Muere Manolo Solo a los 62 años: adiós al actor que convirtió cada papel, por pequeño que fuera, en inolvidable.
Ganador del Goya por ‘Tarde para la ira’, el intérprete andaluz ha fallecido tras luchar contra un cáncer.

Basta con hacer exactamente la acción del título de una de sus últimas (y más aclamadas) películas: cerrar los ojos. Haz la prueba. Si intentas imaginar a Manolo Solo, su inconfundible rostro aparecerá al instante, nítido y magnético, en tu memoria. Porque no hay cinéfilo en España ni espectador casual que se precie que no reconozca la cara de uno de los actores más irrepetibles de nuestra industria.
Hoy, lamentablemente, el cine español se viste de luto y nos toca abrir los ojos a una amarga realidad: Manolo Solo ha fallecido a los 62 años a causa de un cáncer, tal y como ha confirmado la Academia de Cine.
La carrera de un actor que nunca dejó de sorprender

Nacido en Algeciras en 1964 como Manuel Jesús Fernández Serrano, parecía, en un principio, que su destino iba a estar muy lejos de los focos. Estudió Ciencias de la Educación en la Universidad de Sevilla y, durante un tiempo, el guion de su vida apuntaba hacia una carrera ligada a la enseñanza. Por suerte para todos, no fue así.
Antes de comerse la pantalla, encontró su primer gran refugio en la música. Como compositor, cantante e instrumentista, se curtió en formaciones con nombres tan peculiares, rocambolescos y muy de su tiempo como Los Relicarios, Combo Crónico, Libertad Provisional, Arden Lágrimas o, en un guiño casi premonitorio a su futuro cinematográfico, Los Kevin Bacons. De esta época nació su apellido artístico: Solo.
Buscando canalizar toda esa energía, se matriculó en el Instituto del Teatro de Sevilla. Sin embargo, abandonó las clases en segundo curso para formarse y trabajar en un terreno donde su inconfundible voz rasgada ya prometía auténticas maravillas: el doblaje. Así, durante los años noventa, marcó a toda una generación de millennials –esos que merendaban pan con chocolate frente al televisor– al prestar sus cuerdas vocales al asesino de la trenza, Tao Pai Pai, repartiendo mamporros en la serie de animación Dragon Ball.
Su debut oficial en el celuloide llegó allá por 1986 con El vivo retrato, donde, haciendo honor literal a su título, nos regaló el primer esbozo en pantalla de un rostro que acabaría acompañándonos en la butaca. No obstante, no fue hasta comienzos del siglo XXI cuando decidió volcarse de lleno en la interpretación audiovisual. Y menos mal que lo hizo, porque, si Hollywood presume de sus secundarios de lujo capaces de engrandecer cualquier escena, España tenía el suyo: Manolo Solo.
Con el cambio de milenio, los grandes directores comenzaron a rifárselo. En 2006, Guillermo del Toro lo reclutó para El laberinto del fauno, donde interpretó al sargento Garcés, sombra y mano derecha del capitán Vidal en el molino de la posguerra española. Apenas tres años después, Daniel Monzón lo puso al frente de una prisión desbordada por el motín más famoso de nuestro cine en Celda 211.
Su presencia se volvió prácticamente omnipresente durante la década siguiente. Fue periodista en La isla mínima (2014), de Alberto Rodríguez; y juez en B, la película (2015); sin embargo, el punto de inflexión llegó con Tarde para la ira (2016). En la ópera prima de Raúl Arévalo, Solo – nunca mejor dicho– apareció siete minutos en pantalla, pero qué siete minutos. Su interpretación de ese quinqui de voz rota le acabó valiendo el Goya al Mejor Actor de Reparto.
La pequeña pantalla tampoco tardó en caer rendida a sus pies. En La zona (2017) investigó los misteriosos sucesos que sacudían la zona de exclusión tras un accidente nuclear; en La peste (2018) se convirtió en uno de los rostros más temibles de la Inquisición en la Sevilla del siglo XVI; y en 30 monedas (2020-2023), bajo las órdenes de Álex de la Iglesia, abrazó el terror dando vida al siniestro cardenal Santoro, uno de los grandes antagonistas de la serie.
Ya entrados en esta década, demostró que su talento no tenía techo. En 2021 acompañó a Javier Bardem en El buen patrón, de Fernando León de Aranoa, dando vida a Miralles, ese encargado de fábrica desesperado, descentrado y devorado por los celos. Ese mismo año participó en Competencia oficial, en la que tuvo que sobrevivir a los egos de los personajes encarnados por Penélope Cruz y Antonio Banderas.

Tras décadas convirtiendo cada secundario en un personaje inolvidable, nada menos que Víctor Erice le confió el papel protagonista de su regreso al cine. En Cerrar los ojos (2023), Solo dio vida a Miguel Garay, un melancólico director de cine obsesionado con encontrar a un amigo desaparecido, que le valió una nueva nominación al Goya, esta vez como Mejor Actor Protagonista.
A partir de ahí, nos heló la sangre como el groomer del parque en La desconocida (2023) –no confundir con La desconocida (2026), donde interpreta a un agente algecireño–; cerró, de algún modo, el círculo con aquella profesión que estuvo a punto de ejercer al dar vida a un profesor en Una quinta portuguesa (2025), de Avelina Prat; y volvió a reunirse con Alberto Rodríguez en Anatomía de un instante (2025) para meterse en la piel de Manuel Gutiérrez Mellado, el vicepresidente primero del Gobierno que se enfrentó a los asaltantes del 23-F.
Aún quedan dos últimos trabajos que nos permitirán volver a encontrarnos con él. Aquí, de Tiago Guedes, presentada este año en el Festival de Cannes, y la miniserie Las vecinas, producida por Los Javis y cuyo rodaje comenzó hace apenas unas semanas, llegarán de forma póstuma y se convertirán en el último regalo de un actor que nunca dejó de engrandecer cada historia en la que participó.
La industria despide a uno de los suyos

Como no podía ser de otra manera, la industria no ha tardado en llorar su pérdida. Uno de los primeros en despedirse ha sido Santiago Segura, que recordó el talento y la humanidad del que fuera su compañero de reparto en El gran Vázquez (2010): «Muy triste por el fallecimiento de Manolo Solo, un gran actor (además de un gran tipo)».
El actor y director Juan Diego Botto reaccionó en X con un breve y emocionado mensaje: «¡Qué inmensa tristeza!». Igual de conciso se mostró Pedro Casablanc: «¡Amigo! ¡Compañero!». Por su parte, Miguel Ángel Muñoz escribió: «No es posible. Descansa en paz, amigo».
A estas voces se sumaron también las del director y guionista Javier Giner, que lamentó esta «tristeza más grande», y la de Arturo Valls, quien quiso recordar al andaluz, por encima de todo, como una «gran persona».
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