Crítica de ‘La momia de Lee Cronin’: Posesión infernal, edición Egipto.

Uno no puede evitar preguntarse por qué el nombre del director forma parte del título La momia de Lee Cronin. Y es que, teniendo en cuenta que se trata de su tercer largometraje de terror, ¿podemos considerarle ya un autor consolidado? En realidad, detrás de esta decisión hay una estrategia bastante clara.
Por un lado, Cronin tiene características autorales que se repiten tanto en Posesión infernal: El despertar (2023) como en esta película. Por el otro, todo el peso comercial recae en La momia, una denominación que retrotrae al espectador a los monstruos clásicos de Universal o a las cintas de aventuras de Brendan Fraser. Sin embargo, La momia de Lee Cronin no se parece en nada a ninguna otra momia egipcia, sino que arrastra conscientemente el legado de la saga Posesión infernal.

Han pasado más de cuatro décadas desde que, en 1981, un joven Sam Raimi redefiniera el cine de posesiones en cabañas del bosque con su trilogía de terror y humor negro. No hace tanto, en 2013, Fede Álvarez recogió el testigo con un remake que, aunque errático e irregular, daba un giro más gore y depravado a la propuesta de Raimi, mostrando a poseídos que se apuñalaban, mutilaban y destruían a sí mismos en busca de una experiencia de horror corporal excesiva. En la última entrega de la franquicia, Posesión infernal: El despertar, Cronin combinó ambas tendencias –el humor negro y el tono desenfadado de Raimi, y la brutalidad de Álvarez– para crear algo genuino y personal desde la dirección.
Unos años después, encontramos el mismo estilo y tono en La momia de Lee Cronin, cuya historia sigue a una familia rota por la desaparición de su hija pequeña en El Cairo. Ocho años más tarde, la joven les es devuelta en un estado decrépito: ahora alberga el mal bajo su piel, una fuerza demoníaca que irá destrozando y poseyendo al núcleo familiar.

Tal y como hacía en su anterior película, Cronin construye una base dramática perfectamente funcional al presentar a los protagonistas y sus dinámicas antes de que un hecho atroz los rompa, obligándolos tiempo después a asumir una nueva y horrorosa realidad. Para el cineasta irlandés, todo el festival de terror que se les viene encima no funcionaría sin estos cimientos, ya que todo debe sentirse personal. En este sentido, las interpretaciones cobran gran importancia, destacando con diferencia Laia Costa (Un amor) en el papel de la madre, que aporta una verosimilitud muy emotiva. Por desgracia, su pareja en la ficción, interpretada por Jack Reynor (La pareja perfecta), no da la talla frente a la actriz española.
Si hay alguien que sobresale, y mucho, esa es la hija protagonista, Katie, a la que da vida Natalie Grace. Ella acapara toda la atención del espectador y de la cámara, y su presencia altera toda la normalidad, tanto en el texto como en la forma. Sus padres, arrollados por un gran sentimiento de culpa, afrontan el cuidado de Katie de forma diferente: mientras ella es protectora y permisiva, él se embarca en la búsqueda de respuestas sobre quién la secuestró y qué le hizo.
Visualmente, la cámara no muestra a Katie como al resto de los personajes, sino que filma su cuerpo de forma fragmentada y grotesca. Los ángulos cambian hasta volverse aberrantes y las ópticas dividen el plano en diferentes focales, un recurso estético que Cronin ya empleó en su anterior título y que aquí da resultados increíbles. Jugar con el fuera de campo, la voz en off y el color le permite también crear una experiencia de terror intensa y sobrecogedora.

No obstante, nada resulta tan intenso y espeluznante como la concatenación de burradas que ocurren en pantalla. De forma todavía más ambiciosa y estridente que en Posesión infernal: El despertar, el horror corporal se abre paso sobre los recursos clásicos como el jumpscare. Si en la película de 2023 un rallador de queso dejó algún que otro trauma en la sala de cine, aquí el espectador debe prepararse para un cortaúñas. La casquería se entremezcla con un sentido del humor cafre y negrísimo, especialmente durante cierto funeral, y el espectador no solo debe preocuparse por el gore y la sangre, porque el cuerpo humano tiene muchos más fluidos (ahí lo dejamos).
Este festival de horror, tan aparatoso y artificial, funciona gracias al buen control del ritmo que tiene Cronin. Aunque no todas sus set pieces están igual de bien resueltas ni le beneficia cierto abuso del CGI en el tramo final, el director consigue domar a la bestia que es su película.

Su mayor debilidad, sin embargo, reside en el guion y en el escaso desarrollo del drama. Si la comparamos con Devuélvemela –otro título reciente que hibrida horror corporal y drama de personajes–, La Momia de Lee Cronin evidencia estar mucho más preocupada por encadenar secuencias de terror que por contar una historia sobre el duelo y la culpa. Aspira a ello, pero sus imágenes no permiten contemplación alguna ni sensibilidad estética, y su diseño sonoro es tan violento que no admite silencios. No todo debe ser una montaña rusa que arrebate el aliento. Quizá, a veces, es mejor echar el freno y respirar.

En definitiva, La momia de Lee Cronin está muy bien rodada, es intensa, desagradable y ofrece una experiencia valiosa para los fans del terror comercial más duro, pero se queda muy lejos de ser ese «terror elevado» del que parece presumir su director.
NOTA: ★★★☆☆
«LA MOMIA DE LEE CRONIN», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE LA MOMIA DE LEE CRONIN:
PÓSTER DE LA MOMIA DE LEE CRONIN:

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