Crítica de ‘Dos fiscales’ (‘Two Prosecutors’): Impecable muestra de ejercicio cinematográfico.

Existe en el cine un tipo de personaje cuya heroicidad está desprovista de épica. Que no blande espadas, carga pistolas o hace uso de la fuerza bruta para enfrentarse a la figura antagonista. Este es un heroísmo moral y ético cuya principal arma es el derecho legal en el que se ampara una sociedad para establecer las bases de una convivencia cimentada en la justicia. El gran estandarte de este tipo de personaje, fiel a sus principios, integridad moral y cierta ingenuidad ante el poder dominante –que trasladó a su figura pública–, sería el de James Stewart.
El Senador Jefferson Smith, protagonista de Caballero sin espada (1939), del gran director de hombres corrientes luchando con su esfuerzo e ideales por un mundo más justo, Frank Capra, o su Ransom Stoddard, que acude armado de libros y principios legales para impartir la ley en el crepuscular oeste fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance (1962), son ejemplos que se acercan a la figura del protagonista de Dos fiscales, la última película de Sergei Loznitsa, que se adentra en una lucha por lo que es justo en el mar burocrático, mandos del autoritarismo estalinista, de la Unión Soviética.

La campaña de opresión política orquestada por Stalin contra los disidentes del régimen soviético, conocida como La Gran Purga, a finales de los años 30, es el marco referencial para situar la historia del idealista y joven fiscal recién salido de la Universidad, protagonista de la historia. Tras un prólogo que presenta de forma aséptica la paupérrima situación de los presos políticos en las cárceles dirigidas en la sombra –sin mucho disimulo– por parte del NKVD, principal instrumento de represión totalitarista del Estado en esta depuración del Partido Comunista, la acción se cierne sobre uno de ellos, encargado de quemar las cartas de socorro de muchos de los disidentes que han sido detenidos y torturados.
De entre todas ellas, una escrita en sangre, que solicita el auxilio de la fiscalía amparándose en el derecho legal, traspasa las paredes de la prisión y llega hasta la fiscalía de Briansk, a unos cientos de kilómetros de Moscú. Movido por su fe en la justicia y los principios socialistas, este procurador se lanza a investigar y denunciar a instancias superiores la violencia que se ejerce sobre los presos políticos en las cárceles soviéticas.

El rigor y apuesta firme por la forma, reforzando el contenido que establece el director ucraniano, es la principal característica de Dos fiscales. En la radicalidad de su decidida apuesta visual también reside una coherencia narrativa interna que dota de fuerza y solidez al relato. Loznitsa establece como norma, casi inquebrantable, la posición fija de la cámara ante la acción y los personajes, que son las fichas que se mueven por los diferentes encuadres estáticos. En sus casi dos horas de metraje, tan solo se produce un movimiento dinámico de cámara, dotado de todo el sentido narrativo y expresivo del lenguaje, en relación directa a una decisión que cambia el curso de la historia para el protagonista, Alexander Kornev.
No hay, por tanto, gratuidad en la elección de la quietud y fijeza del plano como símbolo de la pasividad de todos y cada uno de los elementos que formaban el régimen y eran, por tanto, cómplices de las atrocidades cometidas contra aquellos que alzaban la voz ante la dirección que había tomado la Unión Soviética años después de la Revolución Bolchevique. Como tampoco lo es la cantidad de pasillos, puertas, salas de espera y niveles que recorre, hasta conseguir, por fin, que un funcionario atienda sus peticiones. La película logra transmitir, a través de la repetición, la dificultad del noble empeño del protagonista y, a su vez, el desgaste al que se ve sometido para mitigar sus esfuerzos.
Hay una dedicación del sentido expresivo del tempo y ritmo muy marcados en la película. El tiempo se dilata en aquellas escenas en las que el protagonista se ve obligado a esperar largas horas para provocar el desánimo en su contienda y logra hacer partícipe al espectador de la frustración ante la laberíntica oposición burocrática. Solo cuando se ha comprendido, con el curso natural de los minutos, que la espera se alargará horas, hace acto de presencia el recurso de la elipsis a través del montaje y uso de la fotografía para evidenciar que, en efecto, mucho tiempo ha pasado.

Loznitsa acredita también su buen hacer como cineasta con la elección del tipo de plano y ángulos para generar interés y una lectura interna de la acción en conversaciones donde, expositivamente, se está contando otra cosa. Es interesante cómo el fiscal arranca desde un ángulo lateral en las escenas donde, por fin, es recibido por un superior de rango progresivo en la cadena de mando. Todos estos, en cambio, se muestran de manera frontal y con una firmeza corporal que es coherente con la posición que está dispuesta a tomar el Estado al que representan ante las peticiones de acción, cambio y justicia que no cesa de solicitar Kornev.
En una de las escenas más duras de la película, protagonizadas por el fiscal y el recluso que solicitó su presencia al inicio de la misma, la progresión de planos, cada vez más cortos, de ambos personajes ejemplifica el acercamiento y la confianza creciente del segundo en el abogado, al que, en un principio, tacha como otro elemento corrupto más del régimen. En este intervalo, acaba mostrando, en oposición a los funcionarios de la prisión, las consecuencias físicas de las torturas continuas a las que se ve sometido.

Cabe destacar la actuación de Aleksandr Kuznetsov (Jefes de Estado) por encima de todas las demás, pues, aparte de ser el personaje que sostiene gran parte del metraje, es el único con el que consigue empatizar el espectador, por la fe ciega en su misión y humanidad en su rol. Acercándose casi al carácter bressoniano, que también impregna la parte visual, el resto de personajes y figuración son fríos elementos, testigos pasivos de las duras consecuencias de la opresión estalinista sobre los disidentes políticos.

Dos fiscales reta al espectador a experimentar la frustración del procurador protagonista por la inacción de todos los eslabones de un régimen ante la opresión autoritaria, más que a conectar emocionalmente con lo que le ocurre a los personajes. Su ritmo pausado, quietud visual e interpretaciones deliberadamente frías conectan con el cómo el director ucraniano cuenta una historia a modo de advertencia sobre una amenaza que se cierne sobre el horizonte del S. XXI.
NOTA: ★★★★☆
«DOS FISCALES», YA EN CINES.
TRÁILER DE DOS FISCALES:
PÓSTER DE DOS FISCALES:

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