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Crítica de ‘Ghostlight’: El arte nos salvará.

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© Festival Films

Hace dos noches, de vuelta a casa, encontré una pintada en la pared de un callejón que exclamaba: «El arte nos salvará». Saqué el móvil y le hice una foto. Al rato, cuando revisaba el carrete para publicarla en redes sociales, me di cuenta que la instantánea que había hecho del graffiti había salido borrosa. Me moví justo cuando lo estaba captando y el texto quedó ilegible, rodeado de dos luces que parecían dos almas flotando en la nada. Con este detalle, que parece algo anodino del día a día, reconecté nuevamente mientras veía Ghostlight, de Alex Thompson y Kelly O’Sullivan (Saint Frances), título que venía fuerte del Festival de Málaga, tras alzarse con la Biznaga de Plata Premio del Público de la Sección Mosaico (Panorama Internacional), y que también contaba con anteriores reconocimientos en los Premios Spirit y en los círculos de críticos de Estados Unidos.

Siguiendo la historia de una familia que transita la pérdida, este largometraje nos ubica en la piel de Dan (Kupferer), un obrero de la construcción atravesado por una crisis tras el fallecimiento de un ser cercano. Lidiando con un día a día que se hace cada vez más insoportable e insostenible en su relación con su mujer y su hija, Dan parece encontrar una vía de escape en una compañía de teatro independiente que se prepara para versionar Romeo y Julieta. De esa forma, la oscuridad entre bambalinas se ilumina con los focos del escenario.

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© Festival Films

Un espacio en el que todo transcurre desde un realismo social que es un cuasi Free Cinema con tintes de denuncia, pero que no termina siendo como tal un fin, sino más bien un propósito. Es decir, este título aterriza en un lugar inhóspito donde se encuentran lo más liviano y certero de Jarmusch y lo más descafeinado y flojito de Loach. Un terreno medio donde lo carente de lo europeo se alivia con lo digerible, cinematográficamente hablando, de lo yankee.

Con un reparto encabezado por Keith Kupferer (The Bear, El caballero oscuro), actor con más bagaje dentro del elenco –aunque sin superar la carrera de influencia de su compañera Dolly De Leon, recordada por su rol en El Triángulo de la Tristeza–, percibimos que todo el potencial de la obra reside en el trabajo interpretativo. Un poder que, si bien tiene briznas de algo diferente, o, al menos, intenta poner la cámara en los lugares más inesperados, sostiene en la butaca a ese público de media tarde que se aferra a sacar una entrada para seguir mirando desde las butacas del cine. Un propósito que, en este caso, cumple y consigue salvar de muchas maneras.

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© Festival Films

La primera, y como es obvio, reside en la distribución y la exhibición. Cuando carteles así se destapan en la parrilla semanal de estrenos, siempre puede haber un nexo de incertidumbre ligado a lo independiente: ¿realmente merece la pena gastarse más de cinco euros en ver esto? Aquí se rompe la primera barrera y se lanza el primer salvavidas: sí, el cine, en este caso, es una fuente de la que emana una salvación. El arte rescata y de manera meta ficticia también. El ser que habita dentro de la pantalla canaliza su dolor a través del arte, y quien lo ve, hace lo mismo al consumirlo. Con toques autorales, encontramos aquí un largometraje que es asequible para un público medio que busque un melodrama familiar de esos que te haga sacar los pañuelitos hacia al final.

Pero lo más sorprendente es que la segunda manera en la que esta historia salva y se desmarca de la narrativa actual es que, al igual que en su primera película, Saint Frances, los directores, Thompson y O’Sullivan, aportan humanidad dentro de un ciclo de últimos títulos que buscan más impresionar que impregnar. Y quizás salgas absolutamente conmovido y muy sesgado por ello, pero se echan mucho de menos esas historias que no se recrean en sí mismas, sino que recrean. Caso, a mi parecer, eficiente en Ghostlight.

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© Festival Films

La película, además de afrontar el dolor, se aferra a una salvación como es la del teatro. Pero no solo habla de teatro. Verbaliza la intención de interpretar un mensaje que uno se puede encontrar en la pared en una noche volviendo a casa, recordando a alguien, y buscando cualquier señal en la pantalla del móvil para encontrarlo. Como el reflejo de dos almas que se buscan y se sanan a través de la creatividad, y que le recuerdan a uno, al ver el brillo de dos farolas borrosas en una fotografía, que existen otras posibilidades.

NOTA: ★★★★☆

«GHOSTLIGHT», YA EN CINES.


TRÁILER:

PÓSTER:

Cartel GHOSTLIGHT
© Festival Films

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Álvaro Campoy

Álvaro Campoy

Crítico de cine desde 2019, con presencia en festivales como Málaga y San Sebastián. Apasionado de la psicología y la literatura, estudió dirección y producción cinematográfica en su ciudad natal, Málaga. Actualmente trabaja en la distribución independiente.

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