Crítica de ‘La maldición de Widow’s Bay’: El destino vacacional con payasos asesinos, brujas y hombres del saco que no sabías que necesitabas.

Imaginad por un momento que el cabezota y negacionista alcalde de Tiburón (1975) hubiera tenido que lidiar con un brote de folk horror en lugar de con un escualo gigante devoraturistas. Si a esa brillante idea le añadimos una dosis de comedia negra, el resultado se parecería horrores (nunca mejor dicho) a esta La maldición de Widow’s Bay, la nueva serie de Apple TV, que, después de pasarse el juego en el género de la ciencia ficción, se anima ahora con el terror.
En ella, el padre y viudo Tom Loftis, un regidor forastero, se ha metido entre ceja y ceja convertir su isla –un pintoresco y aislado pueblo a 40 millas de la costa de Nueva Inglaterra donde apenas hay cobertura, tampoco hay WiFi y los Starbucks ni están ni se les espera, y que, además, es objeto del desprecio de su propio hijo adolescente– en el próximo destino turístico de moda. Para lograrlo, está dispuesto a hacer oídos sordos a las supersticiones y advertencias de los paranoicos (pero sabios) lugareños, quienes le repiten como un disco rayado que este pedrusco en mitad del océano está, vaya por Dios, maldito.

El plan maestro de Loftis pasa por invitar a un periodista de viajes del New York Times a pasar un fin de semana en la localidad. Con un poco de suerte, y mucho sudor para maquillar las historias de caza de brujas y canibalismo, logra el milagro: una crónica que encumbra al islote como «el secreto mejor guardado de Nueva Inglaterra», equiparándolo con Martha’s Vineyard.
¿El resultado? Los turistas empiezan a llegar en masa en ferry, provocando una efervescencia turística nunca antes vista. ¿El pequeño, minúsculo e insignificante inconveniente? Que los residentes, para variar, tenían toda la razón. Después de décadas de aparente calma, todas esas viejas historias macabras que el alcalde había despreciado como simples cuentos asustaviejas se hacen realidad y convierten la temporada alta en un escenario altamente peligroso.

Durante sus cuatro primeros episodios (dinámica que reverbera también en el octavo capítulo), la producción funciona como un reloj suizo gracias a la agradecida estructura de «monstruo de la semana», con píldoras de 40 minutos en las que el mal endémico del pueblo toma forma a través de los arquetipos clásicos del cine de sustos, encontrando la ficción ángulos gozosamente inéditos por su tono, que navega entre el terror (nunca paródico) y la comedia, potenciando por pura antítesis la extrañeza del relato.
Sirva como ejemplo el magistral segundo episodio, dirigido por Hiro Murai (The Bear, Mr. & Mrs. Smith), en el que nuestro querido Loftis accede a hospedarse en la posada embrujada para demostrar que es una opción family friendly. Una vez allí, el protagonista se dedicará a tachar los elementos del catálogo de maldiciones que nutren la tradición oral del lugar, como hospedarse en la infame suite del capitán que se volvió loco y masacró a su familia hacha en mano, o decir tres veces el nombre de la «fea Hortence» delante del espejo para, según dicen, ver su reflejo.
Este particular tren de la bruja, a ritmo de una banda sonora atmosférica de David Fleming (The Last of Us), nos muestra otros tantos desfiles de horrores, como una salada persecución en la playa con ecos spielbergianos, un slasher nocturno en el que un matarife enmascarado acecha muy, muy lentamente a su presa, y unas siniestras hogueras nocturnas de todo menos sanjuaneras.

Pero lo más fascinante de este circo de horrores es cómo la propia isla, rodada a la intemperie en Gloucester y Rockport (Massachusetts), se erige como un personaje más, y uno absolutamente tangible. Este ecosistema adverso es capaz de darle la réplica a un Matthew Rhys (La bestia en mí) magnífico en su papel de alcalde cegado y miedica; a una Kate O’Flynn (Happy, un cuento sobre la felicidad) como la singular asistente Patricia, que se echa a la espalda un cuarto episodio capitaneado por Sam Donovan (uno de los artífices de la aclamada Severance); y a un Stephen Root (Barry) en el rol del pescador Wyck, que se traga con patatas las ganas de soltar un merecidísimo «te lo dije».

Es una lástima que, en la segunda mitad de la temporada, se abandone en gran medida el enfoque narrativo de formato semiantológico que tan buenos resultados estaba dando para centrarse en un hilo serializado: la cruzada de Tom por encontrar la forma de romper la maldición que pesa sobre la isla.
El resultado aquí es mucho más irregular. Pasamos de un episodio entero en el que Loftis experimenta un viaje alucinógeno bajo los efectos de setas psicotrópicas en busca de respuestas; a un innecesarioflashback situado en la era colonial de 1702 dirigido, atención, por Ti West (trilogía X); y un final diseñado para dejar la puerta abierta de par en par a una segunda temporada.

Con todo ello, La maldición de Widow’s Bay provoca algo perverso en el espectador: nos hace emular la ceguera del alcalde y hacer caso omiso de las advertencias de los lugareños con tal de coger el ferry con destino a la isla. Y no lo haríamos para disfrutar de esa edulcorada y falsa promesa de, a ojos del reportero, la «próxima Martha’s Vineyard», sino por ese folleto turístico nunca publicado de terror folclórico. Llamadnos incautos, pero si Widow’s Bay es el destino, nosotros ya estamos haciendo las maletas.
NOTA: ★★★½
«LA MALDICIÓN DE WIDOW’S BAY», ESTRENO MAÑANA EN APPLE TV.
TRÁILER DE LA MALDICIÓN DE WIDOW’S BAY:
PÓSTER DE LA MALDICIÓN DE WIDOW’S BAY:

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