Crítica de ‘Little Amélie’: Una bellísima reflexión sobre el autodescubrimiento.

Las posibilidades narrativas y expresivas que ofrece la animación cinematográfica son tan inmensas como la creatividad del artista. Este es el punto de partida que escoge la pareja formada por la animadora belga Mailys Vallade y el director francés de ascendencia asiática Liane-Cho Han para adaptar la novela autobiográfica de homónimo nombre en francés Amélie et la métaphysique des tubes.

El vacío se parece bastante a la nada y, a su vez, es el espacio donde tienen cabida todas y cada una de las posibilidades. Una página en blanco ofrece cualquier camino posible para la inventiva y creación, y a su vez puede resultar profundamente extenuante por su vasto infinito. «Grito ¡todo! y el eco dice: ¡nada! Grito ¡nada!, y el eco dice: ¡todo!». Esta reflexión existencial en forma de poema de José Hierro puede ser el espejo en el que se refleja la recién estrenada Little Amélie.
La voz en off de su protagonista irrumpe en la pantalla antes incluso de su nacimiento, en un lugar etéreo donde todo converge y, a su vez, nada es. En el propio acto físico de acontecer es cuando Amélie, que así se llama la protagonista, comienza su viaje por el mundo empírico a través de la vista, único sentido del que el neonato dispone. Punto de vista que la película, por otro lado, no abandona en casi ningún momento, el de una niña cuyo arco alcanza desde más allá de su nacimiento hasta sus tres años de edad.

Resulta interesante cómo los directores de la película juegan con los elementos del lenguaje cinematográfico correlacionándolos con los sentidos del bebé a medida que los adquiere. De este modo, tan solo la voz en off traslada la introspección sensorial de Amélie antes de hablar, hasta que, a través de pequeñas elipsis, va introduciendo el sonido de los diálogos directos de su entorno cuando adquiere la capacidad auditiva.
A través de la incorporación de estos sentidos y de la incursión de texturas y colores en la animación a medida que la capacidad sensorial de Amélie es mayor, el espectador conoce de primera mano que es la hija de un matrimonio belga afincado en Japón y que tiene dos hermanos mayores.
En este prólogo de trazo casi abstracto, el bebé es poco más que un nuevo elemento que apenas influye en el devenir de esta familia. De nuevo, la animación estilizada y tradicional en 2D, que retrotrae al dibujo belga de la línea clara y los trazos que cohesionan el mundo onírico y el real del nipón Studio Ghibli, sirve como vehículo visual del descubrimiento guiado de la niña por los hechos que acontecen.

Las infinitas posibilidades que ofrece el crecimiento físico y emocional son mostradas a través de elementos atmosféricos, como el terremoto que sacude la ciudad justo en el momento en el que se activa en Amélie el proceso de propiocepción motora y descubre la capacidad de movimiento.
Cada paso en su viaje de conocimiento influye en el comportamiento de Amélie, que reacciona físicamente ante estímulos positivos, como el chocolate blanco que le trae su abuela de Bélgica, o negativos, como las continuas molestias que ocasiona su hermano mayor y ante las que la niña responde con rechazo.

En el guion de la película subyacen varias subtramas que convergen en la línea superficial del crecimiento de una niña durante sus primerísimos años de vida. Por un lado, el aprendizaje de destrezas físicas y cognitivas, resultado de sus propias experiencias. De otro, la gestión de afrontar la pérdida y asumir la existencia de la muerte en tercera persona, con el shock que supone el hecho de ver caer a la figura de autoridad cuando su padre llega a casa con la noticia de la muerte de su abuela.
En otro escalón más –habiendo muchos más que no caben en esta extensión–, la fuerte relación cultural de oposición entre el carácter nipón tras la II Guerra Mundial frente al aperturismo hacia lo ajeno, simbolizado aquí en lo europeo. Es una de las virtudes de la película situar a Amélie como una niña de primera generación, mestiza, de padres europeos, nacida en territorio japonés y con una institutriz autóctona que le muestra parte de la cultura y tradición asiática.
La percepción del mundo desde el punto de vista de una niña de 2 años enriquece la animación de la película, llevando al paroxismo cromático el entorno natural que le rodea y con el que conecta de manera casi mística, y dejando volar toda la imaginación que cabe en la mente de un ser humano en formación y con tal capacidad de absorción de información. Es en los momentos donde el dibujo y el color no son subyugados por los diálogos cuando mejor conecta el espectador con la fuerza intrínseca y la reflexión existencialista de Little Amélie.
En su debe, una capa de sobreescritura y exposición formal que hace perder gran parte de la capacidad innovadora de una premisa con un potente mensaje, así como la reiteración de varias situaciones diseñadas para la manipulación emocional y que llegan a hacer sentir cierta desconfianza de la propia película en su idea fuerza para conectar con la audiencia.

En todo caso, Little Amélie, nominada a los Óscar 2026 en la categoría de Mejor Película Animada, es una obra que no deja de generar estímulos desde una premisa original y una animación bellísima como traslación del autodescubrimiento humano. Merece mucho la pena acompañar a esta niña de dos años en su aceptación de la belleza del mundo desde el amor, el continuo cambio o el dolor, recordando a la joya de animación La tortuga roja (2016).
NOTA: ★★★½
«LITTLE AMÉLIE», YA EN CINES.
TRÁILER DE LITTLE AMÉLIE:
PÓSTER DE LITTLE AMÉLIE:

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