Crítica de ‘The Furious’: Ballet de cuerpos y puñetazos.

Historias de secuestros y padres vengativos ha habido siempre. Desde Centauros del desierto (1956), de John Ford, donde la ira racista de Ethan Edwards arrasaba con todo lo que se interpusiese en su camino, hasta Hombre en llamas (2004), de Tony Scott, donde su oscuro protagonista alcanzaba la redención salvando a una niña de las manos del cártel mexicano. Sin embargo, ningún secuestrador ha tenido tan mala suerte escogiendo niños a los que raptar como los de la película que nos ocupa.
The Furious comienza con el simple secuestro de una niña en un camión de basura. En cuanto su padre (Xie Miao), un hombre mudo y aparentemente normal, se percata de la situación, no solo alcanza el vehículo corriendo en chanclas, sino que se enfrenta con sus manos desnudas a no uno, ni dos, sino tres hombres más grandes que él. Aunque parece superado en número, nuestro héroe ejecuta movimientos imposibles que le permiten ganar altura y tumbar a varios enemigos a la vez. Mientras el vehículo se aleja, el progenitor se descalza y, a pesar de correr sobre cristales, no se detiene. Y tras recibir un golpe que mataría a cualquier hombre sobre la faz de la Tierra, no solo se levanta, sino que da la sensación de que aguantaría diez más como esos. En ese momento comprendes que The Furious no va a ser una película de venganza del montón.

La obra dirigida por Kenji Tanigaki está más cerca de The Raid (2011), de Gareth Evans, que de los genéricos thrillers vengativos como la trilogía Taken (2008-2014). El secuestro de la pequeña no es más que una simple excusa para desarrollar larguísimas, complejas, violentas, creativas y divertidísimas secuencias de acción. Porque The Furious es, única y exclusivamente, acción.
Como siempre, hay una mínima base dramática: un trasfondo familiar para el padre, un contexto amoroso para el reportero que busca a su esposa e incluso una escalada de poder que termina en tragedia para el villano principal. Pero todos estos tópicos dentro del género que nos ocupa están desarrollados de la forma más simple y breve posible.

En este sentido, The Furious es una película muy poco interesada en contar una historia. Rechaza ser un relato sobre la redención o sobre las relaciones paternofiliales y tampoco se preocupa demasiado por criticar la corrupción policial o el tráfico infantil. Ni siquiera es una buddy movie, a pesar de tener los ingredientes para serlo.
Todo ello resulta un tanto decepcionante, sobre todo cuando descubrimos que su guion lo firman cuatro personas, algunas de las cuales han escrito títulos del mismo género con un resultado narrativamente superior. Véase, por ejemplo, la estupenda La ciudad de los guerreros (2024), que combinaba hábilmente coreografías de acción tremendamente bien ejecutadas con momentos de drama humano.

Donde la producción de Tanigaki brilla especialmente es en lo puramente formal. Siguiendo la tradición del género, el director organiza las set-pieces en función del espacio y del número de personajes involucrados. La secuencia del secuestro es una brillante introducción, en la que la acción se adapta a un camión de basura de todas las formas imaginables: tanto en el interior (en los asientos) como en el exterior (en la calle o en el compartimento de residuos), ya sea en movimiento, lo que dificulta la pelea para el protagonista, o completamente detenido, lo que le otorga ventaja.
También hay momentos en los que la acción se fragmenta, ya sea porque el punto de vista se reparte entre varios personajes o porque el espacio se divide en varios niveles. Esto permite que no haya dos escenas iguales: cada una tiene una característica única, cambiando sus dinámicas en busca de aportar variedad al sinfín de tortas que vemos en pantalla.
La cámara no se queda quieta en ningún momento, pero tampoco busca movimientos exageradamente violentos. Recurre al plano general para situar a los personajes cuando estos cambian de posición; al plano medio para el golpe; al primer plano para las reacciones de los personajes, cuando estas son necesarias; y al plano detalle para identificar un objeto o marcar un impacto concreto.

La forma en la que todo adquiere homogeneidad es mediante su magnífico montaje, a cargo de Chris Tonick (Detonantes), que además logra hacer de la película una experiencia física, reforzando la kinestesia de la propia imagen. Donde The Furious peca de excesiva es en el apartado sonoro: cada agarre, cada golpe y cada gesto suena a huesos rompiéndose y piel desgarrándose, buscando un impacto que sus imágenes no necesitan.
Todo esto se ejecuta eliminando cualquier rastro de realismo, pues aquí los personajes son casi indestructibles y poseedores de una fuerza fuera de lo común. Tanto es así que uno de los villanos resucita varias veces a lo largo del metraje, pero esto solo refuerza su autoconsciencia y falta total de vergüenza. Gracias a este tono, entre lo cómico y lo violento, el filme se permite jugar de formas más creativas con el diseño de producción, usando una moto como arma en un estrecho pasillo, un zapato como puñal o una bicicleta como espada.

The Furious no conseguirá contar una buena historia en términos dramáticos, pero cumplirá las expectativas de los fanáticos de las artes marciales y del cine de acción más cafre del sudeste asiático.
NOTA: ★★★½
«THE FURIOUS», ESTRENADA EN CINES.
TRÁILER DE THE FURIOUS:
PÓSTER DE THE FURIOUS:

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