Crítica de ‘Calle Málaga’: Carmen Maura, tan brillante como siempre y más abuela fantasma que nunca.

Si Maspalomas, con su gran acogida tanto del público como de la crítica, ha dejado algo claro, es que se ha abierto un nuevo camino temático en el cine español. Calle Málaga, la nueva película de Maryam Touzani (El caftán azul), sigue esta misma herencia y comparte con la cinta de Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi reflexiones sobre la vejez, la sexualidad en la tercera edad y la obligación de envejecer según los cánones tradicionales.
Tras el levantamiento franquista en España, la madre y abuela de Touzani, como muchos otros españoles, decidieron huir del país y encontraron refugio en la costa norte africana, instalándose en Tánger, ciudad que vería nacer a la directora en 1980. De la misma forma, y en el mismo lugar, nace María Ángeles, su protagonista. Todo esto (lo histórico, no lo biográfico) se nos revela a través de unos créditos iniciales donde se expone cómo esta oleada de migración española transformó las urbes marroquíes en espacios de diversidad con una mezcla cultural inusualmente rica.

En un destartalado piso tangerino, que contiene entre sus cuatro paredes los recuerdos de toda una vida, María Ángeles (Carmen Maura) vive apaciblemente y se prepara para recibir la visita de su hija Clara (Marta Etura), que llega desde Madrid. Sin embargo, esta estancia resulta no ser tan inocente como parece.
El personaje de Etura, rozando la depresión, estresada y acarreando un divorcio a sus espaldas, anuncia su intención de vender la casa, planteando así el detonante dramático de la cinta. Clara le da un ultimátum a su madre y le presenta dos opciones, o bien irse a una residencia local o mudarse con ella a la capital. Este conflicto principal resulta algo inverosímil, y los motivos de la hija para desahuciar a su madre en menos de tres días se justifican con una única línea: una desesperada Clara asegura que no puede seguir tirando dinero en un alquiler y que necesita comprar una casa.

Touzani deja claro en los créditos que quiere ir más allá de reflejar el desarraigo e intenta mostrar que el verdadero dolor de María Ángeles viene por tener que dejar la ciudad de riqueza multicultural que tanto ama. No obstante, la cineasta aborda esta diversidad con cierto paternalismo. Esta leve condescendencia está presente en las relaciones sociales del personaje de Maura, que, pese a haber nacido y vivido allí toda su vida, nunca ha aprendido a hablar el idioma local, y su contacto con la mayoría de los personajes tangerinos parte permanentemente de una dinámica limitada entre clienta-tendero o similar. Los secundarios marroquíes, por su parte, hablan todos en un perfecto español, mientras la protagonista solo cocina gastronomía española y atrae con la oferta de tapas tradicionales a grupos de jóvenes aficionados al fútbol que solo apoyan equipos españoles.
Pese a esto, el film sí que logra transmitir la impotencia de María Ángeles como viuda, madre y ama de casa que se encuentra a sus 79 años sin dinero propio y sin la potestad de poder tomar sus propias decisiones. Paradójicamente, la misma película aboga por la iniciativa individual con su propia forma. Cuando parece que la trama va a ir por un lado, Touzani alarga y extiende momentos que parecían insignificantes.
La primera escena, en conversación con el director de la residencia de ancianos, recuerda irremediablemente a Maspalomas, y parece que Calle Málaga irá encaminada por esta misma sensación de encierro. Es entonces cuando la directora la manda a la dirección contraria. Touzani basa estas sorpresas de la trama en unos prejuicios del espectador que no espera que una mujer de casi 80 años pueda tomar las riendas de su vida, inyectándole un soplo de aire fresco a una historia que podría haber sido predecible.

Por redundante que pueda sonar, Carmen Maura destaca por encima de cualquiera de los elementos de la película, que es, sin duda, una obra hecha a su medida e incluye claros guiños a su trayectoria. Es inevitable que, con Maura y una monja con voto de silencio en la pantalla, uno no piense en Almodóvar, pues Calle Málaga bebe indudablemente de la filmografía del director manchego. Con María Ángeles escondida en el armario de su habitación, fingiendo que no sigue viviendo en la casa, no puede uno sino acordarse de la Maura de Volver, muerta de risa debajo de la cama.

La cineasta deja claro que sabe a quién tiene en las manos y escribe el personaje al servicio de su actriz. La cámara mantiene esta línea y hace de los planos de la actriz una oda al cuerpo femenino, a la vitalidad en la vejez en un exitoso intento de normalizar el paso del tiempo en el ser humano. En el mundo del Ozempic, el bótox, el culto a la juventud eterna, la cinta parece dar una luz verde al acto de envejecer en la gran pantalla.

En definitiva, Calle Málaga peca de querer abarcar demasiado y, como consecuencia, algunos de sus elementos funcionan mejor que otros, ya sea por la cantidad de temas que aspira a cubrir o por un guion tan obvio que resulta un lastre para sus brillantes actrices. De cualquier forma, igual que lo fue Maspalomas, la película va más allá de los tecnicismos cinematográficos. Su acercamiento a la vejez es refrescante y necesario, convirtiéndola, con sus más y sus menos, en una propuesta que merece ser bienvenida.
NOTA: ★★★½
«CALLE MÁLAGA», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE CALLE MÁLAGA:
PÓSTER DE CALLE MÁLAGA:

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