Crítica de ‘Teenage Sex and Death at Camp Miasma’ [Cannes2026]: Desbordante y sangrienta vindicación de libertad con una estelar Hannah Einbinder.

En un contexto de batalla entre la cinematografía proveniente de grandes estudios y el cine independiente de autor, el aura de la dependencia recíproca, o de quién echa de menos a cuál, ha sobrevolado la 79ª Edición del Festival de Cannes hasta el punto de que su mayor exponente, Thierry Frémaux, declaró que el certamen de mayor prestigio internacional, a día de hoy, podría seguir generando una atención mediática única sin la presencia de los estudios de Hollywood y, como muestra de ello, presentó una de las secciones oficiales y paralelas de mayor nivel del siglo XXI.
Bajo la sombra de esta duda, Teenage Sex and Death at Camp Miasma (Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma) ha protagonizado la primera gran sacudida cinematográfica en la Costa Azul. Ya en los días previos a su premier mundial en la Ceremonia de Apertura de la Sección Un Certain Regard, la película dirigida por Jane Schoenbrun acaparó la mirada y expectación de toda la prensa y crítica, agotando las localidades de la Sala Debussy durante días y demostrando que un cine americano alejado de los grandes presupuestos y las plataformas puede copar las portadas del bastión del cine en las salas. Y es que la nueva propuesta de la directora de I Saw the TV Glow ha demostrado por qué los programadores del festival la han incluido en la programación de esta 79.ª edición.

Con una premisa y estética que pueden aparentar clichés y estándares de género, la desbordante de talento y creatividad Schoebrun presenta una historia de una joven directora queer que tiene como objetivo traer una exitosa saga de películas slasher que generaron un adictivo fandom a lo largo de los años 80: Camp Miasma. Fanática de esta franquicia, decide recuperar a uno de los personajes más icónicos de la saga para hacerla revitalizar: una actriz que desapareció de la profesión tras el efímero éxito que este tipo de productos otorgaron a sus equiparables. El deseo se convierte en el motor de una relación que llevará a dos mujeres de distintas generaciones a redescubrir el amor, mientras realidad y ficción se entremezclan.

En un ejercicio de metaficción y amor por el audiovisual que ya mostró en su anterior película, Teenage Sex and Death at Camp Miasma presenta su candidatura, junto al Festival de Cannes, contra el cine formulaico regido por economistas a los que una buena idea tan solo se lo parece si ya ha funcionado antes. Schoenbrun carga de humor una crítica feroz a estos estamentos a través del gore y la libertad del proceso creativo. En esta cineasta, las ideas, textos y subtextos fluyen con una facilidad asombrosa, añadido a un talento propio en la dirección y la puesta en escena que elevan la película, de la que es difícil desapegarse indiferente.
Intrínsecamente ligado a la libertad y la reivindicación de la diversidad, lo diferente y la reinvención –ya sea del cine, de uno mismo o de un despertar sexual–, el amor es un tema absolutamente central en la película. No solo el amor, deseo y pasión que desata la ardiente relación entre los personajes de Gillian Anderson y Hannah Einbinder, sino también aquel por el arte cinematográfico y las obras que han hecho amar el cine de la manera que Schoenbrun lo hace.

El espectador de cine, con independencia de sentirse apegado o no a la totalidad de una propuesta tan abigarrada y barroca como esta, se sentirá identificado con el mensaje afín a las películas como vida de repuesto –que diría José Luis Garci– y refugio de aquellos que aman las películas y a los que ha construido parte de su forma de ser.

Para generar un contraste estéticamente consciente, elige una depuración artificiosa y digital para los entornos del primer plano narrativo, el presente en el que la cineasta queer acude a conocer a la otrora estrella de género venida a menos; mientras que los insertos de las partes de la franquicia se reconstruyen con un look visual logrado a base de texturas imperfectas cercanas al celuloide y ópticas que retrotraen al cine de los 80, y una multitud de referencias cinematográficas de las que servirse, cual buffet de centro comercial: desde Alfred Hitchcock, Cronenberg, David Lynch, a franquicias de género como Scream o Viernes 13. Resulta algo insatisfactorio ver tantas ideas interesantes, que podrían resultar innovadoras, sacadas de lugares ya conocidos y metidas todas juntas en una batidora profundamente entretenida.
Son sus dos protagonistas, Gillian Anderson (Expediente X) y la meteórica estrella de la serie Hacks, Hannah Einbinder, otra grandísima virtud de la película. La primera de ellas se mira directamente al espejo del personaje de Gloria Swanson en Sunset Boulevard, anclada a un estrellato que se fue y un tiempo que siempre fue mejor; y la otra construye un personaje tan torpe como adorable en cada una de sus acciones, ya sean en registros sexuales, cómicos o dramáticos. A través de ellas, Schoenbrun plantea de forma interesante, aunque no siempre sutil, temas como la transición sexual de género, el autodescubrimiento o los sentimientos autoimpuestos, bien a modo de crítica, bien a modo de sentimiento tardío.

Se trata de una película sorprendente en el contexto cannois que, sin embargo, ha recibido el entusiasmo y el cariño de un público que, una vez se ha entregado a una propuesta bizarra, lo pasa profundamente bien en la sala con cada uno de los exabruptos y excesos visuales. Otra mitad mirará con cierto interés los giros, planos secuencia, subjetivos y guiños –uno tras otro– en una cinta correcta en la que Schoenbrun vuelve a demostrar, a partes iguales, talento e incontinencia.
NOTA: ★★★☆☆
«TEENAGE SEX AND DEATH AT CAMP MIASMA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES Y SE ESTRENA EN LOS CINES EN AGOSTO.
TRÁILER DE TEENAGE SEX AND DEATH AT CAMP MIASMA:
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