Crítica de ‘Viva Carmen’ [Cannes2026]: Una reimaginación animada de la ópera de Bizet para toda la familia.

Hay cineastas a los que puedes reconocer con tan solo echar un vistazo rápido, casi furtivo, a un solo fotograma de su obra. Si en la acción real, el primer nombre que asalta nuestra cinéfila mente es el del obseso de la simetría Wes Anderson, en el terreno de la animación, el mayor de los referentes siempre nos conduce al Studio Ghibli de la mano del maestro Hayao Miyazaki.
El francés Sébastien Laudenbach se postula como el candidato europeo ideal para engrosar esa selectísima lista de animadores de sello visual inconfundible. Huyendo del canon hiperrealista, tridimensional y de algoritmo de los grandes estudios, el cineasta galo sigue apostando todo a un artesanal formato en 2D y a un trazo que se siente espontáneo e imperfecto, pero por ello mismo vibrante y rebosante de vida.
Tras el minimalismo casi abocetado de su ópera prima, La joven sin manos (2016), y el estallido de color que supuso, en comparación con aquella, ¡Linda quiere pollo! (2023) –codirigida junto a su pareja, Chiara Malta–, Laudenbach, que continúa evolucionando en su estilo sin renunciar a su marcada personalidad estética, desembarca ahora en la Quincena de Cineastas –una sección del Festival de Cannes que aún no había pisado, habiendo participado previamente solo en la paralela ACID– para luego poner rumbo, como siempre ha hecho, a la meca de la animación: el Festival de Annecy. Allí, su misión no será otra que intentar repetir la hazaña de llevarse a casa el anhelado Cristal a la Mejor Película con su tercer largometraje, Viva Carmen (Carmen, l’oiseau rebelle).

Esta cinta se erige como una ingeniosa reimaginación, casi como una suerte de inesperado spin-off, de la ya de por sí legendaria ópera de Georges Bizet de 1875, basada a su vez en la novela de Prosper Mérimée, y nos traslada a la Sevilla (desde donde esta redactora escribe) de 1820. Sin embargo, en esta versión, nuestra femme fatale cede gran parte del protagonismo a un variopinto, caótico y entrañable grupo de personajes infantiles inéditos, abrazando un precioso realismo mágico para acercar al público más joven el mito del ave indomable –en alusión a la célebre composición y al título original de la producción en francés–, sin comprometer la música ni los temas que hicieron inmortal a esta tragedia gitana.
En este pintoresco y folclórico escenario andaluz, conocemos a Salvador –cuyo nombre, nótese la carga semántica, ya anticipa sus intenciones–, un buscavidas de trece años, a quien presta su voz Milo Machado Graner, la revelación de Anatomía de una caída, que se gana el pan como lazarillo y ayudante de Antonio, un afilador ciego que posee la mística y aterradora habilidad de vislumbrar el futuro a través de las chispas que saltan al afilar las hojas de los cuchillos.
Cuando las visiones del anciano profetizan el fatídico final de Carmen a manos del celoso soldado don José, el pequeño Salva, que la noche anterior había quedado absoluta y perdidamente hipnotizado por la embriagadora y libre voz de la arrebatadora cigarrera, decide intentar reescribir las reglas del destino con la ayuda de una banda de ladronzuelos huérfanos liderada por la intrépida Belén.

No es solo que, a través de la inocente mirada de los niños y una ágil duración de noventa minutos, ideal para el público familiar, Laudenbach encuentre una accesible fórmula para hacer suya una historia mil veces adaptada y seducir, como hace la propia Carmen, a un espectador demasiado joven para consumir la ópera tradicional. Es que, además, con su minimalista tratamiento musical, consigue despojarse del encorsetamiento clásico, alcanzando un resultado que hasta los mayores detractores de la ópera –incluido Timothée Chalamet, si se nos permite la puyita con inminente fecha de caducidad– agradecerán profundamente.
Para ello, el compositor Amine Bouhafa (Gagarine) exprime hasta la última gota de la icónica partitura de Bizet e insufla una vida completamente nueva y maravillosamente oxigenada a través de dos vías muy diferentes. La primera, y la mejor por su orgánica integración, funciona de forma extradiegética como banda sonora. De repente, tu cerebro (conozca o no la obra original de Bizet) reconoce de inmediato las melodías gracias a unas flautas saltarinas, las cuerdas de un violín o el rasgueo de una guitarra flamenca.
La segunda vía, mucho más autoconsciente del material mitológico que tiene entre manos, nos regala momentos como cuando Salva toca la Habanera con un solo instrumento de viento a orillas del río, arropado por la fugaz pero evocadora aparición de un pájaro blanco como metáfora de esa indomable Carmen a la que nadie puede, ni debe, domesticar. Pero el momento que hará que los pies se muevan solos en la butaca y que dejará tarareando mentalmente llega cuando la titular canta precisamente esta pieza, que renace sometida a una deconstrucción radical: adiós al canto lírico; hola a un ritmo de indie-pop sostenido por una base moderna algo electrónica.

Si esta propuesta, con un argumento algo escueto y ligero para un adulto, ha conseguido entrar por méritos propios en la exigente Quincena de Cineastas, es gracias al prodigioso nivel de su animación. Laudenbach presta una atención minuciosa al juego de luces y sombras, y a cómo estas transforman tanto los entornos como a los personajes. La paleta cromática nocturna, dominada por tonos fríos como lavandas y azules oscuros, crea una atmósfera onírica cargada de misterio y seducción. Sin embargo, a pleno sol la pantalla se inunda de cálidos amarillos, dorados y ocres que dibujan la majestuosa arquitectura sevillana, para luego transicionar hacia rosas intensos, magentas y tonos asalmonados durante el atardecer; un fascinante juego lumínico en el que las sombras terminan por adoptar la base cromática de las secuencias de la noche.
A estos colores especiales de Sevilla hay que sumar una cámara que sabe ser tan estática cuando el relato lo requiere como frenética y cinética cuando hace falta, con persecuciones por estrechas callejuelas de fachadas angostas y tendederos cruzados, donde los cuerpos de los personajes pierden su rigidez anatómica y se estiran para enfatizar el frenesí de la fuga. Asimismo, el dinamismo se potencia mediante falsos planos secuencia laterales, de derecha a izquierda, o encadenando encuadres que simulan un movimiento continuo apoyado en veloces barridos de cámara.

Los momentos de desbordante originalidad se manifiestan, por ejemplo, cuando la profecía se revela en el lijado, momento en el que el lienzo se tiñe de negro y las chispas de neón que saltan del cuchillo van dibujando siluetas lineales –la Giralda, un toro o unos intensos ojos verdes– al compás del sonido del afilado. Este despliegue de inventiva culminará en una escena final en la que un personaje, rompiendo la cuarta pared, expone verbalmente en una única frase un contundente mensaje feminista y de comunidad.
No cabe duda de que esta película resultará especialmente irresistible y atractiva para el público español, y muy particularmente para el sevillano. Es una oportunidad de oro para (re)descubrir la Torre del Oro, la Giralda y un Puente de Triana aún en plena y andamiada construcción, tamizados por el exquisito e inconfundible filtro pictórico de Sébastien Laudenbach.

Resulta difícil salir de la sala sin tararear y exclamar «¡Viva Carmen!», aun cuando este entusiasmo termine por alzar el vuelo a los pocos días y escape de nuestra memoria como ese pájaro libre e indómito que el propio cineasta no ha podido domesticar del todo para que se quede con nosotros durante más tiempo.
NOTA: ★★★½
«VIVA CARMEN» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES.
TRÁILER DE VIVA CARMEN:
PÓSTER DE VIVA CARMEN:

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