Crítica de ‘Jugada Maestra’ (‘How to Make a Killing’): Nadie sueña barato y tú no serás el primero.

Hay un plano que se repite varias veces a lo largo de Jugada maestra (How to Make a Killing) en el que el protagonista, el siempre carismático Glen Powell, surge de la oscuridad ataviado con un elegante traje blanco y pajarita, y con un gesto victorioso, como si después de mucho esfuerzo hubiese logrado una hazaña que parecía imposible. No es hasta el tercer acto de la película que se descubre qué implica realmente esa imagen, y cuando por fin se comprende, se hacen patentes dos de los mecanismos que hacen funcionar la nueva propuesta de John Patton Ford (Emily la estafadora).

En primer lugar, un componente irónico y sorprendentemente ácido que atraviesa todo el relato. La cinta, remake de Ocho sentencias de muerte (1949), dirigida por Robert Hamer, es una comedia negra que cuenta la historia de Becket, un potencial heredero de una fortuna millonaria, pero que se encuentra en la octava posición en la línea de sucesión. Para poder recibir lo que le pertenece, el joven urde un plan extremadamente falible: matarlos a todos hasta que solo quede él.
Esta alocada premisa sirve a Patton Ford para componer un entramado cada vez más divertido de asesinatos, trucos, chantajes, personajes chiflados (particular atención al predicador interpretado por Topher Grace) y situaciones que dotan al filme de un ritmo tremendamente dinámico, en un modelo de cine que no inventa nada nuevo, pero que posee la chispa necesaria como para ser una evasión más que aceptable.

Por supuesto, todo esto se realiza para el total lucimiento de la gran estrella de la función, un Glen Powell que vuelve a dejar claro que su simple presencia en el encuadre le basta para demostrar por qué es uno de los actores más carismáticos del Hollywood actual. La película es él, y uno de los grandes aciertos del director es que apenas abandona su rostro a lo largo de los 105 minutos de metraje. Para ello, incorpora registros que ya funcionaron en los anteriores trabajos del intérprete, como el juego de disfraces de Hit Man (2023), de Richard Linklater, o escenas de acción que pueden recordar a su colaboración con Edgar Wright en The Running Man (2025).
Precisamente el de Edgar Wright es un nombre que viene a la cabeza durante el visionado de Jugada maestra, no por los recursos estilísticos de dirección y montaje del realizador inglés, pero sí por el tono y los movimientos internos de la trama, donde la complicación narrativa y el desenfreno lúdico, casi inverosímil, van calando en el protagonista hasta meterlo de lleno en un universo que termina adoptando como suyo. Se puede incluso buscar una rima más concreta en esos siete familiares a los que Becket debe eliminar, los cuales remiten a los siete exnovios de Ramona a los que Scott debía vencer en Scott Pilgrim contra el mundo (2010).

Otra similitud que surge naturalmente desde la premisa de la película es con el último trabajo de Park Chan-wook, No Other Choice (2025), donde el sistema empujaba a un veterano empleado de una fábrica de papel a asesinar a los candidatos que postulaban por su puesto. De nuevo, en Jugada maestra no se encuentran señas de identidad comparables al estilo del coreano, pero sí ese trasfondo ácido hacia el sistema (además de los asesinatos) que formaban el fondo de la cinta de Park.
Aquí, esa crítica se centra en los privilegios de los que gozan determinadas personas por el simple hecho de su apellido. Patton Ford expone a los familiares de Beckett, pero también vuelve esa mirada burlesca hacia el propio protagonista y hacia cómo su codicia lo arrastra a una contradicción: él no es mejor que el resto de los herederos. Ese es, precisamente, el dilema al que debe enfrentarse: llegar hasta el final con su plan o conformarse con una vida tranquila pero menos acomodada, tema que se cierra con una reflexión trazada a brocha gorda y que justifica la estructura a modo de relato confesional en off que mueve el relato.

Ahora bien, lo segundo que revela la citada escena del traje blanco es cómo la expresión triunfante del protagonista se mezcla con un sentimiento de incomodidad, como si el propio Becket no se sintiera él mismo en esa situación, lo cual es un poco lo que le pasa a la propia narrativa del film. Inevitablemente, debido a su corta duración y a la gran cantidad de eventos que tiene que integrar en el metraje, a la película se le acaban viendo las costuras, con un desarrollo precipitado y poco pulido en varios pasajes, sobre todo en lo relativo a las muertes (y escapatoria criminal) y a las inverosímiles escapatorias criminales, además de la experiencia que va tomando en el asunto y lo fácil que le resulta en según qué casos, obligando al espectador a suspender la incredulidad en más ocasiones de las que debería.
Su último tercio, en el que eleva las apuestas y decide ir por un juego de encierro sobre el personaje, apostando por un tono más tenso y serio, es capaz de soportar la historia, pero revela que su fuerte estaba en no tomarse tan en serio a sí misma.

En definitiva, Jugada maestra no deja en ningún momento de ser una película tremendamente divertida, cargada de carisma, entretenimiento y un sentido que la vuelve muy disfrutable a pesar de su ocasional pereza argumental.
NOTA: ★★★½
«JUGADA MAESTRA», YA EN CINES.
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