Crítica de ‘Tierra de Nadie’: El narcotráfico más estereotipado.

En los últimos años, el cine policiaco español ha encontrado en el narcotráfico una inspiración narrativa que ha dado lugar a una serie de crudas y vibrantes producciones. Desde el inesperado éxito de El niño de Daniel Monzón, hasta la contundente Grupo 7 de Alberto Rodríguez, el género ha sabido fusionar acción y crítica social para retratar el auge del crimen organizado en diferentes zonas del país. Y no solo eso, sino que más recientemente, la serie Fariña llevó esta ferviente obsesión por el mundo del narcotráfico a la pequeña pantalla con una serie que cosechó halagos por parte de crítica y público.
En este contexto, encontramos Tierra de nadie, la nueva película de Albert Pintó (Malasaña 32) con la que busca aportar su visión sobre el narcotráfico en Cádiz. Para ello, se apoya en una historia centrada en la amistad y el desgaste moral de sus protagonistas que, pese a sus intenciones de construirse como una buddy movie con tintes dramáticos, no logra encontrar el equilibrio necesario para destacar dentro del género.

El mayor acierto de Tierra de nadie es la elección de sus tres personajes principales: Mateo “el Gallego” (un guardia civil con conflictos internos), Juan “el Antxale” (un pescador que ha caído en el narcotráfico por necesidad) y Benito “el Yeye” (un intermediario atrapado entre la ley y el crimen). A priori, su dinámica debería ser el motor emocional de la historia, aquello que haga avanzar la trama mientras sumerge de lleno al espectador en las vidas de sus protagonistas. Sin embargo, en la práctica, el peso dramático de cada uno resulta demasiado dispar. Mientras que Mateo (Luis Zahera) y Juan (Karra Elejaldre) tienen arcos narrativos bien definidos y cargados de tensión, Benito (Jesús Carroza) queda relegado a un papel más secundario, funcionando más como un nexo entre los otros dos que como un personaje con una evolución propia.
Este desequilibrio afecta al desarrollo de la película, ya que la idea de construir una buddy movie a tres bandas se diluye en un relato en el que la amistad se siente más como un recurso narrativo que como un verdadero eje temático. La falta de momentos –así como el acto en el que se dan– en los que los tres personajes comparten un conflicto común hace que su relación parezca más circunstancial que emocionalmente sólida.
Una solidez emocional que sí consigue reflejar la fotografía de Tierra de nadie a cargo de David Acereto (La casa de papel: Berlín).Con una clara apuesta por el uso de colores sombríos y apagados para plasmar el lado más crudo del narcotráfico en Cádiz, la decisión de reducir al mínimo la luz natural contribuye a crear una atmósfera de constante amenaza, generando así una sensación de peligro tan densa como el pesado aire de los escenarios portuarios que predominan en la cinta.
Sin embargo, esta elección visual, aunque efectiva en términos de ambientación, también juega en contra del ritmo. La falta de contraste lumínico hace que muchas escenas carezcan de la intensidad visual necesaria para resaltar momentos clave, lo que termina por restar impacto a secuencias que deberían ser mucho más contundentes. En un género donde la acción y la tensión deben estar en primer plano, esta decisión estética, aunque coherente con la realidad que experimentan los vecinos gaditanos, acaba resultando contraproducente.

Por su parte, en cuanto a la narrativa, Tierra de nadie se apoya en una premisa sencilla y estereotipada: el traslado de un yate incautado a un cártel se convierte en una peligrosa aventura entre la vida y la muerte. La estructura es funcional, pero no ofrece ningún giro que rompa con lo esperado, haciendo que los personajes actúen según los arquetipos habituales del género.
Personajes que se limitan a proferir diálogos que, aunque correctos, no aportan matices que hagan destacar la historia, impidiendo al guion diferenciarse de otras producciones similares. A diferencia de Fariña, la cual profundizaba en la evolución histórica del narcotráfico en Galicia, o de Grupo 7, que mostraba la brutalidad policial en su lucha contra la delincuencia, Tierra de nadie no explora un ángulo nuevo o distintivo. Su relato es efectivo, pero no sorprendente, convirtiéndose en una película que, aunque entretenida, se siente predecible.
A pesar de ello, si hay un elemento que eleva Tierra de Nadie por encima de su guion convencional, es el trabajo de su elenco. Los tres protagonistas consiguen dotar a sus personajes de una humanidad palpable, haciendo que sus conflictos internos resulten creíbles y emotivos.
El reparto secundario también cumple con solvencia, aportando realismo a un mundo donde la violencia y la corrupción están siempre al acecho. Aunque el guion no les da demasiado margen para brillar, los actores consiguen exprimir al máximo cada escena, logrando que la historia mantenga cierta fuerza emocional incluso en sus momentos más predecibles.

Por todo ello, podría decirse que Tierra de nadie es una película que cumple con los elementos básicos del thriller policiaco, pero que no logra aportar nada realmente novedoso al género. Su apuesta por una estética sombría y un enfoque dramático en la relación entre los protagonistas tiene momentos de genuina profundidad, pero el desequilibrio en el desarrollo de los personajes y un guion excesivamente predecible le impiden destacar. Para quienes disfruten del cine sobre narcotráfico y el thriller de acción, puede ser una propuesta atractiva que les haga visitar el cine. Sin embargo, aquellos que busquen una historia con un enfoque más original o innovador dentro del género, probablemente encontrarán en ella más de lo mismo.
NOTA: ★★½
«TIERRA DE NADIE», YA EN CINES.
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