Crítica de ‘Incontrolable’ (‘I Swear’): Un gran Robert Aramayo protagoniza la película clave para visibilizar el síndrome de Tourette.

No fue Timothée Chalamet, ni Leonardo DiCaprio, ni Michael B. Jordan, ni Jesse Plemons, ni Ethan Hawke. Contra todo pronóstico, el premio BAFTA al Mejor Actor este 2026 se lo llevó el nombre más desconocido del sexteto, Robert Aramayo, por su tour de force en I Swear.
La alegría (y sorpresa) de sostener la máscara dorada (su segunda de la noche, ojo, que también se llevó el gato al agua como Mejor Estrella Emergente) quedó tristemente ensombrecida por un incidente en el patio de butacas del Royal Opera House, cuando John Davidson (la figura real sobre la que pivota este biopic y productor ejecutivo del mismo) profirió la N-word justo en el momento en que presentaban Michael B. Jordan y Delroy Lindo. A este hecho le siguió un error fatal de la cadena BBC, que incomprensiblemente no censuró el improperio en la emisión en diferido, motivo por el cual el momento acabó viralizándose y usuarios, e incluso estrellas hollywoodienses como Jamie Foxx, acusaron a Davidson de racista.

De haber visto Incontrolable (así se titula I Swear en España), habrían sabido del trastorno neurológico que padece Davidson y que tiene la mala costumbre de aflorar en el momento más inoportuno. De marcado carácter biográfico, la cinta relata cómo este –interpretado también por un notable y debutante Scott Ellis Watson en su etapa adolescente– pasó de ser el chico ejemplar, sociable y guardameta estrella de su equipo de fútbol juvenil a convertirse en un marginado a los quince años, cuando en 1983 su cuerpo empezó a traicionarle con movimientos espasmódicos, obscenidades, escupitajos, sonidos guturales y bruscos golpes que brotan de su ser de manera, como bien reza el título español, incontrolable.

Conviene recalcar –la película lo hace– que el diagnóstico de Davidson es muy específico y no debe generalizarse, ya que solo un 10 % de los afectados por el síndrome de Tourette desarrollan coprolalia (el tic vocal caracterizado por proferir insultos e improperios de forma involuntaria y sin filtro alguno). Imaginad el drama que suponía en los ochenta (y todavía hoy en día) dirigirse a un policía gritando «heroína a mitad de precio», anunciar «llevo una bomba» en el transporte público o declarar en un juicio «juro decir la verdad, nada más que la verdad… ¡No pienso hacerlo!». Una serie de situaciones llenas de malentendidos que, a menudo, desembocaban en crueles agresiones físicas por parte de desconocidos que se sentían ofendidos, llegando a dejarle apaleado, como en una sobrecogedora escena en plano cenital en la que aparece en camilla.

Pese a que Incontrolable tiene mucho (demasiado) aroma a TV movie, se mantiene en pie gracias a un libreto de Kirk Jones (La niñera mágica) que equilibra drama y comedia, y, sobre todo, a un Robert Aramayo que firma la actuación de su vida. Respecto al debate sobre la representación inclusiva, aquí hay un matiz importante: los médicos desaconsejaron que un actor con síndrome de Tourette asumiera el rol principal, ya que forzar tics durante las largas jornadas de rodaje podría agravar su propia sintomatología. Asumió el reto, por tanto, el actor británico de raíces donostiarras (el joven Ned Stark en Juego de Tronos y Elrond en El señor de los anillos: Los anillos de poder), que entrega una interpretación auténtica sin bordear en ningún momento la caricatura.
Se edifica, de este modo, un relato didáctico que funciona como una máquina de generar empatía –muy en la línea del cine social de aulas como Wonder (2017)– con unos secundarios Maxine Peake (La teoría del todo), sublime en el papel de la mujer con cáncer terminal que acoge a Davidson, y Peter Mullan (Hijos de los hombres), alejado de sus roles villanescos como el comprensivo conserje, quienes actúan como faros de luz en esta clásica pero efectivísima historia de superación que te reconcilia con el ser humano.

Por fortuna, mucho ha cambiado (nunca lo suficiente, por supuesto) desde aquellos años de desconocimiento y prejuicios, en buena medida gracias a la labor de individuos como el propio Davidson con un activismo que llegó a ser reconocido por la difunta Isabel II, que le nombró Miembro de la Orden del Imperio Británico (no sin antes dedicarle, tal y como se muestra en la secuencia de apertura, un involuntario «¡que le den a la reina!» durante la condecoración). Basta con recordar el concierto de Lewis Capaldi en el festival de Glastonbury de 2023, donde el cantante sufrió un bloqueo severo provocado por sus tics asociados al síndrome de Tourette. Incapaz de articular palabra, el público cantó al unísono el tema que no podía terminar como muestra de apoyo y solidaridad.

A fin de cuentas, Incontrolable se presenta como una obra de fácil consumo de visionado obligatorio para seguir dando visibilidad a este trastorno tan incomprendido. Porque, como se dice en ella, «el problema no es el síndrome de Tourette. El problema es que la gente no sabe lo suficiente sobre el Tourette».
NOTA: ★★★½
«INCONTROLABLE», YA EN CINES.
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