Crítica de ‘Yo no moriré de amor’: Pero nosotros sí moriremos de pena.

El nuevo cine español, ese que lleva más de una década construyéndose desde una mirada femenina, sensible y enfocada en lo íntimo y lo ordinario, no deja de darnos grandes películas. En 2022, una debutante Alauda Ruiz de Azúa estrenaba Cinco lobitos en el Festival de Málaga y se alzaba con el premio a la Mejor Película del certamen, marcando el inicio de una carrera breve, pero intensa y prometedora, hasta el punto de ganar este año el Goya con Los domingos.
Una estela de éxito que ahora parece dispuesta a seguir Marta Matute. La joven directora ha ganado la Biznaga de Oro a la Mejor Película con su primer largometraje, Yo no moriré de amor, una obra que transita por los lugares comunes de este nuevo cine español, ya que parte de su experiencia personal, al igual que Carla Simón en Verano 1993. En este caso, relata el conflicto interno de su protagonista, Claudia, quien lucha entre el deseo de aprovechar al máximo su juventud y la obligación de cuidar de su madre, enferma de alzhéimer.

Yo no moriré de amor se sostiene sobre pocos personajes del núcleo familiar, como sucedía en la ya mencionada Cinco lobitos. Claudia (interpretada por la también debutante Júlia Mascort) es la protagonista sobre la que recae todo el peso de la cinta: el punto de vista, la mayor carga dramática y la exigencia interpretativa. Es un personaje que calla más de lo que le gustaría decir –o, más bien, gritar– y que atraviesa un arco de maduración brillantemente escrito.
Julia (Sonia Almarcha), la madre de Claudia, sufre, a sus 50 años, una demencia que le provoca pérdida de memoria y una progresiva dependencia. Frente a este deterioro, el padre (Tomás de Estal) se convierte en un espectador impotente ante la enfermedad de su pareja, mientras que Inés (Laura Weissmahr), la hermana de Claudia, termina asumiendo más responsabilidades de las que realmente puede permitirse.

El guion no cae en tremendismos ni verbaliza los conflictos o temas principales, sino que confía plenamente en el espectador. El subtexto está trabajado con suma delicadeza a través de detalles fascinantes. Ya en la primera escena, Matute nos introduce en las dinámicas familiares sin interponer distancias. De algún modo nos hace partícipes, ya sea porque nos identificamos con ellos o por pura empatía. Ahí están esos vasitos de té, diciendo tanto con tan poco.
Cuando el drama finalmente azota a los miembros de esta familia, esta cercanía no se vuelve invasiva ni arrastra la película hacia la pornografía emocional, pues la directora sabe mostrar el dolor con crudeza y realismo, pero sin regodearse en él. No hay espacio en esta cinta para el sensacionalismo ni para las emociones forzadas por medio de efectismos.

Sin embargo, donde verdaderamente reside la genialidad de Yo no moriré de amor es en el tratamiento del tiempo. A lo largo de la película, hay grandes decisiones de montaje. Matute aguanta el plano con firmeza, confiando en sus intérpretes, en los silencios, en el ritmo interno de cada secuencia, en cada gesto y en cada frase.
Este impecable dominio del ritmo marca la propia estructura de la obra, dividida en base a los años en los que avanza la enfermedad de Julia. La directora emplea la elipsis en varias ocasiones, omitiendo amplios periodos de tiempo entre secuencias, aunque la familia parece vivir en una cápsula del tiempo. La única que se ve afectada por la inexorable degradación cronológica es Julia; tanto Claudia como su entorno parecen haberse congelado.
En este sentido, al inicio de la película vemos un edificio en construcción justo en frente del hogar familiar. Al terminar la cinta, la obra apenas ha avanzado. Otro ejemplo es el entorno amoroso, amistoso y laboral de Claudia, que permanece en los mismos espacios donde lo descubrimos por primera vez. Incluso cuando podría dar la sensación de que sus relaciones han cambiado, estas apenas se ven alteradas por el paso del tiempo.

A través de todos estos detalles, Matute demuestra una gran inteligencia cinematográfica. Reflexiona, desde el guion y la dirección, sobre la evasión y la falta de responsabilidad como válvulas de escape, así como sobre esos sentimientos que nos dejan vacíos. Todo reside en los matices, como esa paleta de colores en tonos azulados o aquel cigarrillo compartido entre padre e hija.
Pero, sobre todo, la cineasta madrileña hace un grandísimo ejercicio de honestidad desde la escritura. Podría haber sido autoindulgente o haber cometido numerosos tropiezos tonales dejándose llevar por el exceso melodramático. Sin embargo, su maravilloso final es el mejor ejemplo de lo contrario: opta por la serenidad antes que por la explosión lacrimógena.

En definitiva, Yo no moriré de amor triunfa, con empatía y calma, como una pequeña lección de vida. Sin duda, uno de los grandes debuts de los últimos años en el cine español.
NOTA: ★★★★☆
«YO NO MORIRÉ DE AMOR», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE YO NO MORIRÉ DE AMOR:
PÓSTER DE YO NO MORIRÉ DE AMOR:

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