Crítica de ‘Samuel’: Una oda a la pubertad y a nuestros recuerdos más íntimos.

La serie Samuel (2024), de Émilie Tronche, disponible en Netflix desde este mes de febrero, se instala en ese territorio frágil donde las primeras veces adquieren una densidad casi mítica.
La directora francesa narra la vida de Samuel, un niño de 11 años que atraviesa el umbral entre la infancia y la adolescencia. Este, a través de su diario, retrata cada descubrimiento, desconcierto y emoción inaugural que, sin que él mismo lo advierta del todo, comienza a configurar su identidad.

Concebida con una animación minimalista en 2D y estructurada en 21 capítulos de apenas cuatro minutos, la serie apuesta por la brevedad y la síntesis como dispositivos narrativos que refuerzan su carácter íntimo, casi diarístico.

Su propuesta se aleja de la grandilocuencia, y tampoco busca el impacto inmediato; por el contrario, se repliega hacia lo íntimo, hacia la memoria microscópica de un niño que empieza a comprender el mundo a partir de pequeñas revelaciones: el primer amigo, el primer amor, la primera traición, la primera vez que conceptualiza la muerte o el miedo.
Cada episodio funciona como una cápsula emocional, donde la experiencia cotidiana se convierte en rito de iniciación. Además, su enfoque, ajeno al didactismo y a la espectacularidad, privilegia el silencio y la economía de recursos como motores de introspección.

El tránsito entre la infancia y la adolescencia está narrado con una sensibilidad que evita la nostalgia impostada. Samuel no abandona la niñez de forma abrupta; el espectador lo acompaña capítulo a capítulo en ese crecimiento progresivo. La serie entiende que crecer no es un acontecimiento puntual, sino una acumulación de gestos mínimos: una excursión escolar, conversaciones en el autobús, una función de fin de curso, el último día de clase, el inicio del verano, la primera noche en las fiestas del pueblo o el ingreso al instituto.
Uno de los ejes más logrados es la construcción de la amistad como espacio de aprendizaje afectivo, donde los vínculos que Samuel teje con Julia, Dimitri, Beatriz, Bruno y Alberto delinean un mapa emocional en el que la lealtad y el desencanto conviven. A través de estas relaciones, la serie muestra el aprendizaje de querer y de afrontar la decepción como eje transformador de los vínculos.

En paralelo, los espacios que habitan operan como territorios en los que se construye el sentimiento de pertenencia y se archiva la memoria, lugares que quedan fijados como viñetas mentales, suspendidas en el tiempo.
Ese concepto de viñeta se traslada también a su estilo visual: minimalista, depurado, casi ascético. La animación prescinde del exceso, para concentrarse en la línea y el fondo blanco. No hay saturación cromática, ni artificio técnico que distraiga; todo está al servicio de la introspección. En esa economía expresiva, reside su fuerza, capaz de capturar la complejidad de crecer y la persistencia luminosa de los recuerdos.

Así pues, esta coproducción entre Francia y España articula una obra que, pese a su aparente sencillez formal, despliega una compleja cartografía afectiva en la que retrata las primeras veces como microfracturas que reordenan nuestra identidad. Construye, a través de los ojos de Samuel, una oda a la pubertad y a los recuerdos. En esa delicada acumulación de instantes, la serie revela que la identidad no se forja en grandes gestas, sino en la sedimentación de experiencias. Y es precisamente en esa escala íntima donde lo cotidiano se convierte en memoria fundacional y lo efímero, en huella perdurable.
NOTA: ★★★½
«MÁS QUE RIVALES» («HEATED RIVALRY»), YA EN NETFLIX Y TAMBIÉN DISPONIBLE EN PRIME VIDEO Y RTVE.
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