Crítica de ‘2000 metros hasta Andriivka’: La guerra más allá de los disparos.

El conflicto entre Ucrania y Rusia, iniciado el 24 de febrero de 2022, se ha convertido en uno de los grandes relatos políticos de nuestro tiempo. En consecuencia, el cine documental continúa siendo una preciada herramienta testimonial frente a la distancia informativa. 2000 metros hasta Andriivka, dirigido por Mstyslav Chernov, se inscribe en una tradición cinematográfica que entiende el cine no solo como registro, sino como vía de acceso a una realidad difícilmente inaccesible para el espectador común e incluso los propios medios periodísticos. Como legítimo heredero del documental bélico clásico, pero consciente del lenguaje audiovisual contemporáneo, Chernov construye una historia esculpida en la realidad del frente ucraniano, como ya hizo en la oscarizada 20 días en Mariúpol (2023).

En esta ocasión, el director acompaña a un pelotón ucraniano cuya misión consiste en atravesar una milla de bosque fortificado hasta alcanzar Andriivka, una localidad estratégica ocupada por las fuerzas rusas. De este modo, Chernov se integra en el avance militar como testigo de los estragos de la guerra y de la creciente incertidumbre sobre su conclusión.

Considerando la capacidad del cine documental para aproximarse a una realidad despojada de ficción, las posibilidades parecen inabarcables, adentrándose incluso el propio cineasta en el campo de batalla. En Tierra de España (1937), Joris Ivens produjo un espacio de observación política y humana durante la Guerra Civil Española, lo que supuso un valioso antecedente –entre otros cuantos– sobre el que ha evolucionado esta opción fílmica. Inicialmente, el retrato armado quedaba impreso sobre el celuloide, presentando una mirada ideológica y narrativa clásica, aunque ha evolucionado hasta una inmersión digital mucho más directa y corporal del combate.
La cámara, integrada en Chernov y los soldados, propone una perspectiva en primera persona que nos introduce, a tiempo real, durante la intervención militar, prescindiendo de la mediación explicativa. Así pues, esta modalidad amplifica la experiencia sensorial y moral del discurso. La acumulación de material filmado, presumiblemente poco planificado, en territorio hostil, encuentra sentido a través de la gramática visual que impone el montaje, ordenando el caos del combate para articular un mensaje profundamente periodístico, pero innegablemente cinematográfico. De hecho, no se aleja de ciertas convenciones del thriller bélico para armar una estructura sólida que conduce la aflicción y el terror de los combatientes.

El inicio de la película presenta una confrontación armada, y no será la única. Sin embargo, esta violencia genera un ruido de fondo que envuelve significativos momentos de intimidad con los soldados. El tiempo se dilata y la experiencia bélica no se mide tanto en la distancia recorrida y el desgaste físico que conlleva, sino en la apertura emocional mediante conversaciones, silencios y pequeños gestos que trascienden cualquier victoria o derrota geopolítica. Las charlas espontáneas derivan en reflexiones, aparentemente banales, pero que, en situación de guerra, adquieren un peso inesperado. Son jóvenes –y no tan jóvenes– que han dejado una vida atrás, movidos por un sentido de protección hacia su país, evidenciando una realidad que dista enormemente del resto de europeos al margen del conflicto. La opresión toma forma de cuerpos fatigados que añoran fragmentos de cotidianidad, y este contrapunto, en apariencia simple, constituye el núcleo del relato.
No obstante, esta dimensión emocional no es exclusiva del bando ucraniano. En algunos momentos, la cámara se detiene en los soldados rusos que han sido heridos y capturados, retratándolos como otros peones y víctimas de la maquinaria política. Esta mirada elude el maniqueísmo y refuerza el carácter humanista del documental, recordando que un enfrentamiento armado lo libran personas empujadas a un conflicto que no han elegido, sino que ha sido impuesto desde los despachos.


El resultado es un documental que no ofrece consuelo, pues rezuma incertidumbre sobre el final de esta guerra; en cambio, realza cierta esperanza a través de la fortaleza de quienes luchan. Para ello, Chernov se preocupa por destacar la camaradería y el compañerismo entre tanta frustración que empuja a la desesperanza, así como el anhelo compartido por la cálida cotidianidad que solo puede existir en paz. 2000 metros hasta Andriivka, presente en en la shortlist del Óscar al Mejor Documental, se erige como un testimonio incómodo y necesario, una obra que reafirma el poder del cine documental para confrontarnos con una compleja realidad que continúa marcando el presente –y el futuro– de Europa. La guerra más allá de los disparos.
NOTA: ★★★½
«2000 METROS HASTA ANDRIIVKA», YA EN FILMIN.
TRÁILER DE 2000 METROS HASTA ANDRIIVKA:
PÓSTER DE 2000 METROS HASTA ANDRIIVKA:

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