Crítica de ‘La plaga’: Un debut sólido dentro del género y con trasfondo social.

Una ópera prima siempre es bienvenida como oportunidad de crecimiento, tanto para un cineasta en ciernes como para la propia industria cinematográfica. Si bien esto es aplicable a cualquier género, resulta especialmente interesante observar a nuevos autores que se aventuran en el terreno del terror, el thriller psicológico o la ciencia ficción, independientemente de su forma de expresión.
Estos códigos fílmicos son muy pertinentes para transmitir de manera tangible, a través del poder de imágenes y sonidos, premisas morales difíciles de describir. Así, las ideas provenientes de lo fantástico se yuxtaponen a una realidad reconocible. Por citar algunos ejemplos de los últimos años, se encuentran Hereditary (2018) de Ari Aster; Pig (2021) de Michael Sarnoski; o Ex Machina (2014) de Alex Garland. En esta ocasión, es turno del debutante Charlie Polinger con su primer largometraje, La Plaga.

Estrenada en el Festival de Cine de Cannes de 2025 y presentada también en el de Sitges, la historia se sitúa en un campamento de waterpolo masculino. Ben (Everett Blunck), un preadolescente de doce años con ansiedad social, se ve arrastrado por Jake (Kayo Martin) y el resto del grupo para discriminar a un compañero, Eli (Kenny Rasmussen), por ser diferente, bajo la excusa de que padece una enfermedad cutánea contagiosa y mortal a la que llaman «la plaga».

De este modo, el bullying se posiciona como el eje central a partir del cual se trazan las distintas aristas narrativas. El guion, firmado por el propio Polinger, recurre al coming-of-age y al body horror para abordar la confrontación adolescente ante un drama social impregnado de violencia. Sin embargo, dicha violencia no se manifiesta desde lo físico, puesto que el aislamiento constituye la forma más dolorosa.
El acoso resulta más contagioso que la supuesta extraña enfermedad, lo que condiciona la dinámica del grupo y diluye la responsabilidad individual. Pero esto no se limita a la organización adolescente, pues bien supone un guiño al funcionamiento social adulto. En este sentido, la película remite inevitablemente a la célebre novela de 1954, El Señor de las Moscas, de William Golding, y a su cuestión central: ¿el origen del mal es innato o aprendido?

Joel Edgerton (Materia oscura), también productor del film, es el único adulto protagonista entre un reparto adolescente que destaca. Son Martin, Rasmussen y Blunck, quienes definen las tres perspectivas esenciales del relato: el agresor, la víctima y el cómplice –directo o indirecto– dentro de la escala de violencia. Sin uno, no existirían los otros.

La madurez de sus interpretaciones se ve reforzada por la atmósfera inquietante que propone la escritura del director. Los mecanismos estructurales equilibran lo dramático y lo fantástico, canalizando los componentes emocionales y sociales a través del filtro del género: el miedo al rechazo, la necesidad de pertenencia al grupo o la responsabilidad individual.
A ello se añade el uso de localizaciones afiladas y fríamente iluminadas, así como un preciso trabajo de sonido, que sumerge al espectador en la narración con la misma intensidad que a sus personajes en el agua. Con todo, esta fórmula genera una sensación constante de vigilancia y aislamiento.

En conclusión, La plaga coquetea con elementos del terror para construir una historia sobre la crueldad colectiva: la conformidad del grupo con los estándares del mal y la facilidad con que este se propaga, incluso entre los más jóvenes, amenazando a la identidad individual. Sobre este planteamiento, el debut de Polinger, que dirigirá a Léa Seydoux y Mikey Madison en su segundo largometraje La máscara de la muerte roja, demuestra habilidad para perfilar a sus personajes –favorecidos por sus jóvenes intérpretes–, los cuales transitan a través de una narrativa bien estructurada que mantiene el sórdido pulso del relato. Una ópera prima sólida dentro del género y con trasfondo social.
NOTA: ★★★½
«LA PLAGA», YA EN CINES.
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