Crítica de ‘The Boroughs: Jubilación rebelde’: Monstruos, lumbago y carritos de golf en el ‘Stranger Things’ del Imserso.

El tándem fraternal de creadores que redefinió la cultura pop de la última década a base de luces navideñas parpadeantes, walkie-talkies con interferencias, casetes y partidas de Dragones y Mazmorras en sótanos no parece dispuesto a pisar el freno. Después del agridulce final de Stranger Things, los hermanos Duffer nos demostraron hace escasas fechas que su maquinaria de entretenimiento seguía a pleno rendimiento, retomando su faceta de productores para su casa en Netflix con Algo terrible está a punto de suceder y el interludio animado de Stranger Things: Relatos del 85. Ahora, regresan con una propuesta que vuelve a jugar con lo sobrenatural, pero con un giro demográfico: The Boroughs: Jubilación rebelde.

En medio del soleado y cuasi marciano desierto de Nuevo México se encuentra The Boroughs, una utópica y pintoresca comunidad para la tercera edad –inspirada en la Sun City de Arizona hasta el punto de clonar la estatua de su fundador–, que promete a sus canosos inquilinos exprimir al máximo lo que les queda de vida. Hasta este edén de césped impoluto y clases de aquagym viaja Sam Cooper, en calidad de viudo, arrastrando consigo el trauma de haber perdido a su mujer de forma abrupta, en sus propios brazos, antes de que ambos pudieran cumplir el sueño de ella de retirarse para envejecer juntos en esta misma burbuja.
Su único y testarudo objetivo nada más llegar es rescindir el contrato, pero una cena con otros jubilados y, fundamentalmente, un aterrador suceso nocturno hacen que Sam cambie de idea y cancele sus planes de mudanza. Resulta que en este vecindario de aparente paz acecha una mortífera amenaza sobrenatural con múltiples extremidades que se mueve entre las sombras de los chalés, dispuesta a diezmar el censo de la urbanización.
Como dictan los tropos del género, cuando Sam acude en busca de auxilio, las autoridades que gestionan el complejo hacen oídos sordos, tachándolo de viejo o presuponiendo que la medicación le está jugando una mala pasada. Se ve, por ende, obligado a reclutar a la pandilla de inadaptados del barrio. Y vaya troupe. El Imserso jamás había congregado semejante firmamento de astros hollywoodienses.
Alfred Molina, desprendiéndose de los tentáculos del Doctor Octopus, encabeza la comitiva como Sam, un ingeniero aeronáutico jubilado; nuestra mitad de la road movie más antológica de la historia del celuloide, Geena Davis, encarna a Renee, una exmánager musical; la nominada al Óscar Alfre Woodard es Judy, una antigua periodista; Denis O’Hare, con un doctorado en destilar mal rollo merced a su currículum en American Horror Story, da vida a Wally, un exmédico que lidia con un cáncer de próstata; Clarke Peters, que nos dio horas de oro en The Wire, es Art, un hippie aficionado a la marihuana; y nuestro añorado salvador planetario, Bill Pullman, ejerce de Jack, el catalizador social. A esta Liga de la Justicia geriátrica es imperativo añadir a Carlos Miranda como Paz, el (no obstante joven) guardia de seguridad que se ve arrastrado, por amor, a sumarse a ellos.

Compuesta por una temporada de ocho episodios de aproximadamente 45 minutos de duración cada uno, The Boroughs: Jubilación rebelde comete un error que, paradójicamente, hace honor a su premisa, ofreciendo un arranque que se mueve a la misma velocidad que las resentidas articulaciones de su elenco protagónico. Afortunadamente para los que decidan quedarse en el sofá, tras unos compases iniciales donde la paciencia del espectador es puesta a prueba, una vez que el escuadrón oficializa su cruzada investigadora para dar caza a las criaturas, la serie coge ritmo. Sus showrunners, Jeffrey Addiss y Will Matthews (Cristal Oscuro: La era de la resistencia), utilizan el viejo truco del cliffhanger para mantenerte enganchado a una historia en la que, por desgracia, no necesitarás tener un tensiómetro a mano.
Es evidente que la producción comparte el mismo código genético que Stranger Things. Tenemos un grupo que lucha contra una fuerza sobrenatural, con la salvedad de que, en lugar de adolescentes prepúberes montados en bicicletas, nos encontramos con septuagenarios que se mueven en carritos de golf customizados; y en lugar del pueblo de Hawkins, transitamos por un geriátrico de alto standing edificado sobre la arenosa superficie de un yermo.
Sin embargo, las diferencias tonales son notables y acotan el nicho y el público objetivo de la ficción. Mientras que el éxito de los niños de Hawkins residía en su pasmosa habilidad para apelar a los cuatro cuadrantes demográficos, esta nueva creación no conseguirá universalidad al abrazar un relato que difícilmente seducirá a los jóvenes, además, claro, de que su calidad es inferior a la de las aventuras de Once y compañía.
A este hándicap se le adiciona una cuestionable dirección de fotografía de Matthew Jensen (Wonder Woman) y Michelle Lawler (The Dropout), que ha apostado por sepultar la imagen bajo una pátina sepia, valiéndose de una iluminación plana y un etalonaje de tonos embarrados. Es cierto que este filtro cromático confiere a la serie un look polvoriento y deliberadamente añejo, buscando quizá una mímesis total con la longevidad de sus protagonistas, pero el resultado es antiestético, monocorde y extenuante para la retina del espectador a lo largo de sus ocho horas de metraje.
Pese a su tosquedad visual, la serie procura inocular su particular dosis de nostalgia mediante un uso del atrezo (subrayado por la presencia de televisores de tubo) y un diseño de títulos de crédito de lo más evocador, concebido por Imaginary Forces, la misma compañía detrás de la icónica cabecera de letras de neón rojo de Stranger Things. Todo ello aparece aderezado con una banda sonora orquestada por John Paesano (El reino del planeta de los simios), que remite incesantemente –aunque subrayada y sin alcanzar una integración verdaderamente orgánica– al universo ambliniano de E.T. el extraterrestre (1982).
Pero si buscamos el referente más claro, directo y confesado sin pudor por sus propios creadores, debemos girar la vista hacia el cineasta Ron Howard y su clásico ochentero Cocoon (1985). Aquella película, en la que un grupo de ancianos rejuvenecía misteriosamente y recuperaba la vitalidad al bañarse en la piscina iluminada de una casa colindante a su residencia, es el espejo en el que The Boroughs: Jubilación rebelde se mira constantemente.

Desde una óptica sociológica, resulta fascinante y digno de estudio cómo esta producción se inscribe en una reciente ola de ficción audiovisual centrada en la senectud. Y es que, últimamente, la tercera edad cotiza al alza en Hollywood. Sin ir más lejos, la serie comparte catálogo con la adaptación de El club del crimen de los jueves (2025), una propuesta mucho más agradable y acogedora asentada sobre el fenómeno literario global de Richard Osman; y con Un hombre infiltrado (2024), donde Ted Danson resuelve un caso de misterio en un hogar de retiro.
A su vez, esta ficción de monstruos dialoga con éxitos intergeneracionales de la competencia como la Solo asesinatos en el edificio en Disney+, que ha insuflado nueva vida a dos tótems de la comedia como Steve Martin y Martin Short; y la joya del cine indie Thelma, donde una nonagenaria (June Squibb) tomaba la determinación de cobrarse su propia venganza contra un estafador, convirtiéndose de la noche a la mañana en el equivalente geriátrico y en tacataca de Tom Cruise para su propia generación.

En la propuesta que nos ocupa, se adopta un prisma que rehúye por completo, de forma consciente y militante, la costumbre de mostrar a las personas mayores como figuras frágiles o inservibles que deban inspirar lástima. En el libreto no hay condescendencia ni comedia a costa de ellos. El interrogante que vertebra la función, más allá de averiguar cómo acabar con la criatura CGI de turno y desentrañar el enigma subyacente, se formula textualmente en el piloto: «¿Qué vas a hacer con el tiempo que te queda?». Esta es una pregunta filosófica vitalista que se refleja, asimismo, en la selección musical.
La ficción echa a andar a ritmo de Golden Years de David Bowie, una canción en la que el narrador se dirige a un compañero que lucha contra los sentimientos de desesperanza y el pavor hacia un futuro incierto, instándole a disfrutar del momento presente. Este arco temático se cierra en los compases finales con Born to Run de Bruce Springsteen, el himno de la rebelión juvenil y la huida hacia adelante. Entre medias, vuelve The Boss en una escena en la que el propio Molina canta Thunder Road, ese himno a la juventud y el anhelo de una vida más grande.

Retirarse felizmente y en paz a The Boroughs es algo que puede que haga, o no, el espectador que ingrese en este visionado. Al final nos queda un producto muy medido para el consumo de una generación concreta que, al menos, sirve como un reemplazo para una tarde de dominó o bingo. Que no es poco.
NOTA: ★★★☆☆
«THE BOROUGHS: JUBILACIÓN REBELDE», YA EN NETFLIX.
TRÁILER DE THE BOROUGHS: JUBILACIÓN REBELDE:
PÓSTER DE THE BOROUGHS: JUBILACIÓN REBELDE:

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