Crítica de ‘El amor que permanece’: Así pasan los días.

La primera imagen de El amor que permanece revela dos cuestiones fundamentales de la película. En ella, un plano fijo sitúa al espectador en el interior de una casa deshabitada. Tras unos segundos de quietud, una inesperada fuerza desconocida abate el tejado del edificio hasta que lo acaba arrancando. De este modo, la nueva película de Hlynur Pálmason presenta esas dos cuestiones: la deconstrucción del hogar familiar y el enfoque en el que el cine de autor más puro deja entrar con toda su fuerza lo fantástico e incluso lo surrealista.
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La cinta captura con ternura la vida de una familia mientras los padres atraviesan una separación. A través de momentos tanto divertidos como sinceros, el filme retrata la esencia agridulce del amor desvanecido y los recuerdos compartidos en medio del cambio de estaciones. La cuestión familiar, sin embargo, no se queda solo en la ficción, sino que el germen de la cinta viene marcado precisamente por la familia del propio cineasta, ya que los hijos de la pareja protagonista son interpretados por sus propios hijos (Ída Mekkín Hlynsdóttir, Grímur Hlynsson y Þorgils Hlynsson).
A través de los pequeños dramas y las fugaces alegrías de la familia, se va desvelando todo un abanico de relaciones casi de manera episódica, deteniéndose en pequeños momentos como el nacimiento de unos polluelos en la granja familiar, la visita de un galerista para ver la obra artística de la madre, una excursión al río o la elaboración de un muñeco con apariencia de soldado medieval como blanco para practicar el tiro con arco. Todo ello a lo largo de un año que refleja los altibajos y los cambios que van viviendo estos personajes.

Esta estructura y la aparición recurrente del caballero parecen haberse enraizado en la muy particular sensibilidad de Pálmason, ya que han tenido expansión propia en otro film que el islandés estrenó el pasado año, Juana de Arco. En esta, el cineasta se queda con esa construcción (y acribillamiento a flechazos) del muñeco para crear una pieza de una hora en la que repite con sus hijos, vuelve a los mismos espacios y utiliza el mismo acercamiento. Merece la pena destacar esta relación porque, tras varias obras de grandísima calidad, parece que Pálmason se ha decidido a entrelazar de forma indiferenciable su vida y su cine.

Esto no quiere decir que estas obras sean autoficciones, sino más bien que pueden ser el inicio de una nueva manera de afrontar el trabajo creativo por parte del director, una forma mucho más personal y abierta a que sea la propia vida y el propio momento vital los que muevan el desarrollo de sus proyectos con el buen gusto que siempre ha demostrado. Salvando las distancias, puede recordar a la forma en que Terrence Malick encontró su forma de hacer cine con El árbol de la vida, acelerando sus procesos y teniendo más claro qué quería sacar del cine. Así, El amor que permanece se revela como una película mucho más personal de lo que pueda parecer por sus ambiciones, más reducidas que las de su anterior cinta, Godland.
De esta última también se diferencia por su abordaje estético y sensorial. Los impresionantes paisajes de Islandia siguen presentes (aunque aquí los entornos urbanos sean más protagonistas), pero hay una gran diferencia en el tono que implanta a la película. Si aquella era tremendamente solemne, cayendo por sí mismo el peso de sus imágenes sobre el espectador, en esta ocasión el director se muestra sorprendentemente abierto al juego, a lo fantástico y a lo experimental. En El amor que permanece no faltan momentos de cambio de formato, rupturas con la realidad en las que la cinta llega a rozar el género de terror, e incluso la utilización de metraje de otras películas (la referencia a El monstruo de la laguna negra es uno de los momentos más locos de todos).
De esta manera, se acerca más a la Lamb de su paisano islandés Valdimar Jóhannsson, otra demostración de cómo lo fantástico y lo tenebroso pueden colarse en el cine de autor, y de que la cinematografía islandesa tiene mucho que ofrecer.

Con todo, más que redonda, la propuesta de Pálmason se queda en un experimento muy curioso, pero que no llega a conectar todas las ideas que presenta. Probablemente, esto tenga más que ver con la cantidad que con la calidad, ya que está claro que el director sabe ser original y distanciarse de las expectativas del espectador en cada momento, dando nuevos giros imprevisibles, oníricos y lúdicos que, según avanza la película, acaban pareciendo arbitrariedades para retorcer un poco más la narrativa. Muchos aspectos acaban en esa zona gris entre la metáfora clara y el capricho intelectual, donde cualquier interpretación puede tirar igual hacia un lado que hacia el otro, pero ninguna llega a convencer.

En resumen, El amor que permanece merece la pena y sorprenderá a los aficionados al cine de autor con una propuesta fresca y potente en la que su director parece adentrarse en nuevas etapas de su carrera, pero en la que, por momentos, llega a ahogarse en sus propias invenciones.
NOTA: ★★★½
«EL AMOR QUE PERMANECE», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE EL AMOR QUE PERMANECE:
PÓSTER DE EL AMOR QUE PERMANECE:

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