Pablo Trapero, director de ‘Sus hijos’: «La comunicación, mientras no sea genuina, nunca va a suceder».
La película protagonizada por Bill Nighy, Noah Jupe, George MacKay y Johnny Flynn llega a los cines.

Pablo Trapero es uno de los cineastas clave del movimiento artístico conocido como Nuevo Cine Argentino, surgido a mediados de los años noventa junto a nombres de la talla de Lucrecia Martel o Lisandro Alonso. Este movimiento impulsó una nueva forma de hacer y entender el cine en el país hermano, tanto desde su estructura financiera y de producción como desde las narrativas de unas películas que respondían a la crisis de la industria cinematográfica convencional.
Tras competir por la Palma de Oro en 2008 con Leonera y formar parte de la sección Un Certain Regard en 2012 con Elefante Blanco, protagonizada por Ricardo Darín, Trapero encontró uno de los mayores reconocimientos de su carrera en el Festival de Venecia, donde recibió el León de Plata a la Mejor Dirección en 2015 por El clan.
Superados los 50 años, Pablo Trapero continúa explorando nuevos horizontes cinematográficos y presenta Sus hijos, su primer largometraje dirigido en lengua inglesa y coescrito junto a la guionista Sarah Polley, ganadora del Óscar por su trabajo en Ellas hablan (2022).
La precisión con la que mueve la cámara por los espacios mediante planos largos, una de las señas de identidad del cineasta argentino, y su reflexión sobre las emociones humanas vuelven a situarse en el centro de una familia rota por un padre tan brillante en lo artístico como ausente en lo personal. Para esta incursión en el cine anglosajón, el cineasta bonaerense se ha rodeado de un reparto británico de primer nivel formado por Bill Nighy (Living), George MacKay (1917), Johnny Flynn (Emma), Imelda Staunton (The Crown) y el joven Noah Jupe (Hamnet).
Pablo Trapero recibe a mundoCine en el corazón de Madrid para hablar de las heridas, el dolor y los diferentes relatos que construyen una misma historia; ejes fundamentales desde los que nace Sus hijos, que llega a los cines españoles tras su paso por el Festival Internacional de Cine de Toronto de la mano de Divisa Films.

Jesús Casas: Hay una figura muy interesante en la película, que es la del narrador poco fiable. Pienso que no es tan importante el giro como quién lo cuenta. ¿Cómo construisteis Sarah Polley y tú, desde el guion, el personaje del grandísimo Bill Nighy, del que el espectador se pregunta continuamente si es cierto lo que cuenta o no?
Pablo Trapero: Lo primero en lo que trabajamos fue en centrarnos, justamente, en eso que acabas de señalar. La película se cuenta al principio desde el punto de vista de Andrew Dyer, el personaje que interpreta Bill Nighy. Comienza con la cámara sobrevolando un campo maravilloso con el cielo medio celeste, algo difícil de ver en Oxford [sonríe]. Después, entra en la mansión y se encuentra con este señor, Andrew. A partir de ese momento, la historia se cuenta desde su perspectiva.
A medida que avanza la cinta, conocemos a Andy [Noah Jupe], el hijo menor que vive con él, y a las distintas personas de su entorno con las que irá interactuando hasta que llegan sus dos hijos adultos. Es entonces cuando Andrew les hace a estos una revelación, un poco fantástica, que provoca en ellos incredulidad e incluso preocupación, hasta el punto de preguntarse si su padre está mal de salud. Entonces, nosotros, como espectadores, pasamos a acompañar el relato a través de los ojos de sus hijos: Andy, Jamie [George MacKay] y Richard [Johnny Flynn].
Esta narración experimenta un nuevo giro cuando Isabel, el personaje de Imelda Staunton y exesposa de Andrew, llega a la casa igual de incrédula que todos nosotros, pero al ver a Andy se queda petrificada. Es a través de su mirada, de cómo observa y habla con él, cuando el espectador empieza a preguntarse si la locura que ha confesado el padre pudiera ser cierta.
Con esto queríamos conseguir un quiebre en la percepción que tenemos de Andrew frente al resto de personajes de la película, porque seguramente nadie conoce tan bien a Andrew Dyer como ella. Este es el primer interrogante que plantea la película para que el espectador se pregunte si lo que ha dicho Andrew pertenece al terreno de lo fantástico o si, realmente, está diciendo la verdad.

J. C.: Más allá del motor dramático para el encuentro de Andrew con sus dos hijos mayores, Sus hijos trata temas profundamente humanos. Hay una escena que me encanta en la que eliges mostrar el reencuentro del padre con el personaje de George MacKay a través de un plano detalle de su videocámara. ¿Desde qué punto la película habla del dolor causado de generación en generación y cómo afecta esto al personaje de MacKay, que se dedica a grabar el dolor emocional profesionalmente?
P. T.: Es fácil para nosotros, los espectadores, y por supuesto también para los personajes, ver en Andrew una falta de comprensión hacia el otro. Su narcisismo le impide ver a sus propios hijos. Está aislado emocionalmente de las personas que quiere precisamente porque es incapaz de generar vínculos afectivos con ellas.
El dolor que intenta retratar el personaje de George MacKay, Jamie, es un poco el eco de aquel que pudo haber sentido al tener un padre que, estuviera presente físicamente o encerrado escribiendo, estaba ausente para él. Esto marcó tanto a Jamie que, en su vida adulta, necesita trabajar con esa idea del dolor ajeno para intentar exorcizar y sanar el suyo propio.
Sin entrar en detalles sobre cómo termina la película, hay un momento hacia el final en el que parece que, mediante el uso de una serie de herramientas, quizás sea capaz de superar ese trauma que arrastra desde la infancia.

J. C.: Sus hijos es, también, una película sobre los relatos. No solo los que surgen entre los miembros de esta familia, sino sobre cómo estos se enfrentan entre sí según el punto de vista de quien los cuenta. El personaje de Isabel, a través del amor y la comprensión, se convierte en un punto de encuentro entre dos relatos. Me interesa preguntarte, en una sociedad tan polarizada como la actual, acerca de la necesidad de encontrar puntos de encuentro entre diferentes.
P. T.: Hay un momento en la película en el que el personaje de Imelda le pregunta al de Bill Nighy: «¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no confiaste en mí?». Estas preguntas las hace desde el presente, cuando ya llevan tiempo separados, pero hacen referencia a muchos años antes, a un momento en el que ella sentía que existía esa complicidad y cercanía necesarias para que su marido fuera sincero y pudiera contarle cualquier fantasma que tuviera.
En su mirada y en esas preguntas está el dolor de entender cuándo se rompió la confianza, en qué momento dejaron de comunicarse hasta el punto de que Andrew no pudiera expresar qué necesitaba o qué quería.
Y justamente esto conecta con lo que vos decís. Cuántas veces, en una conversación entre dos personas o dentro de un grupo, pareciera que cada uno habla para escucharse a sí mismo y es incapaz de escuchar lo que el otro dice. Ahí aparece esta paradoja de la comunicación: hoy tenemos un millón de herramientas, pero pareciera que, mientras no exista una voluntad de comunicarse, esas herramientas, como pasa en Sus hijos, son solo una parafernalia, una coreografía de una comunicación que, mientras no sea genuina, nunca va a suceder.

J. C.: Por último, no solo es la primera vez que trabajas con un reparto de habla inglesa, sino que lo haces con un elenco británico de altísimo nivel y de carácter generacional. ¿Cómo ha sido el trabajo conjunto con Bill Nighy, un actor de sobra contrastado, y Noah Jupe, una cara que empieza a ser conocida en la industria, en una película en la que uno se presenta como la proyección física e intelectual de aquello que el padre nunca pudo ser?
P. T.: Es muy interesante la pregunta porque, precisamente, uno de los grandes desafíos de la película era que todos los actores pertenecen a generaciones distintas. No solo Bill Nighy y Noah Jupe, que son quienes tienen una mayor diferencia generacional, sino también Johnny Flynn y George MacKay, que, aunque son más cercanos en edad, tienen metodologías de trabajo muy distintas. Todos ellos son actores talentosísimos y, al mismo tiempo, cuentan con herramientas diferentes para desarrollar su trabajo.
En el caso de Bill y Noah, Andrew y Andy, una de las cosas que nos propusimos desde muy temprano fue que Noah trabajara en espejo, como si copiara literalmente los movimientos de Andrew. Ensayábamos, por ejemplo, que si Andrew apoyaba la mano derecha de una cierta forma en el sofá, Andy lo hiciera después.
Lo mismo ocurría con la forma de hablar. Las frases, la musicalidad y el ritmo con el que habla Andy son una reflexión, casi una copia, de la manera en que se expresa su padre. Para ello, Bill Nighy tenía que observar y percibir mucho a Noah para que ambos estuvieran en la misma sintonía.
Fue muy lindo ver la conexión entre Bill Nighy y Noah Jupe, trabajando desde escuelas muy distintas para construir un mismo personaje, Andrew, desde dos edades diferentes.
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