Crítica de ‘Prime Crime: A True Story’ (‘Dead Man’s Wire’): La perversión de la tragedia a favor del prime time.

El cine de Gus Van Sant es, ciertamente, impredecible. Desde el cine independiente radical –Mi Idaho privado (1994) o Elephant (2003)– hasta las producciones comerciales de Hollywood –El indomable Will Hunting (1998) o Mi nombre es Harvey Milk (2008)–. En este recorrido fílmico, las temáticas componen un amplio abanico en el que aparecen la juventud marginada (y guiada por un mentor), la muerte y la identidad sexual.
A priori, la diversidad de propuestas enriquece la visión de un autor a quien, como mínimo, se le espera con entusiasmo, aunque, echando la vista atrás, hace años que no firma una obra destacable. En este contexto, llega a las salas comerciales Prime Crime: A True Story (Dead Man’s Wire), tras un discreto paso por el Festival de Venecia.

La película reconstruye un suceso real ocurrido en 1977. Después de ser estafado por un banco, Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) irrumpe en sus oficinas y secuestra a Richard (Dacre Montgomery), hijo del presidente de la compañía, M. L. Hall (Al Pacino). Para ello, le coloca al cuello un artefacto mortal: un alambre conectado al gatillo de una escopeta. Tony exige que le devuelvan su dinero y una cuantiosa indemnización, además de una disculpa pública retransmitida por televisión.

Con este punto de partida, la narración confronta distintas posiciones sociales y articula una crítica directa a la desigualdad: el individuo contra una institución bancaria. Además, por si fuera poco, la calculada y rudimentaria metodología de Tony contrasta con la actitud altiva y vanidosa de Hall, emponzoñado por el orgullo de su propio dinero y reacio a mover un solo dedo para rescatar a Richard. Este último, por su parte, encarna al privilegiado heredero, dichoso financieramente, pero carente de amor paternal, condenado a conformarse y reproducir el legado de su antecesor. De este modo, se configura un triángulo no-amoroso en el que cada vértice refleja las consecuencias de un capitalismo feroz.

A esto se une la persecución televisiva, preocupada por explotar el secuestro en prime time y ganar la batalla mediática. Como contrapunto, se encuentra el canal radiofónico que locuta Fred Temple (Colman Domingo), cuya voz ofrece calidez a quien desea escuchar o sentirse acompañado. En este tira y afloja entre ambos medios de comunicación, se evidencia el oportunismo televisivo en el que las imágenes, acompañadas de improvisación, son capaces de transformar la realidad. Así, la mercantilización de la tragedia personal atraviesa el relato de un hombre que reclama dignidad. Esta idea reverbera con nuestra actualidad, plagada de imágenes fugaces que confunden la mirada y la claridad de los hechos, al servicio de intereses que operan desde arriba.

Para que todo ello funcione, destacan dos aspectos. Por un lado, la interpretación de Skarsgård (IT: Bienvenidos a Derry) sostiene la efervescente locura de quien lo pierde todo. A pesar de que el relato transcurre en tres días, dota al personaje de matices que lo sacan de la planitud para otorgarle dimensionalidad –mucho mejor que los personajes de Pacino (El padrino) y Domingo (Las vidas de Sing Sing), que no es poco–.
Por otro lado, la dirección presenta claridad narrativa para acomodar al espectador en el seguimiento del relato. Además, apuesta por la emulación estética de los años 70, aunque poco arriesgada, aportando cierta identidad.

En definitiva, la última película del ambivalente Gus Van Sant es una pequeña obra de encargo –una comercialización de la historia real, paradójicamente–. Sin ofrecer novedades al género de secuestros –lejos queda la paradigmática Tarde de Perros (1975) de Sidney Lumet (1975)–, funciona dentro de sus propios márgenes y podría considerarse una mejora en la filmografía reciente del cineasta. El mayor logro se halla en revelar la perversión de la tragedia a favor del prime time.
NOTA: ★★★☆☆
«PRIME CRIME: A TRUE STORY«, YA EN CINES.
TRÁILER DE PRIME CRIME: A TRUE STORY:
PÓSTER DE PRIME CRIME: A TRUE STORY:

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