Crítica de ‘Ravalear’: Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta dignifican, a través de Can Mosques, la lucha vecinal frente a la crisis de la vivienda.

El estreno de Ravalear coincide, con apenas tres días de diferencia, con la manifestación por la vivienda celebrada el pasado domingo 24 de mayo. Unas protestas que, a lo largo del último año, se han sucedido de forma constante y que también han encontrado eco en distintos ámbitos culturales, entre ellos el cine y la televisión.
Temas como los desahucios, la gentrificación, la especulación inmobiliaria o el desplazamiento vecinal –ya abordados por Rodrigo Sorogoyen en Antidisturbios–reaparecen ahora en la nueva serie de Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta (Segundo premio), que tuvo su premiere mundial en la Berlinale. En esta ocasión, el thriller urbano sitúa el corazón del Raval barcelonés como epicentro de una historia inspirada en el caso real de Can Lluís, un restaurante familiar centenario amenazado por un fondo buitre.

La ficción sigue a la familia que fundó y regentó durante años el local, rebautizado en la ficción como Can Mosques. El relato se construye desde la mirada del hijo mayor, Àlex (Enric Auquer), quien, cuando está a punto de cerrar la compra del establecimiento, descubre que este ha sido vendido a un fondo de inversión extranjero. A partir de ese conflicto central, la producción despliega, a lo largo de seis episodios, una escalada creciente de tensión en la que la familia hará todo lo posible por evitar perder el restaurante. La ocupación de pisos vacíos, las presiones y las estrategias llevadas al límite revelan cómo el desamparo empuja a los personajes hacia situaciones extremas.

Toda esta dimensión social encuentra su fuerza en una puesta en escena profundamente física. Tanto la dirección como el montaje contribuyen a transmitir el ritmo frenético del barrio, mientras los directores optan por una realización nerviosa, marcada por zooms abruptos, persecuciones y una constante sensación de inestabilidad, que convierte cada desplazamiento por las calles del Raval en una experiencia asfixiante. Las secuencias dentro del local, cercanas al frenetismo de The Bear, condensan especialmente bien esa tensión y terminan funcionando como una prolongación emocional de los propios personajes.

La serie se aproxima, por momentos, a una textura casi documental gracias al rodaje en espacios reales, la presencia de rostros pixelados y la participación de habitantes del barrio como parte de su ecosistema visual, reforzando así la voluntad de capturar un Raval reconocible y alejado de cualquier representación romantizada. Todo ello queda subrayado por la fotografía de Takuro Takeuchi, que enfatiza esa dimensión material y tangible del entorno.

A ello se suma la banda sonora electrónica de Eloi Caballé, que introduce una energía abrasiva y casi hipnótica. Los sintetizadores contribuyen a generar la sensación de que el peligro nunca desaparece del todo. La serie encuentra ahí uno de sus mayores aciertos formales, pues convierte el conflicto de Can Mosques en un thriller opresivo en el que tanto sus protagonistas como la propia ciudad parecen vivir permanentemente al borde del estallido.
Aunque la narrativa parte de un restaurante inspirado en la experiencia real vivida por Pol Rodríguez, la obra logra articular una denuncia de alcance colectivo al retratar ciudades que avanzan destruyendo su propia identidad, donde restaurantes centenarios son condenados a desaparecer, barrios despojados y personas obligadas a resistir desde los márgenes frente a estructuras económicas profundamente deshumanizadas.

Así, este dúo de directores consigue, a través de la fotografía viviente del Raval, construir una radiografía actual de la crisis de la vivienda que invita a no perder la esperanza desde la colectividad y el apoyo vecinal. Ravalear traslada un conflicto concreto a una problemática social mucho más amplia que afecta hoy a muchas ciudades.
NOTA: ★★★½
«RAVALEAR», YA EN HBO MAX.
TRÁILER DE RAVALEAR:
PÓSTER DE RAVALEAR:

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