Crítica de ‘Tenzing’: Everest vs. Chomolungma (o «porque está ahí» vs. «mi montaña»).

«Porque está ahí» («Because it’s there»). Con esas palabras despachó George Mallory, allá por 1923, a un periodista del New York Times que le preguntaba por qué quería subir al Everest. Tres palabritas de nada que el tiempo ha convertido en el mantra del alpinismo y que resumen como pocas una manera muy occidental de mirar la montaña. Un año después, Mallory desapareció en sus laderas. Y ese mismo año, a muy pocos kilómetros de distancia, un niño llamado Tenzing Norgay, que pastoreaba yaks en la meseta tibetana, levantaba la vista hacia aquella misma cima, el punto más alto de la Tierra, y la llamaba «mi montaña». Un posesivo que no hablaba de poseer, sino de pertenecer.
Entre una y otra mirada, la australiana Jennifer Peedom planta el campo base de su nueva película, y en el abismo que las separa cabe todo lo que Tenzing quiere contar. Porque el Everest fue, durante décadas, un asunto británico. Fueron los topógrafos del Imperio británico en la India quienes lo midieron y lo bautizaron con el apellido de su antiguo jefe, George Everest. Fueron también los británicos quienes, desde 1921, encabezaron casi todas las expediciones para llegar a la cima, y fue una de las suyas, la de 1953 que retrata este filme, la que finalmente lo consiguió.

Para los súbditos de su graciosa majestad, el Everest era un enemigo, y como tal lo abordaban, con un léxico que parecía sacado de un parte de guerra: había que asediarlo, conquistarlo y reclamarlo. Para el pueblo sherpa, en cambio, aquello ni siquiera se llamaba Everest; era Chomolungma, la Madre Diosa del Mundo, la que da de comer a medio valle y a la que se reza y se pide permiso antes de poner un pie encima. Por eso llegar a su cima no era vencerla, sino postrarse ante la montaña como un niño en el regazo de su madre.
De esos dos puntos de vista, el cine se ha quedado casi siempre con el primero, el de la montaña como reto y trofeo, con el héroe occidental de turno colgado de la pared. Ya en The Epic of Everest (1924), el documental que John Noel rodó durante aquella expedición de Mallory, los tibetanos y porteadores sherpas salían como un exotismo de postal al servicio de los caballeros británicos. Y, por si fuera poco, a alguien se le ocurrió amenizar los estrenos londinenses con monjes bailando sobre el escenario, una ocurrencia que sentó tan mal en el Tíbet que este negó el permiso a la siguiente expedición. Casi un siglo después, cuando Baltasar Kormákur resucitó la tragedia de 1996 en la vertiginosa Everest (2015), tiró de un reparto all-star (Jason Clarke, Josh Brolin, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley…), mientras los sherpas fijaban cuerdas, acarreaban bombonas de oxígeno y se quedaban, como mucho, desenfocados al fondo del plano. Y eso que, en la vida real, dos de ellos se jugaron el pellejo trepando cientos de metros en plena ventisca para intentar rescatar a Rob Hall, el protagonista de la película.

Pero Tenzing es el otro punto de vista, como evidencia su título, y de ahí su interés. Por primera vez, la gesta se cuenta a través de los ojos de un sherpa, y nadie mejor que Peedom para encabezar la cordada, que a estas alturas (nunca mejor dicho) lleva ya media carrera curtiéndose en el documental de montaña. En Sherpa (2015), filmado durante la trágica temporada de 2014, en la que una avalancha en la cascada de hielo del Khumbu acabó con la vida de dieciséis sherpas, Peedom cambió sobre la marcha la expedición comercial que había ido a grabar por un retrato de quienes se dejan la piel para que otros se hagan la foto en la cima; y en Mountain (2017) se preguntaba qué empuja al ser humano a encaramarse a las montañas. Ahora se lanza a su primera ascensión en la ficción y se encorda con el guionista Luke Davies (Lion), que toma como base la biografía Tenzing: Hero of Everest, de Ed Douglas, y con Norbu Tenzing, hijo del alpinista, como productor ejecutivo.

La cinta, de estructura no lineal y metraje más bien dilatado, nos sitúa en 1953, con un Tenzing hecho y derecho a punto de encarar con los británicos un nuevo intento de hacer cumbre. El relato asciende y desciende entre la expedición y los recuerdos de su niñez y su adolescencia, buscando que el espectador conecte emocionalmente con él. Ahí está el pastorcillo de yaks (Samdrup Dorje Lama) que se cruza con Mallory (Johnny Flynn) y descubre su vocación, en un encuentro que jamás existió pero que funciona como la chispa de todo lo que vendrá, y al que sus pobres padres acaban dejando en un pueblo del valle del Khumbu, la tierra de los sherpas. Y ahí asoma, también, el muchacho (Tenzin Dalha) al que los sherpas nunca terminan de ver como uno de los suyos (porque Tenzing no nació sherpa, sino tibetano), que se enamora de Dawa (Thinley Lhamo) y baja a Darjeeling a buscarse un hueco en las expediciones. Lleva aprendida de carrerilla, en un inglés de andar por casa, su carta de presentación, «señor, soy un trabajador asombroso» («mister, I am an amazing worker»), pero a la hora de la verdad le sale un «soy el señor asombroso» («I am mister amazing»), en uno de los momentos más divertidos y que más se ganan al público.
Y ese señor asombroso tiene, ya adulto, el rostro de Genden Phuntsok, actor chino de ascendencia tibetana curtido en el cine de Pema Tseden (Jinpa, premiada por su guion en la sección Orizzonti de Venecia en 2018, y Snow Leopard, de 2023), que se llevó el gato al agua entre más de 2.000 aspirantes. Y no cuesta entender por qué, porque su Tenzing (como los de Samdrup Dorje Lama y Tenzin Dalha) se mete al espectador en el bolsillo con una naturalidad pasmosa, y eso que a su alrededor tiene un elenco internacional de campanillas que, esta vez, hace de secundario: nuestra viajera del tiempo favorita, Caitríona Balfe (Outlander), es Jill Henderson, la secretaria de la expedición; la leyenda viviente Willem Dafoe, que ya había narrado Mountain y River, aparca la voz en off de los documentales de Peedom para meterse en la piel del coronel John Hunt; y nuestro dios de las travesuras, Tom Hiddleston (Loki), es Edmund Hillary, un kiwi apicultor con el que Tenzing forja una amistad, la de dos outsiders que hicieron historia como los primeros en pisar el techo del mundo. Y no menos importantes son los cientos de intérpretes de la meseta tibetana, Katmandú y Darjeeling que dan vida a la familia y a la comunidad de Tenzing, y a los escaladores sherpas de esta y de anteriores expediciones.

Rodada sin trampa ni cartón entre Nepal y Nueva Zelanda, Tenzing es una gozada para la vista y el oído gracias a una fotografía de Stefan Duscio (El hombre invisible) en formato panorámico de paisajes sobrecogedores y a una banda sonora de Rebekka Karijord que reúne la ópera tibetana de Thinley Lhamo, los cantos budistas de Ani Choying Drolma y la flauta de Manose. Su problema es otro. Más preocupada por el hombre que por la hazaña y por la autenticidad que por la épica, la película rara vez nos tiene con el corazón en un puño, en buena parte porque los constantes flashbacks interrumpen la tensión cada vez que esta aparece.

Puede que Tenzing no sea, en definitiva, la película «asombrosa» que su protagonista se prometía ante los británicos, pero hace cumbre donde importa. Desde aquel 29 de mayo de 1953, miles de personas han pisado la cima del Everest, hasta el punto de formar colas en la arista para hacerse la foto, y no pocos de quienes llegan arriba son guías locales que abren el camino a los demás. Después de setenta y tantos años en los que la historia la contaron otros, por fin alguien mira la montaña como la miraba aquel crío, y la llama por su nombre: Chomolungma. Su montaña. Y la de todos ellos.
NOTA: ★★★☆☆
«TENZING», ESTRENO EN APPLE TV.
TRÁILER DE TENZING:
PÓSTER DE TENZING:

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