Crítica de ‘Rose of Nevada’ [AMFF16]: Hipnótica y fascinante.

Un barco pesquero regresa al puerto de un pequeño pueblo británico treinta años después de haberse perdido en el mar con toda su tripulación. Sin guion previo ni reuniones creativas, esta idea visual perforó la mente del director y artesano británico Mark Jenkin, generando un fotograma sobre el que parte la base de toda una película: Rose of Nevada.
Este proceso creativo tan sencillo ejemplifica bien la fuerza interna que puede residir en el corazón de una sola imagen y los efectos sensoriales que consigue provocar. Probablemente, esta cinta que nos reúne sea la más narrativa de la filmografía de su director, pero el núcleo central sigue siendo el mismo proceso artesanal que ha definido a Jenkin en sus anteriores trabajos, Bait y Enys Men.
Seña de identidad del vanguardista director británico, la decisión de rodar íntegramente con cámara Bolex de 16 mm no atiende a una decisión puramente estética, sino expresiva y narrativa. La densidad física del celuloide y el proceso fotoquímico a la hora de capturar la imagen, así como su proceso de revelado y montaje, delimitan un estilo que convierte la limitación en virtud.
Exenta de baterías, esta cámara funciona a través de una mecánica de cuerda que condiciona y define la forma de filmar de Jenkin, ya que un plano no puede durar más de treinta segundos, tiempo durante el cual dicho mecanismo hace funcionar la cámara, participando de manera activa en todas las decisiones formales de la película.

La historia que narra la vuelta del Rose of Nevada, completamente vacío, al puerto desde el que zarpó treinta años atrás, es una sobre el paso del tiempo y su efecto en una pequeña comunidad. La corrosión y oxidación de todos los elementos que rodean al pesquero y al puerto con el que Jenkin abre los primeros minutos del film narran por sí mismos el desgaste que el tiempo ha infligido a una sociedad primaria en la que la pesca de arrastre supuso un auge y sustento que, como una maldición, cayó en decadencia tras la trágica desaparición del barco y las muertes de sus tripulantes. Su regreso, además de abrir heridas no cicatrizadas en las familias de los pescadores, supone una nueva oportunidad para volver a faenar e invocar un golpe de efecto que devuelva la luz a unas calles llenas de fantasmas.

Jenkin, también montador de la película, aprovecha todos los accidentes de revelado que sufre el celuloide y los utiliza para construir una atmósfera visual mediante la edición, evocando la confusión que producen los recuerdos y la memoria. La consecución de planos aparentemente desarticulados, muchos de ellos detalles de elementos o manos ajadas que escriben la dureza de las vidas de los personajes, acaba generando una cohesión sensorial y atemporal que ayuda al espectador a conectar con los personajes de Nick y Liam, dos trabajadores que se embarcan a faenar en el Rose of Nevada pese a la tragedia que le rodea.
Ayuda a la fantasmagoría y al relato atemporal la textura granulada que otorga el rodaje en 16 mm, así como las sobreimpresiones y los daños en el revelado que flashean y deterioran la imagen, estableciendo un aura de desconcierto que es coherente con los hechos que suscriben el estado de ánimo y físico de este pueblo costero y sus habitantes.

Los reconocibles George MacKay (The Beast) y Callum Turner (Eternity) son los encargados de interpretar a los protagonistas que se ponen a las órdenes del patrón del Rose of Nevada y que parece formar parte del aparejo un magnífico Francis Magee (Juego de Tronos), cuyo rudo y seco personaje evoca al extravagante Willem Dafoe en El faro (2019). Los tres están profundamente orgánicos e influidos, de nuevo, por las limitaciones temporales y físicas del rodaje, que limita la repetición de tomas y la duración de sus actuaciones. Esto hace que la naturalidad traspase la pantalla y bañe al espectador hasta el punto de interesarse por la relación entre estos tres individuos tan distintos entre sí, fruto de la química que emana de sus interpretaciones, tanto cuando están en plano como cuando Jenkin los relaciona a través del montaje. La desnudez provocada hace que, sin ir más lejos, Turner entregue su personaje más fluido y despojado de artificio de toda su carrera.
Además de la sensorialidad y la reminiscencia que nunca se despegan del metraje, resulta interesante el trabajo de guion del propio Jenkin. Sería reduccionista adscribir Rose of Nevada al género de viajes en el tiempo, pues su hondura emocional y psicológica va más allá de este hecho, que se siente como un catalizador anímico. La dualidad entre Nick y Liam, y la forma en que abordan la nueva realidad que encuentran a su vuelta del primer trabajo, es uno de los conflictos dramáticos más cautivadores que aborda la película.
El primero tan solo es un padre de familia que quiere ganar dinero para arreglar una casa que, literalmente, se viene encima. El segundo es un vagabundo sin oficio ni beneficio que se embarca en esta aventura como una nueva salida hacia delante y halla en este viaje en el tiempo una oportunidad para ser alguien que tiene todo lo que había perdido en su vida anterior. El contrapunto moral y ético produce una lejanía emocional entre compañeros de trabajo que tendrán que encontrar, cada uno a su manera, el sentido a la nueva situación.

El propio barco, como ocurría en L’Atalante (1934), de Jean Vigo, no es un mero espacio físico, sino psicológico y místico, que no solo afecta a los personajes, sino también a la relación espacio-tiempo, apoyándose en el poder evocador del misterio del mar, la noche y las luces del firmamento.
La propia cualidad de la Bolex 16 mm hace que todos los sonidos de la película, incluidos los diálogos, se introduzcan en posproducción, elemento que Jenkin vuelve a utilizar para generar una distancia con la verosimilitud y la plausibilidad de los personajes y del propio pesquero, que no se hace visible en su navegar, pero sí se hace físico en el crujido de las maderas, la cadencia del motor y el sonido del viento.

Rose of Nevada es una de las apuestas más estimulantes e hipnóticas de los últimos años. Una película pensada para sentirse, además de verse, en la que las conexiones entre las imágenes y el sonido están afectadas por el montaje autoconsciente de Jenkin, que construye una ambientación sensorial más allá de la narrativa, la cual adolece de solidez en favor del aspecto maleable, confuso y poco fiable del recuerdo.
NOTA: ★★★★☆
«ROSE OF NEVADA» PUEDE VERSE EN EL ATLÀNTIDA FILM FEST EN LA VERSIÓN ONLINE EN FILMIN.
TRÁILER DE ROSE OF NEVADA:
PÓSTER DE ROSE OF NEVADA:

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