Crítica de ‘Blue Moon’: El nuevo triunfo de Richard Linklater con el mejor Ethan Hawke de su carrera.

A lo largo de sus 130 años de vida, el cine ha experimentado varios puntos de inflexión, desde la primera proyección pública de una película a cargo de los hermanos Lumière en 1895, pasando por la inserción, a principios del siglo XX, del montaje narrativo en las películas para convertir la mera plasmación de la realidad en relatos ficcionados y escenificados mediante la construcción progresiva del lenguaje cinematográfico base. A ello se suma la revolución que supuso la transición del cine mudo al sonoro a finales de los años 20, entre otras.
Cada uno de estos cambios se caracterizaba por la incertidumbre del camino por descubrir. En ocasiones, es obvia la explicación de por qué algo ha transformado un arte. Otras, sin embargo, es el paso del tiempo lo que explica, a través de hechos históricos o sociales relacionados, el cambio de paradigma por el cual el público responde a unos estímulos y deja de hacerlo a otros. Estas revoluciones artísticas dejan también cadáveres a su paso. Algunos de los artistas que fueron protagonistas de una etapa luminosa en un arte quedaron obsoletos ante su progreso.
«Tu tiempo se ha acabado, pero pasarás la eternidad entre ángeles y fantasmas». Esta frase de Jean Smart al personaje de Jack Conrad en Babylon (Damien Chazelle, 2022), que verbaliza el paso de una etapa a otra – del cine mudo al sonoro– a la que el personaje interpretado por Brad Pitt no es capaz de adaptarse, bien puede valer para referenciar la nueva película de Richard Linklater, Blue Moon. En ella, el director de Antes del amanecer (1995) o la reivindicable Apolo 10 1/2: Una infancia espacial (2022) explora el momento crucial en que el compositor y letrista de teatro musical y la canción homónima de la película, Lorenz “Larry” Hart, se siente desplazado de la gloria y el foco mediático tras el éxito en su estreno del musical Oklahoma!, a cargo de su antiguo socio Richard Rodgers, que supuso una revolución en la forma de entender y hacer el Teatro Musical en Broadway.

Linklater narra la historia de Lorenz Hart desde un punto temporal muy concreto y, salvo el prólogo, en una sola localización, alejándose así del manido biopic de artistas en una montaña rusa emocional que recorre el S. XX. El 31 de marzo de 1943, siete meses antes de su muerte, Lorenz Hart presencia el estreno en Broadway de Oklahoma!, marchándose en mitad del espectáculo al restaurante Sardi´s de Nueva York, punto de encuentro de actores, compositores y miembros destacados del mundo de la farándula. Allí, divaga entre la nostalgia y la melancolía, profesional y emocional, mientras recuerda algunos momentos de su carrera.

La dirección de la película es exquisita. Linklater elige una puesta en escena intimista y reflexiva donde todo el peso recae en la interpretación, la composición de los personajes por los espacios del local neoyorquino, la fluidez y elegancia de los movimientos de cámara y un guion con precisas líneas de diálogo. Las continuas referencias artísticas –caso de Casablanca (1942)– y la recurrente aparición de personajes históricos de altura intelectual como el escritor del cuento Stuart Little (E.B. White) o George Roy Hill, director de El golpe o Dos hombres y un destino, refuerzan el aura creativa que impregna la maravillosa ambientación del local Sardi´s de Nueva York, famoso por las caricaturas de ilustres personajes que pueblan sus paredes.

Ethan Hawke (Training Day, Dejar el mundo atrás) realiza una de las interpretaciones más memorables de una ya de por sí destacada carrera, encarnando el papel protagonista de Lorenz Hart. Partiendo de la deformación postural física, acompañado por un excelente trabajo de maquillaje y peluquería, y con los juegos visuales que ofrecen los diferentes ángulos de la cámara en el plano, refleja a la perfección la languidez física y emocional de un personaje enjuto, casi alienado, que lucha por reinsertarse en un mundo artístico al que ya no pertenece, a la vez que idealiza a una joven que tampoco le corresponde. La finura e ingenio dialéctico contrastan con un subtexto profundamente triste, que alcanza su máxima cota de emoción en una escena del tercer acto junto a la magnética Margaret Qualley (La sustancia) –que interpreta a la joven adulada por Hart, Elizabeth Weiland–, donde Hawke y Linklater son capaces de materializar el momento en el que el corazón de un hombre, quebrado de por sí, se rompe para siempre.

El estatus social de los personajes está muy bien definido a través del espacio en esta obra de cámara. En la zona Bar, tan solo encontramos al personaje de Hart, al camarero, interpretado por Bobby Cannavale (Imparable: La historia de Anthony Roble), en un personaje anclado en el tiempo que ha visto pasar por esa barra a todo tipo de intelectuales en sus mejores y peores momentos, caso del escritor E.B. White, que se encuentra sentado en un fondo mientras pasa un momento de crisis creativa, y el pianista del restaurante, una suerte de inolvidable Sam de Casablanca.
La joven, interpretada por Qualley, que quiere medrar en el gremio del teatro musical, aparece primero en la zona bar, delimitada para aquellos que no tienen acceso al éxito cosechado por Oklahoma!, pero es el único personaje que cruza la línea espacial para introducirse en la fiesta de celebración en honor de Richard Rodgers, interpretado por Andrew Scott (Desconocidos). El antiguo socio de Larry Hart intenta recuperar para la causa a su compañero, pero Linklater siempre utiliza recursos que definen el éxito de un personaje en contraposición del olvido que está sufriendo el otro.

Blue Moon es una de las mejores películas de 2025. La constatación de que Richard Linklater es uno de los directores más versátiles de la industria, y que maneja con soltura y efectividad los recursos que otorga el lenguaje cinematográfico. Una historia profundamente triste y, a su vez, genuina que golpea sutilmente hasta dejar un poso de amargura como pocas en los últimos años.
NOTA: ★★★★☆
«BLUE MOON», YA EN CINES.
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