Crítica de ‘Berlín y la dama del armiño’: Poco arte en el adiós al popular ladrón de Pedro Alonso con una obra que no provoca el síndrome de Stendhal.

Quien se fue a Sevilla perdió su silla, y Pedro Alonso se lo ha tomado al pie de la letra, aunque dándole su propio giro de guion: dejándola vacía por voluntad propia. Durante el rodaje de lo que estaba destinado a ser, sobre el papel, una segunda temporada de trámite, el actor gallego tomó la drástica decisión de no volver a acomodarse en ese asiento de lona con su apellido impreso en el respaldo.
Así, de buenas a primeras y casi por accidente, los espectadores nos damos de bruces con el canto de cisne –uno que no sabe a ello– de uno de los antihéroes, con nombre de ciudad europea, más magnéticos de la televisión española y que mayores alegrías le ha dado a un intérprete poseedor de una particular e hipnótica voz de audiolibro y risa burlona.
Alonso encarnó por primera vez a este ladrón de etiqueta, narcisista y ególatra en La casa de papel. Cuando Netflix adquirió la producción original de Antena 3 para distribuirla en su catálogo (una ficción que, recordemos, ya tenía un final cerrado), optó por dar luz verde a tres temporadas más, impulsada por un sorpresivo fenómeno de masas que entonaba Bella Ciao a pleno pulmón y convertía el mono rojo en el uniforme de aquellas noches de Halloween.
Pese a que el retorcido individuo había muerto acribillado a balazos en la Casa de Moneda y Timbre, el gigante del streaming no estaba predispuesto a renunciar a su parte del botín y resolvió traerlo de vuelta a golpe de flashbacks. Así, una vez vaciada la cámara acorazada de la serie fundacional, pudo seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro mediante un spin-off homónimo diseñado para mantener a la audiencia pegada a la pantalla cual rehenes.
Este derivado, concebido con un tono muchísimo más ligero y casi de enredos, se propone explorar los años dorados del delincuente de guante blanco, situándonos temporalmente mucho antes de las caretas de Dalí y de que su hermanito pequeño empezara a hacer pajaritas de papel. Ahora, tras rebautizar de tapadillo su primera temporada bajo el subtítulo de Berlín y las joyas de París para darle un empaque de miniserie del que carecía, aterriza Berlín y la dama del armiño.

La nueva tanda de ocho episodios –que bien podrían haber sido cuatro– cambia París por Sevilla, el Sena por el Guadalquivir y l’amour por la pasión. Un vistoso publirreportaje de agencia de viajes, muchas veces a ritmo de flamenco, utiliza la ciudad hispalense como telón de fondo estéticamente pluscuamperfecto, pero narrativamente desaprovechado, para un nuevo atraco que nunca termina de serlo.
Berlín y su fiel escudero, Damián, reúnen a su pintoresca banda cuando un acaudalado duque les encarga robar La dama del armiño, de Leonardo da Vinci, que llega a la ciudad con motivo de una exposición. Pero el aristócrata comete el peor error que se puede cometer con Andrés de Fonollosa: chantajearle y tratarle como a un simple peón.
Lógicamente, nuestro protagonista se ofende en lo más profundo de su ser y le coge manía a su cliente, algo que nos hace saber continuamente mediante sus floridos, rimbombantes y teatrales monólogos, los cuales siempre son un placer escuchar de la boca de un Alonso que recita como nadie. Por consiguiente, decidirá cambiar las reglas del juego: no robará la pintura, sino al duque.

Por desgracia, todo el asunto del golpe termina siendo lo de menos en una secuela que se rinde en exceso a los peores tics de La casa de papel. Esos excesos melodramáticos y folletinescos encajaban con mayor atino en su predecesora, al estar bajo el paraguas del thriller y servir como válvula de escape frente a la tensión y como mecanismo para ahondar en los vínculos y desarrollar a los personajes, cosa que aquí simplemente no ocurre.
En su lugar, el metraje queda sepultado por tramas culebronescas, montajes acelerados, momentos videocliperos, tirabuzones argumentales que rozan lo inverosímil y una sobreabundancia de amoríos sonrojantes con vaivenes hormonales, enfados infantiles, reconciliaciones apasionadas y peleas de patio de colegio entre Roi y Cameron, Bruce y Keila, hasta un Damián que redescubre el amor y un Berlín que pierde por completo el norte –o, mejor dicho en este contexto, el sur– por Candela.

El mayor agravante es que sigue abrazando la alarmante moda de la televisión de fondo, subrayando y exponiendo verbalmente cada acción. Y es que, qué bien le habría venido aplicar la regla de oro del audiovisual (show, don’t tell, traducida como «muestra, no cuentes») a esa secuencia del puente de Triana. Este momento, correspondiente a un capítulo final más emocionante, se alza como el instante más vistoso y ambicioso de la temporada, y el único que de verdad sabe aprovechar la ciudad como escenario de una heist movie.
Pareciera que los creadores, Álex Pina y Esther Martínez Lobato, hayan acatado las directrices del reciente informe de la industria que revelaba que Netflix había solicitado explícitamente a sus guionistas que los personajes comentaran en voz alta sus actos y repitieran constantemente detalles de la trama para adaptarse a los hábitos de la audiencia moderna y permitir que los espectadores siguieran el relato como si fuera un pódcast.

A pesar de las alarmantes carencias de su libreto, la serie logra salvarse de la quema gracias a un reparto que se entrega en cuerpo y alma a la causa, empezando, por supuesto, por Pedro Alonso, que sigue siendo el centro de gravedad, y terminando por las acertadísimas nuevas incorporaciones de Inma Cuesta (La novia), que lo da todo como Candela, la trigésima mujer que le roba el corazón al protagonista, y de José Luis García-Pérez (Honor) como antagonista, que suma otra voz profunda, ronca y teatral a un plantel que sabe perfectamente en qué tipo de producto de evasión está trabajando, remando a favor en todo momento.

En una producción que pivota sobre el robo de una obra, la mayor ironía es que la serie en sí esté hecha con tan poco arte. El aludido síndrome de Stendhal –ese fenómeno psicosomático que provoca mareos, taquicardias, confusión o desmayos al exponerse a una sobredosis de arte o belleza extrema– no afectará al espectador de esta ficción. Ojalá nuestra salud cardiovascular no esté tan a salvo en la nueva expansión del universo de La casa de papel, ya anunciada a bombo y platillo en una espectacular jarana en el Guadalquivir amenizada por Rosalía.
NOTA: ★★½
«BERLÍN Y LA DAMA DEL ARMIÑO», YA EN NETFLIX.
TRÁILER DE BERLÍN Y LA DAMA DEL ARMIÑO:
PÓSTER DE BERLÍN Y LA DAMA DEL ARMIÑO:

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