza de terror que recupera el gusto por infundir miedo en el cuerpo del espectador a través de siniestras secuencias sustentadas por una buena dirección de la puesta en escena, más que por recurrir a un carrusel de explícitas escenas gore.

Además, es un producto interesante desde el punto de vista de la intrahistoria que dio lugar a la producción de la película. Y es que Christopher Stuckmann, antes de dedicarse a la dirección de cine, fue conductor de un canal de Youtube, un elemento que tiene importancia para el desarrollo de esta historia, que financió a través de un crowdfunding en la plataforma Kickstarter (a pesar de lo cual, tampoco podemos obviar la mano de Flanagan detrás de la producción ejecutiva).
Con todo y con esto, lo cierto es que la película juega en la liga del cine independiente norteamericano más que en el del blockbuster de terror comercial, estimándose que ha supuesto una inversión de entre 1,4 y 2,8 millones de dólares. Si valoramos estas cifras, y salvo un par de efectos digitales que no están a la altura del conjunto, lo cierto es que la cinta luce realmente bien, y se nota que Stuckmann ha sido muy inteligente a la hora de aprovechar los valores de producción en entornos naturales, así como a la hora de distribuir el presupuesto en las escenas que requerían de un viraje más de tipo «fantástico».
Por ejemplo, Stuckmann acierta al ubicar la trama en un pueblo abandonado, con escenarios que recuerdan a los parajes abandonados de Chernóbil, con la noria del parque de atracciones repleta de vegetación, maleza y óxido. Es precisamente ese óxido el que parece invadir todas las edificaciones de Shelby Oaks (el pueblo que da nombre a la película), en una suerte de homenaje a la dimensión demoníaca de los videojuegos de la saga Silent Hill. Algo de esto se cuela en la historia que Stuckmann nos está contando acerca de la semilla original de la maldad y cómo esta intoxica a los personajes.

El filme encuentra su fuerza en el virtuosismo del director a la hora de construir atmósferas malsanas que consiguen elevar paulatinamente la tensión que sienten los personajes mediante el uso de la fotografía y los ángulos de cámara. Y esta tensión se filtra a través de la pantalla para hacernos pasar un (buen) mal rato. Tampoco faltan los manidos jumpscares, aunque hay que reconocer que, en esta ocasión, están bien gestionados, hasta el punto de llegar a comernos dos o tres buenos sustos de los que te hacen saltar en la butaca.

A nivel de lenguaje cinematográfico, no obstante, esta película no va a cambiaros la vida, pero el realizador tiene la capacidad suficiente para jugar con los formatos de imagen (el falso documental y el formato de la ratio de una historia más narrativa), así como con los juegos de luces y sombras de la fotografía para generar la tensión que demanda la historia.
Entre los puntos negativos, la construcción de La maldición de Shelby Oaks va de más a menos, coincidiendo con el abandono de la tensión psicológica y atmosférica por una propuesta visual que empieza a enseñar explícitamente más que insinuar (como venía haciendo con éxito en sus primeros 45 minutos de metraje). A esto se suma que la escritura recurre a elementos típicos de este tipo de películas y el reparto protagonista toma las peores decisiones posibles dadas las circunstancias que se les plantean (no parece la mejor de las ideas visitar una cárcel abandonada, hacerlo sola y en mitad de la noche, ¿verdad?).

En definitiva, La maldición de Shelby Oaks es una buena apuesta para los amantes del cine de terror sin complejos que añoran estremecerse con la tensión generada por la construcción de atmósferas, obviando las concesiones típicas de guion, y sin por ello dejar de lado una buena traca final propia del fantástico.
NOTA: ★★★½
«LA MALDCIÓN DE SHELBY OAKS», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE LA MALDICIÓN DE SHELBY OAKS:
PÓSTER DE LA MALDICIÓN DE SHELBY OAKS:

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