Crítica de ‘Letras robadas’ (‘Power Ballad’): Paul Rudd canta en bodas y Nick Jonas le roba el mayor éxito de su carrera en la nueva película de John Carney.

Todos hemos estado en esa boda. Sabes perfectamente de cuál te hablo. Esa en la que, tras el corte de la tarta, los discursos lacrimógenos y el primer baile de los novios, la barra libre queda inaugurada y hace su aparición el cantante cuya única misión en la vida parece ser conseguir el desabroche masivo de los primeros botones de las camisas, la aparición de las corbatas anudadas en la frente a lo Rambo y el abandono generalizado de los tacones bajo las mesas para dar paso a unos pies descalzos y magullados (esto último, imaginamos, para alegría y fetiche de Quentin Tarantino).
Ese espécimen, más o menos, es Rick, el protagonista de Letras robadas (Power Ballad), que se gana el pan de cada día actuando en bodas con su grupo The Bride and Groove como un «jukebox humano» (como acertadamente lo definen en la propia película), y que encadena himnos generacionales rompepistas como Celebration, Summer of ’69 o The Boys Are Back in Town. Básicamente, es el equivalente anglosajón y mucho más cool (a ver, estamos hablando del invejecible Paul Rudd) de la persona encargada de poner a todo un salón a bailar la conga al ritmo de Paquito el Chocolatero o Mi gran noche, hasta que sale el sol y sirven los churros de recena.
Danny, exmiembro de una boy band (lo es también el propio actor), asiste como invitado a una de estas bodas en calidad de mejor amigo de la novia y allí conoce precisamente a nuestro Rick. Tras cantar a petición de la recién casada, que, claro está, quiere un vídeo de su bodorrio que lo pete en redes sociales, Danny comparte generosamente el micrófono con Rick, y ambos acaban teniendo un bromance de una noche, con confidencias, conversaciones sobre música e improvisaciones mientras toman algo.
Corte a seis meses después y vemos a un despreocupado Rick paseando por un centro comercial cuando, de repente, oye una melodía, que no es otra que su melodía. El estribillo que le enseñó a Danny en petit comité aquella noche se ha transformado en un single titulado How to Write a Song (Without You), todo un fenómeno que está hasta en la sopa, lidera las listas de Billboard y, por supuesto, lleva la firma de Danny en solitario.

Ante esta premisa, resulta imposible ver Letras robadas sin acordarse del culebrón protagonizado por Robbie Williams. Según cuentan las malas lenguas, hace casi treinta años, un jovencísimo Robbie conoció al músico irlandés Ray Heffernan en un pub de Dublín. Tras unas cuantas pintas, Heffernan le tocó un tema que compuso tras el aborto inesperado de su pareja. Esta pieza evolucionaría hasta convertirse en Angels, el megahit que relanzó la carrera de Williams tras su salida de Take That. A día de hoy, Heffernan sigue reclamando en los tribunales su parte del pastel y de los derechos de autor, aunque Williams lo califica de «fantasioso», término que se utilizará en esta misma cinta.

Como era de esperar, el inconfundible sello autoral del exmúsico convertido en director, John Carney, está impreso por toda la partitura de la película. Si existe un leitmotiv que defina la filmografía de este irlandés es, sin duda, la capacidad terapéutica de la música para construir vínculos improbables. Ya lo hizo con un músico callejero y una florista inmigrante checa en las calles de Dublín en Once (2007), con una cantautora traicionada y un productor musical venido a menos y alcoholizado en Begin Again (2013), con adolescentes marginados formando una banda para impresionar a una chica en Sing Street (2016) y con una madre y su hijo adolescente a través de una guitarra de segunda mano en Flora y su hijo (2023). Ahora aplica la misma fórmula con dos artistas intergeneracionales e insatisfechos, cada uno a su manera, en esta Letras robadas.
Sin embargo, en la «cara B» de la cinta encontramos graves problemas técnicos. Errores de raccord en los micrófonos o un jacuzzi generado por un CGI de mercadillo terminan configurando una producción con textura de telefilm, sustentada en lo que Carney suele hacer: sus protagonistas (un excelso Paul Rudd, que nació para ser ese cantante de bodas que contratarías con los ojos cerrados) y el ex-Jonas Brothers Nick Jonas, que interpreta… bueno, a Nick Jonas, algo habitual en el universo Carney, que adora fichar a músicos reales para sus bolos cinematográficos (ahí están Adam Levine o Glen Hansard para confirmarlo).

Lo más interesante del formulaico libreto (coescrito por Carney y Peter McDonald, quien, además, encarna a Sandy, el mejor amigo de Rick) es que huye del blanco y negro. En este sentido, Danny no es un villano de manual de Disney que se frota las manos en la sombra de su mansión tras robar la canción. Muy al contrario, es un chico devorado por sus inseguridades, la presión de las discográficas y la necesidad de demostrar al mundo (y a sí mismo) que es algo más que una cara bonita salida de una boy band.
En la otra cara de la moneda, tenemos a Rick, la víctima, quien hace catorce años abandonó sus aspiraciones de convertirse en una estrella que llenara el Madison Square Garden para centrarse en su familia, formada por su mujer Rachel y su hija adolescente Aja. Hoy, su día a día es ser un reproductor automático de éxitos ajenos y, aunque de puertas para afuera presume de su vida familiar, por dentro vive en el bucle del «¿qué hubiera pasado si…?» sobre su carrera frustrada y soñando con estadios abarrotados.

Es su hija adolescente la que le dice en una secuencia que las chicas ya no están interesadas en canciones románticas, sino en las de venganza, algo que contradecirá el devenir de su How to Write a Song (Without You), una canción que, por cierto, se repetirá en bucle hasta hastiarte y queda muy lejos de las maravillas que Carney nos ha regalado en el pasado, como Lost Stars (Begin Again), Drive It Like You Stole It (Sing Street) o Falling Slowly (Once).
Esta declaración de su hija establece también el dilema que vertebrará el tercer acto de Rick: ¿elegirá el amor o la venganza por los acordes que le fueron robados en su accidentado viaje transatlántico desde Dublín hasta Los Ángeles? Es una verdadera pena que un conflicto con tanto potencial dramático se desarrolle con tanta simpleza, avanzando por raíles demasiado seguros y amables, y nos lleve a una resolución del problema excesivamente azucarada y buenista en torno a las segundas oportunidades que, no obstante, sí deja una bonita reflexión sobre el poder de la música y cómo una misma canción puede mutar y significar un mundo completamente distinto dependiendo de quién la escuche.

Al final, Letras robadas es exactamente igual que una balada pop de radiofórmula que suena sin descanso en la emisora de moda: facilona, e incluso de corte eurovisivo, deja una agradable sensación en el cuerpo mientras dura, pero, como esos éxitos efímeros de verano, acaba en el olvido. No es ningún hit y, desde luego, está muy lejos de ser el mejor disco de John Carney.
NOTA: ★★½
«LETRAS ROBADAS», YA EN CINES.
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