Crítica de ‘Sueños en Oslo’: Una reflexión expositiva del primer amor adolescente.

La traslación literaria o cinematográfica de las emociones, recuerdos y experiencias personales es una característica común en los artistas, sobre todo noveles. Partir de un conflicto dramático que el autor ha gestionado y digerido, sufrido o disfrutado, asienta las bases para poder desarrollar una historia ficcionada partiendo de hechos reales. Es transversal a este proceso creativo el momento vital en el que una persona se encuentra a la hora de plasmarlo en el papel o en el texto de un guion. La manera en que uno experimenta las emociones en función del éxito o la frustración al respecto del objeto del deseo difiere conforme a la experiencia, edad o personalidad de cada cual, idealizando, romantizando o desmitificando la cuestión anhelada, en el caso de esta crítica, el amor.
Sueños en Oslo, la nueva entrega de la trilogía en la que el director noruego Dag Johan Haugerud reflexiona sobre las relaciones sentimentales, el afecto, la construcción o crisis de identidad y su propia libertad respecto a un tercero, presenta como protagonista a una adolescente de 17 años que experimenta un amor irracional e idealizado por su profesora de instituto. Ganadora del Oso de Oro en la 75ª Edición del Festival de Cine de Berlín, la película muestra la escritura de este romance en un diario como un vehículo catártico para la gestión de los sentimientos que afloran en una adolescente que aún no está segura de saber identificar del todo. La mirada de este cierre de trilogía –al menos en España, por una cuestión de distribución– tiene un calado intimista e introspectivo, y se aleja de los conflictos queer que suelen estar presentes en una sociedad conservadora, ya que la protagonista convive en un contexto familiar, social y geográfico de apertura ética y moral en el que el debate gira más en torno a la diferencia y estatus de edad que al despertar sexual hacia alguien del mismo sexo.

Este viaje de autodescubrimiento, romántico, identitario y sexual, comienza con Johanne como la joven protagonista. En un fin de semana con su madre y su abuela, descubre un libro en el que una muchacha queda prendada de un chico de mayor edad y mayor estatus social. La lectura de este libro marcará siempre a Johanne, ya que, en su vuelta al instituto, el trasunto romántico se extrapola a la realidad. Es muy destacable el trabajo de iluminación para reflejar la fascinación de Johanne por su profesora, en sus encuentros y en los planos subjetivos de la muchacha. El deslumbramiento y la calidez sexual se muestran con tonos cálidos y rojizos, además de la sobreexposición de luz, mientras que la cotidianeidad del día a día se decanta por una paleta de colores mucho menos viva, que produce un contraste cromático expresivo bien trabajado.

Haugerud apuesta decididamente por abordar la película desde un punto de vista reflexivo –y muy expositivo–, a través de la introspección de la protagonista. Mediante el omnipresente uso de la voz en off, es Johanne quien, desde el inicio de la película, narra unos hechos con los que el director manipula la expectativa del espectador. Estructurando la película en tres actos, la historia se presenta desde tres vertientes diferentes de un mismo punto de vista: los recuerdos, la plasmación de la experiencia amorosa de manera literal en esta especie de diario, y un último giro que conviene no desvelar, pese a que no sea del todo satisfactorio como cierre de arco.

Por otro lado, resulta especialmente interesante narrativamente la elección de este punto de vista porque genera la confusión e ilusión propia de los hechos contados desde quien experimenta por primera vez la intensidad del amor. El arco que describe el personaje de Johanne durante la película va desde la ingenuidad de la preadolescencia hasta el paso a la madurez de quien ya está sanando una herida sentimental. En este sentido, es imprescindible señalar la actuación de Ella Overbye, encarnando a la muchacha, y sosteniendo de manera resuelta primeros planos donde transmite la fascinación y emoción propia de quien está enamorado, reforzada estéticamente por la estética fotográfica antes señalada. Además de su interpretación física, la musicalidad y ritmo que otorga a la voz en off que acompaña los 100 minutos de metraje hacen que se aleje del tedio y la pesadez constante. Pese a esto, por momentos, la emoción parece quedar oprimida por el constante texto que la sobrexplica, y que hubiera llegado más lejos dejándola volar en silencio o con un acompañamiento musical.

Los personajes de Kristin, madre, interpretada por Anne Dahl Thorp (La hermanastra fea), y de la abuela de Johanne, amplían el abanico identitario de la película. Con la inserción y desarrollo de estos dos personajes, el guion hace converger tres generaciones de mujeres con distintos acercamientos al amor: quien lo hace por primera vez, aquella hastiada de relaciones insatisfactorias en la madurez, y quien anhela con melancolía y nostalgia relaciones que ya nunca volverá a tener mientras se acerca a su final. Siendo esto interesante, Haugerud traiciona el punto de vista de Johanne, con el que vehicula el relato, para hacer una reflexión sobre la interpretación y valoración de la obra artística por parte de las dos mujeres adultas, algo que hace perder el foco principal y que queda algo descolgado y restando solidez a la película.

La inmersión en el primer amor adolescente y el descubrimiento sexual que aborda Sueños en Oslo resulta lo más interesante de una película que apuesta por la literalidad, para bien o para mal, en función del espectador. Resulta muy interesante cómo muestra la literatura y el arte como catarsis de los sentimientos y emociones que, en este caso, experimenta por primera vez una joven adolescente.
NOTA: ★★★☆☆
«SUEÑOS EN OSLO», YA EN CINES.
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