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CRÍTICA (72SSIFF): «The End»

La culpa se disfraza de alegría en las canciones del audaz pero divisivo musical postapocalíptico de Joshua Oppenheimer.

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© SSIFF

2024 se perfila como el año de los musicales audaces y poco convencionales. Primero fue Emilia Perez, de Jacques Audiard, una narco-comedia musical que rompió moldes. Después llegó la segunda entrega de Joker, Folie à Deux, de Todd Philips, que se adentra en el terreno del musical jukebox. Y ahora le toca el turno a The End, un musical postapocalíptico que supone además el primer largometraje de no ficción de Joshua Oppenheimer, el aclamado documentalista de The Act of Killing y The Look of Silence.

The End sigue a una de las últimas familias de la Tierra, compuesta por un exmagnate energético (Michael Shannon), una exbailarina (Tilda Swinton) y su hijo (George MacKay), quienes viven en un lujoso búnker en unas minas de sal junto a un doctor (Lennie James), un mayordomo (Tim McInnerny) y una amiga (Bronagh Gallagher), hasta que la llegada de una chica superviviente (Moses Ingram) empieza a sacudir la aparente perfección de sus vidas y a sacar a la luz todas las verdades y sentimientos reprimidos que han ido forjando en su idílico mundo.

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En un contexto actual en el que proliferan los musicales encubiertos – como lo son Wonka, Mean Girls o Joker: Folie à Deux –, Oppenheimer, en cambio, no tiene reparos en abrazar el aspecto musical de su película con una confianza desbordante. El cineasta texano ya nos lo decía en la rueda de prensa del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: «Si se ocultara este aspecto de la película sería muy contraproducente porque el público entraría a la proyección de la película esperando algo muy distinto de lo que obtendría». Y he ahí la clave de The End: su integración del aspecto musical es tan fundamental que sería inconcebible abordar esta película de otra forma. A través de las canciones, escritas por el propio Oppenheimer y compuestas por Josh Schmidt y Marius de Vries (La La Land), los personajes entonan melodías – algo planas y con escasa coreografía, eso sí – que les permiten autoconvencerse de su supuesta felicidad y seguir viviendo en un estado de negación. 

Así, lo que podría haber sido un sombrío filme postapocalíptico se transforma, bajo la audaz visión de Joshua Oppenheimer, en una propuesta única y ambiciosa dentro del género musical. Quizás demasiado «única». Y es que The End es, desde luego, un ejercicio que no será del agrado de todos. Se trata de un visionado a menudo difícil, pesado y tedioso, con una injustificada duración que supera las dos horas de metraje. Algo que ya se percibe desde su primer acto.

 

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Un primer acto que abre con una cita de T. S. Eliot, estableciendo desde su inicio una conexión inmediata con la trama postapocalíptica y anticipando la naturaleza musical del filme: «The houses are all gone under the sea // The dancers are all gone under the hill» («Las casas yacen todas bajo el mar // Los bailarines yacen todos bajo la colina»). En su naturaleza musical, aunque las canciones en The End parecen transmitir felicidad, el tono y las expresiones faciales de los personajes sugieren irónicamente todo lo contrario; como en la primera canción, donde proclaman: «together our future is bright» (algo que se traduce como «juntos, nuestro futuro es prometedor»). Una disonancia, oculta en las (aparentemente alegres) letras de las canciones, que revela una profunda tristeza y un sentido de culpa que inundan la existencia de los personajes. Algo que el espectador percibe desde esta primera pieza musical y que le lleva a cuestionar si los supervivientes son realmente afortunados.

Pero, con la llegada de una joven superviviente que aparece a las puertas de la mina de sal (una localización preciosa, por cierto, rodada en Sicilia), estos sentimientos ocultos comienzan a fluir lentamente. Una joven que se convierte para el hijo de la familia en una especie de personificación del mito de la cueva de Platón – solo que dentro de su propia cueva – y despertando en él una curiosidad intensa y un deseo de explorar más allá de las paredes que ha conocido toda su vida. Y es que a pesar de las diferencias, la joven no es tan distinta de la familia que la acoge en su búnker. Un refugio que, a pesar de sus comodidades – incluida una piscina – y con un diseño de producción notable por parte de Jette Lehmann (La tierra prometida), es en esencia un lugar cargado de culpa, un sentimiento que ella misma comparte con la familia. Sin embargo, la chica, en contraste con la familia, expresa su culpa de manera abierta, mientras que sus anfitriones se aferran a sus mentiras. Con el tiempo, su llegada sirve como catalizador para que los miembros de la familia empiecen a exteriorizar sus emociones reprimidas, hecho especialmente palpable durante una escena de fiesta de fin de año.

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Pero hay cierto desequilibrio en The End, y es la trama centrada en el hijo de la familia, interpretado por George MacKay (1917, The Beast), la que más destaca. Su conexión con la joven superviviente, interpretada por Moses Ingram (La dama del lago), se convierte en la narrativa más cautivadora del relato, ya que ella le abre las puertas a las verdades del mundo exterior y, juntos, ofrecen un dúo musical que podría considerarse el más memorable de la película. Vocal y narrativamente, ambos brillan por encima de figuras más reconocidas como Tilda Swinton (La habitación del al lado), quien hace su debut en el ámbito musical, y Michael Shannon (Bikeriders). Mackay, aunque no es ajeno al género musical, con un papel protagonista en Sunshine on Leith allá en 2013 – una película llena de las canciones de The Proclaimers –, aquí se encuentra en un contexto donde el repertorio de canciones originales es más amplio que en sus anteriores trabajos musicales y el actor da la nota con una actuación magistral para el deleite del espectador.

Un espectador que puede sentir en todo momento la teatralidad de la película, que evoca la Edad de Oro de Broadway. Los movimientos sutiles de cámara, las largas tomas en las secuencias musicales y la limitada localización entre el búnker y las minas de sal crean la impresión de que estamos viendo una obra de teatro más que una película. Esto se refleja incluso en los nombres de los personajes (Madre, Padre, Hijo, Chica, etc.). En este sentido, es muy posible que The End funcione mejor sobre el escenario que como película.

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En definitiva, The End es un experimento valiente por el que Joshua Oppenheimer merece crédito por atreverse a mezclar géneros tan dispares como el musical y el cine postapocalíptico, pero el resultado final es (muy) divisivo. ¿Es potente la reflexión de la autoilusión que plantea? Sin duda. Pero, ¿resulta accesible para el espectador promedio y logra mantener el interés a lo largo de sus más de dos horas de metraje? No tanto.

NOTA: ★★★☆☆

«THE END», ESTRENO PRÓXIMAMENTE EN CINES.


PÓSTER:

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Marta Medina

Marta Medina

Graduada en Estudios Ingleses por la Universidad de Sevilla (US) y con un nivel C2 de inglés. Fundadora de mundoCine con diferentes roles como crítica, redactora y gestora de redes sociales. Amante del cine y seguidora de la temporada de premios y festivales de cine.

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