Crítica de ‘Manas’: Cuando la elipsis se convierte en la mayor denuncia.

En el arranque de Manas, el sonido precede a la imagen: las olas y el motor de una barca irrumpen en el imaginario del espectador mucho antes de que este pueda visualizarlos. Con esta declaración de intenciones, la documentalista y directora del film, Marianna Brennand, establece un mensaje anticipatorio, pues algo puede ser señalado y reconocido sin necesidad de mostrarse de manera explícita.

La película sigue a Marcielle (Jamilli Correa), una niña de 13 años que vive con su familia en la isla de Marajó, al norte de Brasil. Como tantas otras niñas del territorio, su existencia transcurre bajo las injusticias estructurales de un sistema que las obliga a crecer silenciadas y a ser percibidas como objetos sexuales.

La historia, inspirada en hechos reales, llegó a manos de la directora a través de la cantante y activista Fafá de Belém, quien le dio a conocer la dura realidad de la prostitución infantil y el abuso intrafamiliar que afectan a la región. El proyecto se fue consolidando a lo largo de ocho años de diálogo y acompañamiento a las víctimas. En un inicio fue concebido como un documental, sin embargo, con el tiempo evolucionó hasta convertirse en el primer largometraje de ficción de la directora. Su decisión respondió a la necesidad de denunciar esta problemática social sin exponer ni poner en riesgo la identidad de las mujeres involucradas.
De esta forma, la manera en que la directora señala y denuncia esta realidad es a través de un seguimiento íntimo y persistente de la protagonista y sus compañeras, mediante el uso de cámara en mano, que se adhiere a sus cuerpos. Desde el arranque –cuando Marcielle pregunta dónde está su hermana mayor–, hasta el momento en que lo descubre en su propia piel, o cómo, desesperadamente, trata de evitar que su hermana pequeña lo sufra de igual forma, la película construye un recorrido de toma de conciencia dolorosa y progresiva.

Todo ello se articula mediante el uso de elipsis que rehúyen el subrayado explícito, así como a través de silencios que se abren entre las preguntas que la protagonista lanza a su entorno –a su madre, por ejemplo–, y las respuestas marcadas por la resignación. Cuando esa aceptación de la realidad se verbaliza en frases como «no vale la pena cambiar las cosas», la violencia que se genera no proviene de aquello que se sugiere y se calla, sacudiendo al espectador con una fuerza incluso mayor que la explicitud visual.

El sonido adquiere así un papel decisivo: si al inicio precedía a la imagen como una advertencia, a medida que la violencia que atraviesa la protagonista se intensifica, su presencia se vuelve más insistente y envolvente, subrayando el dolor que experimenta y estableciendo un contraste con el silencio que rodea al resto de las chicas que sufren esa misma violencia sexual –la hermana mayor, la amiga, las compañeras de escuela embarazadas con apenas trece años, la madre que asume que nada puede cambiar–. Frente a esa aceptación muda, el paisaje sonoro actúa como una extensión de la conciencia de Marcielle, convirtiéndola en la auténtica voz de la denuncia del film: la única que se resiste a aceptar que las cosas deban permanecer así simplemente porque siempre han sido así.

Así pues, esta película, que sitúa su foco en las denuncias de un territorio concreto como la isla de Marajó, ha logrado trascender su geografía para articular, desde lo explícito y lo sensorial, un lenguaje común capaz de señalar violencias que, en realidad, atraviesan a mujeres de todas las partes del mundo. La contundencia de su propuesta le ha valido alrededor de 43 nominaciones internacionales, entre ellas la candidatura al Goya a Mejor Película Iberoamericana, y ha suscitado el respaldo de figuras como Walter Salles, Sean Penn, Julia Roberts y los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, quienes decidieron implicarse en el proyecto como productores, consolidando así su alcance y su relevancia en el panorama cinematográfico internacional.
NOTA: ★★★★☆
«MANAS», YA EN CINES.
TRÁILER DE MANAS:
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