Crítica de ‘El testamento de Ann Lee’: Bailando perdidas en el jardín del Edén.

Hay dos pasajes similares en El brutalista (Brady Corbet, 2024) y El testamento de Ann Lee (Mona Fastvold, 2025). No es casualidad, ya que ambas están coescritas por la misma pareja de cineastas. Dichas secuencias muestran la llegada de sus respectivos protagonistas a América. Ann Lee viaja con sus fervientes seguidores a Nueva Inglaterra en 1774 en busca de lo mismo que el arquitecto interpretado por Adrien Brody: huir de la opresión europea y empezar una nueva vida en la llamada «Tierra de las nuevas oportunidades». Sin embargo, lo que encuentran es parecido: distintas formas de violencia.

El testamento de Ann Lee está basada en las vivencias reales de la figura central de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo. Ann, interpretada por Amanda Seyfried (La asistenta), es un personaje que arrastra desde la infancia una serie de traumas, entre los que se encuentran la asociación del sexo al pecado y la trágica muerte de sus cuatro hijos. Su experiencia vital la conduce a formar parte de los «Shakers», cuáqueros que proclaman la segunda venida de Cristo en forma de mujer –con Ann erigiéndose como su Mesías femenina– y cuyo ritual consiste en expiar sus pecados mediante gritos, bailes y canciones.

No son pocas las similitudes con El brutalista. Ambas, como comentábamos, hablan del sueño americano, pero también del fanatismo religioso y de la historia de los Estados Unidos, aunque desde perspectivas muy diferentes.
La propuesta de Fastvold se divide en 3 capítulos: la génesis de Ann en Manchester hasta su ascenso mesiánico; el éxodo americano y la construcción del poblado shaker; y, por último, los conflictos que terminan pasando factura a la protagonista y a su culto. Todo ello, a lo largo de 137 minutos de metraje que acumulan demasiados altibajos.
Y es que el ritmo de El testamento de Ann Lee resulta, cuanto menos, errático. El abuso de la secuencia de montaje, la interrupción total de la trama para dar paso a secuencias musicales y el manejo de las elipsis hacen que la película se sienta alargada, más todavía cuando su desarrollo es superficial. Porque, al igual que le ocurría a la obra de Corbet, esta producción flaquea en su escritura. A Fastvold parece interesarle la figura de Ann, su psique y el culto que la rodea, pero el guion se queda en la superficie y dibuja un personaje mucho más plano de lo que parece.
De hecho, la evolución de Ann se da en el primer tercio, cuando pasa de ser una simple devota a convertirse en líder espiritual. A partir de ahí, su personaje se mantiene intransigente. Y pese a que asistimos a los eventos traumáticos de su vida y a las brevísimas visiones causadas por el dolor, el libreto no logra profundizar en su fe ni en el vínculo que le une a su hermano (Lewis Pullman), ni tampoco se aportan matices a su personalidad.
Resulta frustrante ver a una actriz tan entregada como Amanda Seyfried en un papel con tan poco fondo y, a su vez, es espectacular ver su trabajo, ya que su sola presencia llena la pantalla, algo que también es extensible al resto del reparto.

Por otro lado, la directora recurre a un dispositivo narrativo ya presente en su anterior película, El mundo que viene (2020). La voz en off, en boca de Mary (Thomasin McKenzie), narra los hechos como algo más que una simple observadora. Ella es la encargada de contar la leyenda de su líder, así que podemos interpretar que sus palabras están pasadas por un filtro de fanatismo. ¿Es cierto todo lo que nos cuenta? Puede que sí, puede que no, pero lo cierto es que esta decisión no aporta nada al conjunto: no incentiva a que el espectador se cuestione las palabras y no logra contar nada más allá de lo que se puede leer en un simple artículo de Wikipedia.
Al igual que le sucedía en la película de 2020, esta narración se vuelve algo caprichosa. En demasiadas ocasiones cae en la redundancia al narrar exactamente lo que ya estamos viendo; otras veces se adelanta a los hechos (como cuando nos cuenta el fallecimiento de los hijos), y, demasiadas veces, intenta suplir a la imagen, incapaz de alcanzar el misticismo del texto.

Fastvold hace un buen trabajo con la ambientación, construyendo una atmósfera urbana opresiva en contraposición a la tranquilidad de la naturaleza, y también trabaja el manejo de la cámara en coordinación con los cuerpos, creando coreografías potentes y expresivas, resultando en secuencias musicales que, si bien no son nada destacables en montaje, sí funcionan como momentos de éxtasis. Asimismo, emplea la luz natural y realista de forma, en ocasiones, embriagadora, con tonos tenues y texturas de 35 mm.
No obstante, sus imágenes están alejadas de transmitir todo aquello que el texto sugiere. Son el claro reflejo de su protagonista: planas y vistosas, pero carentes de significado, simbología o matices. Se quedan en la antesala, incapaces de evocar algo más allá de lo obvio y lo directo. Tan solo los intérpretes logran darles vida, más allá de la estética. En este sentido, muchas veces, una simple mirada o un gesto dicen más que su espectacular fotografía.

El testamento de Ann Lee contiene decisiones que nos hacen preguntarnos sobre las verdaderas intenciones de la directora. Fastvold decide tomar distancia para no emitir juicios sobre sus personajes, pero, por otro lado, el punto de vista inevitablemente inclina la balanza hacia un lado concreto. Solo tenemos a una narradora que endiosa a su mesías y que no concibe una mirada analítica sobre los sucesos. Entonces, cabe preguntarse si esta es una decisión consciente o un error que arrastra todo el discurso de su obra.
NOTA: ★★★☆☆
«EL TESTAMENTO DE ANN LEE», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE EL TESTAMENTO DE ANN LEE:
PÓSTER DE EL TESTAMENTO DE ANN LEE:

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