Crítica de ‘Ceniza en la boca’ [Cannes2026]: Diego Luna se consagra en el cine de habla hispana con un relato sobre desarraigo, ausencia y culpa.

25 años después de la película de culto Y tu mamá también, el trío formado por Alfonso Cuarón, Gael García Bernal y Diego Luna volvieron a reunirse en el Festival de Cannes para arropar el lanzamiento del cuarto largometraje como director del último de estos. Thierry Frémaux, a caballo entre el castellano y el francés, fue el inmejorable maestro de ceremonias en la presentación de Ceniza en la boca que desveló que la producción hispano-mexicana fue una de las primeras confirmadas por el certamen francés para su 79ª edición.
El estado actual de gran parte de Occidente respecto a las causas migratorias y la necesidad de muchas familias que se ven obligadas a borrar las líneas fronterizas para buscar un futuro mejor, pero incierto, es un punto de partida para contar la historia de esta película, que adapta la novela de la socióloga y escritora mexicana Brenda Navarro, en la que el cineasta mexicano firma el guion a seis manos junto a Abia Castillo (Huesera) y Diego Rabasa (El colapso).
La producción de un proyecto financiado y rodado a ambos lados del Atlántico ha supuesto más de tres años para Luna, que se emocionó en la presentación al hablar de la paternidad, con uno de sus hijos escuchando desde la butaca de una sala destinada a un cineasta intrínsecamente ligado al cine social mexicano: Luis Buñuel.
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La historia está contada desde el punto de vista de Lucila, una joven que, junto a su hermano pequeño, decide seguir los pasos que su madre había iniciado años atrás y abandona México para buscar un futuro más luminoso en Madrid. No es demasiada sorpresa para el espectador que lo que Lucila encuentra en Madrid es la segregación social y laboral, generando un vínculo de unidad con un grupo de mujeres fuertes e independientes en una situación similar, mientras que encuentra un vacío en el hogar por una madre ausente que ha reinventado su vida a varios niveles desde que reside en Madrid. Tras un nuevo cambio de vida hacia la ciudad de Barcelona, un hecho crucial hace que Lucila deba desandar todos los pasos hasta la posición de salida.

La dirección de Luna se aleja de la mediocridad, asumiendo una serie de decisiones formales que acompañarán a la película hasta los títulos de crédito. La primera de ellas es la de acompañar en todo momento al personaje de Lucila, a la que da vida la joven Anna Díaz (La cocina), en cada uno de los devenires narrativos de la trama.
La segunda, a nivel estructural, es la de fragmentar la historia en capítulos no subrayados a través de cortes puros que mantienen la pantalla en blanco durante unos segundos para transportarnos, junto a la protagonista, a un nuevo lugar. Es emocionante cuando un autor trata de inteligente al espectador y encuentra las herramientas en el lenguaje cinematográfico para contar, sin tener que subrayar, que la película está en un país, una ciudad, una época, o si han transcurrido X años, con un intertítulo en pantalla.
Cabe destacar que, en una película que aborda de manera inteligente, a la vez que orgánica, el asunto migratorio, el actor de Andor es capaz de diferenciar y marcar los diferentes espacios geográficos entre Madrid, Barcelona y México, distinguiendo y dotando de identidad visual a cada uno de ellos. Ceniza en la boca es empática con unos personajes a los que rehúye juzgar en las diferentes decisiones a las que se ven obligados a tomar por las diferentes circunstancias sociales, laborales y familiares. De esto se favorece su estructura quiasmática en búsqueda de una resolución circular a través de la transformación personal del personaje principal, gestionando el desarraigo, la culpa y el dolor.

De nuevo, toca resaltar la capacidad de la película para contar a través del lenguaje cinematográfico y no de la exposición dialogada, usando recursos interesantes en la luz cuando la protagonista está tocando fondo o alcanza una situación de soledad extrema. El uso del sonido, sinfonía de una urbe, en una de las escenas más potentes a nivel dramático e interpretativo, eleva una escena que podría haber quedado algo manida en este tipo de cine social, y que Luna logra manejar con soltura y talento.

Es probable que la fragmentación de la historia mediante elipsis alejen al espectador de la conexión emocional suficiente con Lucila para alcanzar una satisfacción plena durante el visionado. Resulta extraño el contraste entre lo bien que está construido el detonante narrativo de la película, que vira el arco del personaje protagonista hasta entonces, utilizando el fuera de campo con una elegancia que se agradece al cineasta mexicano, y en el que hace alarde de gusto y talento, y, en cambio, la resolución sobreescrita, efectista y visualmente despegada del tono de la película que toma en su tercer acto, generando una sensación de efectismo y acercándose al morbo narrativo como herramienta de impacto.

Pese a ello, el buen hacer de todos los apartados técnicos y artísticos logran mantener las buenas sensaciones que se construyen durante el visionado y, sobre todo, la gran interpretación de la joven Anna Díaz, que es capaz de encarnar la situación de miles de inmigrantes que se ven obligados a salir del infierno para aventurarse a un destino donde la promesa de medrar no siempre es cumplida. Ceniza en la boca confirma a Diego Luna como uno de los cineastas latinoamericanos del momento, e invita a seguir pendientes de sus próximos pasos.
NOTA: ★★★½
«CENIZA EN LA BOCA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES.
TRÁILER DE CENIZA EN LA BOCA:
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