Crítica de ‘La Odisea’: Esperemos que Zeus no la vea jamás.

La Odisea de Homero jamás ha conocido una traducción cinematográfica que se pueda equiparar a la de Franco Piavoli. En 1989, el director italiano estrenó Nostos: il ritorno, que narraba el viaje de Odiseo y su tripulación desde Troya hasta Ítaca basándose en los poemas escritos en el siglo VIII a. C. Aquella película, de una textura brumosa y una poética inalcanzable, se construía enteramente desde lo visual y lo sonoro. Tanto es así que sus escasos diálogos resultan ininteligibles para los espectadores al estar hablados únicamente en griego antiguo.
Christopher Nolan (Oppenheimer), uno de los autores cinematográficos que goza actualmente de mayor libertad en el terreno del blockbuster, presume de un cine que busca ser, precisamente, pura imagen y sonido. Su versión de La Odisea, rodada en IMAX 70mm, llega a las salas prometiendo ser una experiencia inconmensurable, pero cabe preguntarse: ¿está a la altura de las expectativas? ¿Puede medirse con adaptaciones tan radicales y sensoriales como la de Piavoli?
No es justo hablar de adaptaciones de La Odisea poniendo como ejemplo solo a aquellas que usan el mismo título, que son realmente pocas. Lo cierto es que encontramos vestigios de la obra de Homero en buena parte de la narrativa audiovisual posterior, tanto en Occidente (desde El Señor de los Anillos hasta Apocalypse Now) como en Oriente (desde El Viaje de Chihiro hasta Oldboy). Siendo una obra tan referenciada, de forma consciente o inconsciente, resulta inevitable cuestionarse por qué el cineasta británico ha sentido ahora la necesidad de adaptarla.
Si nos paramos a analizarlo, no es tan extraño que Nolan tome las riendas de un proyecto así. La Odisea narra la travesía de Odiseo en el mar en paralelo a las tensiones palaciegas que tienen lugar en su ausencia. Este «montaje en paralelo» es algo inseparable de su cine, como también lo es el protagonismo del tiempo. Como suele hacer en el resto de su filmografía, el director decide eliminar la linealidad del relato clásico para elaborar una estructura fragmentaria e intrincada. Esto, y demás cosas que veremos a continuación, demuestra que el interés del realizador recae principalmente en la narrativa.

La Odisea de Nolan encaja dentro de los códigos de su cine desde el mismo arranque in medias res. En él, un poeta recita las hazañas de Odiseo (Matt Damon) –el ausente héroe de la guerra de Troya– durante un banquete en Ítaca, donde están presentes su mujer, Penélope (Anne Hathaway); su hijo, Telémaco (Tom Holland), y una larga lista de pretendientes de la reina, encabezados por Antínoo (Robert Pattinson). Estos versos introducen flashbacks fugaces (una imagen, una palabra, una nota musical) que se irán ampliando a lo largo del metraje a modo de rompecabezas que desvelará la historia poco a poco.
Nolan aprovecha este punto para estructurar el guion a través de los recuerdos de los protagonistas. En este sentido, Odiseo se encuentra en la isla de la ninfa Calipso (Charlize Theron) sin recordar su papel en la guerra ni a su familia; sin embargo, a raíz de las conversaciones que mantiene con su captora y amante, irá rememorando las aventuras del asedio de Troya y su posterior regreso a casa.
Cada uno de los encuentros de Odiseo con las célebres criaturas mitológicas responderá a una idea narrativa diferente. Por ejemplo, la estancia en la cueva del cíclope Polifemo es una escena de tensión que culmina en persecución; el paso por la casa de la diosa bruja Circe deviene en una secuencia de horror corporal, y el cántico de las sirenas se resuelve con un fuera de campo sonoro.
Mientras tanto, su hijo Telémaco emprende una búsqueda desesperada de Odiseo ante la grave situación que atraviesa el hogar. Los pretendientes de Penélope actúan contra la voluntad de Zeus (negando la hospitalidad a los necesitados) con total impunidad, buscando la oportunidad de asesinar al hijo de Odiseo para ocupar así el lugar de su padre.

Bajo la maquinaria hollywoodiense, los personajes de Homero se han convertido en versiones más arquetípicas y comerciales, entre ellos, Odiseo, el héroe que lidia con la culpa tras el asedio de Troya, que es quien posee la mayor carga dramática, y Penélope, un personaje fascinante en la ficción literaria que carece aquí de carácter estratega y sucumbe a una desesperación que la convierte en una mujer histérica y melancólica. Asimismo, Antínoo se convierte en un villano genérico retratado como un cobarde ruin; Helena de Troya (Lupita Nyong’o) tiene una presencia puramente anecdótica; y Calipso funciona más como un recurso de guion que como un personaje en sí mismo. Por su parte, la tripulación de Odiseo queda reducida a una masa de gente sin personalidad (de hecho, el perro del protagonista, Argos, tiene más carisma que todos ellos juntos). Lo único que salva al reparto humano es el talento de quienes les dan vida. Robert Pattinson, por ejemplo, eleva muchísimo al antagonista, al igual que Mia Goth, quien, con un papel muy reducido, consigue destacar.

La propuesta de Christopher Nolan se aleja enormemente de la poética y el misticismo de la obra de Homero. Su cine se cimienta sobre el realismo, sea en el género que sea, y, si bien La Odisea no rehúye sus elementos fantásticos, todos los departamentos de la película buscan ese anclaje a la realidad. Esto se refleja en una fotografía naturalista y «verosímil», un diseño de producción basado en localizaciones reales y una banda sonora a cargo de Ludwig Göransson (Los pecadores) realizada con instrumentos antiguos.
No obstante, salvo en una secuencia concreta, las imágenes de la cinta parecen evadir la magia asociada a la mitología griega, con un paisaje mediterráneo descolorido y apagado, más propio del norte de Europa, y criaturas mitológicas que pasan muy desapercibidas tanto por sus diseños como por la torpe manera en que están rodadas. Personajes como Circe (Samantha Morton) o Calipso son las versiones más humanizadas y menos imponentes que Nolan ha sido capaz de concebir. Incluso Atenea (Zendaya) ha sido racionalizada (¡toda una diosa del Olimpo!).

Tampoco es una novedad que Nolan tienda a sobrexplicar la trama de sus películas por medio del diálogo, pero resulta especialmente sangrante en la adaptación de una historia mil veces contada. Los personajes dan la información de forma masticada y directa, sin subtexto ni dobles sentidos, interpelando más al espectador que a la persona que tienen delante. Todo el primer acto, el más bochornoso en cuanto a escritura se refiere, consiste en explicar con palabras lo que vemos (y que veremos repetidas veces a lo largo de sus tres horas de metraje) en lugar de mostrarlo con imágenes.
La estructura fragmentada pierde toda complejidad cuando el supuesto rompecabezas no confía en la capacidad de atención y deducción del público. Nolan se asegura de que no haya que esforzarse nada; tan solo mirar y dejarse llevar. Esto hace que la supuesta potencia de sus imágenes y sonidos (cuyo auténtico valor es técnico, no estético) no sea suficiente.
Uno podría pensar que el mayor problema es la puesta en escena, que no va más allá del plano situacional (de escaso valor compositivo) y el plano-contraplano; pero lo cierto es que esta presenta algunos hallazgos puntuales, como la escena que comparten Hathaway y Pattinson a solas. En ella, la cámara se sitúa al otro lado de un telar que deja ver el rostro de la reina (mientras se resiste a las argucias de su pretendiente) y que difumina el rostro de él (fracasando en su cometido).
En realidad, el mayor enemigo del cine de Christopher Nolan es el montaje. Hay secuencias de gran potencial, como el asedio de Troya o el emocionante duelo final, en las que –aunque carecen de una gran dirección– sí se aprecia una coreografía inspirada; sin embargo, la edición, plagada de una nula capacidad espacial, estropea esta clase de momentos.

Con esto, volvemos por última vez a Franco Piavoli. Él confiaba en sus imágenes, tanto como Nolan intenta hacerlo, para narrar uno de los textos más importantes de la historia de la humanidad. La diferencia radica en que aquella pequeña producción italiana encontraba la magia y el misticismo en una simple brisa de viento moviendo las hojas de los árboles. Nolan, en cambio, no sabe ni por dónde le sopla el viento.
NOTA: ★★☆☆☆
«LA ODISEA», EN CINES ESTE VIERNES.
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