Crítica de ‘El diablo viste de Prada 2’: El diablo sigue vistiendo de Prada pero ahora vuela en turista.

Durante la era dorada de las comedias románticas dosmileras, una profesión era la clara preferida para las mujeres que las protagonizaban. Desde Sally Albright (Cuando Harry encontró a Sally) hasta Andie Anderson (Cómo perder a un hombre en 10 días), pasando por Jenna Rink (El sueño de mi vida), el periodismo encapsulaba el balance perfecto entre glamour, independencia, inteligencia y feminidad.
Todas ellas también tenían en común una ambición mayor (con la excepción de Jenna Rink, cuya posición como periodista era el deseo cumpleañero de una niña de 13 años). Se quejaban del frívolo mundo de la moda y las revistas ligeras, y aspiraban a escribir sobre temas canónicamente importantes: política, relaciones internacionales y economía. Andie Sachs (Anne Hathaway), de El diablo se viste de Prada, por supuesto, no era una excepción.

Podríamos perfectamente cuestionar el mandato de género que permea claramente toda esta narrativa inconformista y cómo estas comedias románticas han dotado a sus tramas de las gotas necesarias de feminismo performativo para satisfacer al público en su justa medida. Sin embargo, pese a su ligereza y simplicidad de discurso, todas estas películas se han quedado enmarcadas como fotografías exactas de las preocupaciones de su época.
El diablo se viste de Prada ya hablaba en 2006, aún de forma ciertamente romantizada, de la cultura tóxica del mundo de la moda, del ascenso corporativo y de un capitalocentrismo del que tampoco quería escapar. Por ello, no es de extrañar que esta segunda entrega, que llega 20 años después, mantenga esta actualidad y se disponga a reflejar todo aquello que preocupa a esta generación.

En 1988, Tess McGill (Armas de mujer), la working girl de Mike Nichols, escaló hasta la cima del mundo ejecutivo con uñas y dientes. Sus aspiraciones y problemas no distaban mucho de aquellos a los que se enfrentaba Andy Sachs en 2006, pese a una diferencia de 18 años entre películas. Sin embargo, el contraste entre el personaje de Hathaway en la primera entrega y el que nos llega ahora es abismal, señalando, con una buena dosis de realidad, cómo las normas del juego han cambiado en estos 20 años todo lo que no lo habían hecho en los 20 anteriores.
Tras un montaje inicial plagado de «Florals for spring», cinturones azules (o cerúleos) exactamente iguales, Nueva York en su máximo esplendor y otras muchas referencias a su primera parte, la cinta comienza en la gala de unos premios periodísticos, en la que todo se va al traste cuando tanto Andy como su mesa entera de compañeros son despedidos del periódico por mensaje.
Esto es un perfecto resumen de la segunda entrega de El diablo se viste de Prada, que no destaca por su sutileza, pero sí pone las cartas sobre la mesa. Si lo que nos atraía de su primera parte era el glamour inalcanzable de Runway y su presupuesto ilimitado, David Frankel y Aline Brosh McKenna, director y guionista, respectivamente, vuelven para mostrar una revista a la merced de altos ejecutivos sin interés creativo por su forma, que dan tijeretazo a su presupuesto sin ton ni son.

La vuelta del dúo que se encargó de hacer la primera le hace un gran favor a la secuela, pues sabe dónde estaban las claves de humor que usan para darle una vuelta modernizada. Así nos encontramos con una atemporal Miranda Priestly (Meryl Streep) que se encuentra sobrepasada por la cultura woke, y frustrada por las correcciones de su primera asistente (una divina Simone Ashley), que le recuerda lo que es o no políticamente correcto.
La mano derecha de Priestley sigue siendo, por supuesto, Nigel (Stanley Tucci), a quien tanto la secuela como Miranda tratan con más cariño y apreciación. A Emily (Emily Blunt) también la ha ablandado el tiempo, y resulta ser una vez más la voz de un realismo cínico, como alto cargo en Dior, que, no sin razón, sentencia que ahora el dinero está en la venta minorista y no en el periodismo.

Como digna sucesora de la primera entrega, la trama vuelve con unas dinámicas de género un tanto cuestionables, que parecen ser el sello dosmilero de las comedias románticas. No contenta con abarcar el deterioro de la industria, con contar con vueltas estratégicas de contratos dignas de un capítulo de Succession, pases de modelos liderados por Lady Gaga y un millonario que recuerda casi demasiado a Jeff Bezos, esta segunda parte resulta incapaz de dejar de lado la subtrama romántica. Un agente inmobiliario, que no aporta ni a lo que parecía que iba a ser una crítica lícita sobre la remodelación de apartamentos históricos, nos recuerda con frialdad que, aún 20 años después, no puedes ser la protagonista de una chick flick sin un hombre a tu lado.

En definitiva, pese a una estructura predecible de desenredos, diálogos subrayados y subtramas reprochables, El diablo se viste de Prada 2 se sostiene gracias a una mayor conciencia del mundo corporativo y una fatídica comprensión del declive del periodismo por un mundo digitalizado y democratizado, logrando permear la cinta de una protesta, que, aun simplista, resulta necesaria y relevante.
NOTA: ★★★☆☆
«EL DIABLO VISTE DE PRADA 2», YA EN CINES.
TRÁILER DE EL DIABLO VISTE DE PRADA 2:
PÓSTER DE EL DIABLO VISTE DE PRADA 2:

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