Rodrigo Sorogoyen, director de ‘El ser querido’: «Es una película exigente con el espectador».
La película más arriesgada de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, protagonizada por Victoria Luengo y Javier Bardem, se ha estrenado en cines.

Tras alcanzar el hito de convertirse en la primera película del cineasta madrileño seleccionada para la Sección Oficial a Competición del Festival de Cannes, el equipo de El ser querido organizó un evento histórico el pasado 26 de agosto para celebrar su estreno en cines españoles. Más de cien salas de todo el país acogieron una sesión simultánea que agotó sus entradas y que permitió al público, tras el visionado, compartir un coloquio con su director, guionistas y protagonistas moderado por Luis Tosar.
Un día después de este acto, que confirma a Rodrigo Sorogoyen como uno de los grandes estandartes del cine nacional e internacional gracias a la expectación que generan sus películas, mundoCine charla con el cineasta para reflexionar sobre cómo vivió la llegada a las salas de una película en la que lleva trabajando durante tanto tiempo y que, por fin, ya pertenece al público.
Rui [apelativo con el que Rodrigo Sorogoyen se siente más cómodo y que permitió utilizar durante la charla] es un artista inquieto que entiende su carrera como un aprendizaje constante que le lleva a impulsar su talento a zonas desconocidas con el objetivo de ofrecer al público películas diversas que conforman, a sus 44 años, una de las filmografías más interesantes y versátiles del cine español actual.
En esta conversación, en la que desgrana las dificultades que él y todo el equipo de El ser querido han encontrado en esta aventura cinematográfica hacia la ruptura formal dentro de su propia obra, Rodrigo Sorogoyen se muestra afable, divertido, nervioso y, al mismo tiempo, reflexivo, cauto y pudoroso a la hora de hablar sobre la recepción que tendrá su nueva película entre crítica y espectadores tras el incontestable éxito de su anterior trabajo, As bestas.
![Crítica de ‘El ser querido’ [Cannes2026]: Apabullante salto adelante de un inmenso cineasta.](https://mundocine.es/wp-content/uploads/2026/04/el-ser-querido-trailer.webp)
Jesús Casas: Rui, después de tres meses desde su première mundial en la Sección Oficial de Cannes, por fin El ser querido ha llegado a los cines españoles. ¿Cómo viviste la noche del estreno, con más de cien salas llenándose para recibir la película?
Rodrigo Sorogoyen: Me siento un privilegiado porque, desde hace un tiempo, nuestras películas generan cierta expectación, lo cual es muy bueno, evidentemente.
La noche del estreno de El ser querido acudimos a los Cines Ideal de Madrid para participar en un coloquio posterior a la proyección que, como dices, se retransmitió de manera simultánea en cien salas. Lo curioso es que esa noche no la viví con demasiados nervios porque fuimos directamente al coloquio.
Sin embargo, el día anterior celebramos la première, presentando la película a gente de la industria, colegas de profesión, amigos y familiares invitados, y no sé muy bien por qué, pero ahí sí que estábamos todos nerviosísimos, pero nerviosísimos. Supongo que es porque se la estás ofreciendo a gente querida [nunca mejor dicho], personas a las que aprecias y a las que no quieres fallar. En esos momentos lo paso fatal [ríe].
En los coloquios y presentaciones, la gente se acerca a hablar contigo y entiendes que quienes no lo hacen seguramente sea por timidez o porque, a lo mejor, la película no les ha entusiasmado tanto. Cuando alguien se acerca realmente emocionado por la película es algo precioso. Lo que pasa es que yo no puedo evitar sentirme muy pudoroso cuando eso ocurre y prefiero hablar de cualquier otra cosa. Es muy gracioso porque a veces alguien me dice: «Hablemos de la película», y yo respondo: «No, no, mejor hablemos de ti» [acompaña la respuesta con una risa, en este caso más nerviosa].
Recibir buenas críticas es algo que, obviamente, ayuda mucho y te gusta, pero tengo que reconocer que, si los halagos parecen consentidos o atisbo algo de falsedad… uf, no puedo con ello. Me pasa algo parecido con esas malas críticas en las que parece que quien las ha escrito casi parece estar deseando que la película no le guste.
Ahora bien, cuando una crítica negativa tiene sentido y un argumento detrás, ahí sí pienso que puede tener razón y que es interesante preguntarse por qué la película no le ha tocado o qué elemento concreto ha provocado esa distancia. Está bien saberlo, apuntarlo y no me hago mala sangre por ello.
Al final, estrenar una película, ya sea aquí o en un festival como Cannes, siempre es un motivo de nervios. No deja de ser el momento en el que enseñas un proyecto en el que llevas trabajando tres, cuatro o cinco años y lo único que quieres es eso: compartirlo con mucha gente y que, de alguna manera, empiece a ser también de los espectadores.

J. C.: Con El ser querido se ha hablado mucho de riesgo, de nervios, de salir de la zona de confort. Viendo la película, he tenido la sensación de que en este salto adelante en tu filmografía también te has debido de divertir jugando y probando cosas nuevas en montaje, dirección, guion, etc.
R. S.: Dicho así, te lo discutiría un poco [ríe]. Recuerdo que hubo momentos del proceso de El ser querido en los que lo pasé realmente mal, pero entiendo que lo digas porque me he sentido muy libre, he querido serlo y me he permitido tomar decisiones arriesgadas. Al fin y al cabo, como es evidente, no estamos construyendo puentes ni operando a personas que pueden morir. Hacer cine nunca deja de ser un juego, por supuestísimo.
Las primeras semanas estaba muy nervioso por el hecho de hacer una película con tanta expectación. También por atreverme a probar cosas nuevas sin saber cómo iban a salir. Si no hubiera querido asumir ese riesgo, habría estado mucho más tranquilo, pero intentaba no darle demasiadas vueltas porque, si lo hacía, probablemente no me habría atrevido.
Respondiendo a tu pregunta: sí, ha habido momentos en los que me he divertido, pero, claro, eso pasa cuando ves que lo que estás haciendo está funcionando. Durante la escritura del guion, por ejemplo, Isabel y yo disfrutamos mucho en algunas partes, aunque también atravesamos auténticas crisis. Durante el propio rodaje hubo días de mucha tensión, intentando sacar adelante cada jornada y confiando en las decisiones que estábamos tomando. Y, por supuesto, en montaje, Alberto del Campo y yo sufrimos lo nuestro.

J. C.: Al hilo de esos momentos en los que lo pasasteis mal durante la escritura del guion de El ser querido, Isabel Peña nos comentó que hubo dos grandes crisis. ¿Cómo ha sido vuestra forma de construir el guion de la película y qué herramientas tenéis para desbloquear una situación crítica como creadores?
R. S.: Nuestra forma de trabajar consiste en revisarnos continuamente. Por un lado, es guay; por otro, también es peligroso, porque si llevamos dos semanas currando en algo y, de repente, llega uno y dice: «He estado pensando en esto y no me convence», inmediatamente genera una duda en el otro guionista. Y como el otro tampoco esté convencidísimo, que puede pasar, también entra en esa duda. Esto es muy peligroso porque te obliga a replantearte todo, pero al mismo tiempo es muy valioso. Si ninguno de los dos está completamente seguro de algo, probablemente haya algo que falla y, si algo falla, es mucho mejor tener una crisis.
En el coloquio posterior al estreno, Isabel dijo algo que da completamente en el clavo. En una de esas crisis –no sé si duró una hora, un día o una semana– surgió la pregunta alrededor de la que gira todo: «¿Qué es lo importante? ¿Qué es lo que queremos contar? ¿Cuál es la raíz de todo esto?». Y la respuesta era muy sencilla: el padre y la hija. Ya está.
El ser querido nace del interés por explorar cómo se siente esta hija: una hija que se siente abandonada y que, de repente, se enfrenta a una prueba increíble. Tiene que convivir durante dos meses con el padre que la abandonó mientras intenta sacar adelante un trabajo que la hace sentir insegura y sobre el que seguramente se ha preguntado muchas veces si realmente es válida. Al mismo tiempo, tiene delante a uno de los mejores directores del mundo que, casualmente, es su padre. Un padre que va a mirarla, validarla y acompañarla constantemente: todos los días y en cada una de las tomas del rodaje. Ese padre sabe que lo hizo mal y se arrepiente de muchas de las cosas que ha hecho durante los últimos veinte años. Lleva días intentando hacerlo bien, con el único objetivo de ayudar a su hija y conseguir su perdón, pero es incapaz de encontrar la manera de pedírselo.
Y entonces pensamos: «¡J*der!, contado así es interesantísimo». Establecimos que no podíamos olvidarnos de esto en ningún momento y que teníamos que mantener el foco ahí. Fuimos escena por escena preguntándonos: «Esta escena que se nos ocurrió hace tiempo, ¿cuenta esto que acabamos de decir?». Si la respuesta era no, la descartábamos.

J. C.: Entrando en el aspecto formal de la película, me gustaría saber cómo se planifica una película en la que moldeas la narración con tantas rupturas de formato, de aspect ratio, de edición de sonido… Todo ello con el objetivo de disponer del material necesario para que Alberto del Campo y tú podáis trabajar después en la sala de montaje.
R. S.: La forma viene rota muchas veces desde el propio rodaje. En este caso también. Cuando le dije a Alberto del Campo que en esta película iba a rodar de la manera en que finalmente está rodada, me soltó un: «H*stia, me agarraré, que vienen curvas».
Hay mucho diálogo entre nosotros porque, además de director y montador, somos amigos. Desde el guion ya tenemos conversaciones sobre lo que quiero hacer con la película y durante el rodaje, él va viendo todo en presente y, en alguna ocasión, puedo mandarle una imagen con una idea que me ha surgido en ese momento para que se la apunte y la tenga en cuenta cuando llegue el día de montarla.
Una vez acabada la fase de rodaje, nos sentamos juntos con todo el material que tenemos y él hace propuestas que yo no me espero, o yo le digo que algo que ha hecho no estaba pensado de esa manera, sino de otra. Sí que hay algunas escenas en particular en las que tenemos que trabajar muchísimo porque no encontramos la forma, pero hay otras que están diseñadas desde el principio y que están muy claras gracias a la manera en la que se han rodado.
Por último, vemos la película entera, esa que hemos ido construyendo a cachos, y nos damos cuenta de las cosas que no funcionan, de si se está generando algún valle o de si la gente no está entendiendo lo que queremos contar. Le hemos dado muchas, muchas vueltas a muchas, muchas escenas porque queríamos hacer algo formalmente muy rompedor, pero solo porque creía que esa ruptura venía bien narrativamente a una película que habla sobre los relatos [el del padre, el de la hija y el de la propia película que rueda Esteban] y porque queríamos huir del clasicismo de As bestas, que salió muy bien, pero encontrar algo nuevo para nosotros.
J. C.: La historia, como comentas, surge de la relación padre-hija. En un momento determinado se incorpora el metacine, en el que ambos son director y actriz. ¿Generó cierto vértigo escribir un personaje que es director, y más concretamente un director como Esteban Martínez, siendo tú también director? Hay un post de hace unos días que te dedica Álex de la Iglesia en el que te da las «gracias por ayudarme a entender mi vida».
R. S.: El post de Álex es uno de los más bonitos que he leído en mi vida y, también, uno de los más valientes por su parte, la verdad.
Respecto a la pregunta, te diría que no me generó vértigo. Somos muy kamikazes en ese sentido y tengo una gran capacidad para separarme de los personajes. Además, también es verdad que la película es de Isabel [Peña] y mía, así que todo está compartido. Y lo mismo me pasó cuando escribí Los años nuevos con Paula [Fabra] y Sara [Cano]. Tampoco me sentí especialmente interpelado.
No lo paso mal con ese tipo de procesos, al contrario: me divierte. Creo que soy una persona poco pudorosa en ese sentido y no me genera inquietud ni incertidumbre explorar esos lugares.
J. C.: Quizá en el sentido de la inquietud por que puedan identificarte con el personaje, siendo tú director y siéndolo también Esteban Martínez.
R. S.: ¡Ah! No, nada de nada. Kamikaze porque tengo la seguridad de que no soy así y si algún gilip*llas, con perdón, cree que lo soy, el problema es suyo.

J. C.: Hablando de escenas, Isabel nos desveló una de sus favoritas desde el punto de vista del guion: el monólogo de Victoria Luengo frente al espejo. ¿De qué modo trabajaste esta escena desde la dirección de actores, la propia realización y el montaje?
R. S.: Esta escena le encanta a ella y nos encanta a todos, evidentemente [ríe]. En el guion era una escena ligera situada en el primer acto, justo después de un momento en el que Esteban le indica a Emilia que debe hacer un gesto. La siguiente escena era esta: ella en su casa trabajando aquello que su padre le había pedido.
Cuando llegamos al rodaje me di cuenta de que algo no funcionaba. No me hacía la gracia que esperaba que me hiciera. En un momento de una toma se me ocurrió darle una nota a Vicky [Victoria Luengo]. Sentí que podía ser adecuada porque estaba muy cargada emocionalmente. Son de esas cosas que no piensas demasiado, pero que, si estás atento durante el rodaje y conoces bien la historia que estás contando, aparecen. Evidentemente, no surgen solas; necesitas cierta experiencia para que estas cosas pasen y yo estoy siempre prevenido para ello.
Estaba viendo cómo esta tía imitaba a su padre, a alguien que le ha hecho un daño de la h*stia, y pensé: quizá lo que realmente quiere saber es si se parece o no a esa persona. Porque, por un lado, si descubre que no se parece en nada a su padre, le va a dar una pena terrible. Es otra prueba más de que no es su hija. Pero, si se parece, tampoco es una buena noticia, porque su padre no es precisamente alguien admirable.
Cuando encontré esa idea, se la trasladé a Vicky y le pedí que buscase frente al espejo ese parecido con su padre y que le diese miedo encontrar la respuesta. Y como es una grandísima actriz, lo hizo. Ese fue el momento en el que una escena que parecía ligera, que estaba pensada para ser graciosa y divertida, encontró una capa mucho más profunda y se convirtió en una secuencia cargadísima de dolor. Ella prácticamente rompe a llorar.
J. C.: El ser querido, además de abordar centralmente una relación conflictiva entre Esteban y Emilia, también es una película sobre un rodaje y todo lo que ocurre dentro de él. ¿Cuáles fueron las señas de identidad del rodaje de El ser querido? Teniendo en cuenta que gran parte se rodó en una isla y que hubo mucho más tiempo de convivencia más allá del propio rodaje.
R. S.: Si le quitas la violencia, se parece mucho a la del desierto, la verdad [vuelve a acogerse al humor].
Estuvimos dos meses en Fuerteventura, que es una locura. Es mucho tiempo fuera de casa y acaba siendo muy duro, aunque también muy divertido. Me gusta mucho compartir el tiempo libre con la gente que tengo alrededor y, de lunes a viernes, era algo muy complicado porque estábamos literalmente reventados, así que los sábados y domingos lo que queríamos era desfogar un poco: nos juntábamos, salíamos de fiesta, íbamos a comer y a cenar juntos. Todo eso se va acumulando junto con un grado de cansancio, concentración e intensidad que hace que, al final, lo único que quieras sea irte de allí [sonríe].

J. C.: ¿Qué es lo que te empuja como cineasta a seguir reinventándote, explorando las posibilidades que te ofrece el lenguaje cinematográfico y abriendo nuevos caminos?
R. S.: Pues me empujan varias cosas.
Una: no aburrirme. Me aburriría soberanamente dedicarme tres años a hacer la misma película una y otra vez. ¡Qué aburrimiento!
Dos: no aburrir al espectador. Quiero intentar sorprenderle y emocionarle. Bajo mi punto de vista, es muy difícil emocionar dando la misma historia una y otra vez. Me puedo equivocar, pero desde mi optimismo pienso que los espectadores a los que les gustan nuestras películas van a agradecer algo nuevo, y nosotros intentamos dárselo.
Tres: aprender. Imagínate que vuelvo a hacer un thriller sobre el mundo rural. Pues aprendería muy poco de esa experiencia porque es algo que ya he hecho en mi carrera. Quiero verme en situaciones distintas y explorar nuevos lenguajes.
Creo que es algo valioso y admirable y, por otro lado, lo tengo muy fácil porque estoy rodeado de socios y colaboradores maravillosos, empezando por el guion y terminando por los actores. También tengo unos productores, socios y amigos que me apoyan al 100% en esto, que son igual de apasionados y valientes que yo. Y, por supuesto, cuento con un equipo técnico de un altísimo nivel: Alberto del Campo en el montaje, el fotógrafo Álex de Pablo, el músico Olivier Arson, el director de arte José Tirado, etc. Con este equipo, ¿cómo no me voy a atrever a hacer cosas nuevas? Todos dan palmas con las orejas cada vez que proponemos hacer algo distinto a lo anterior.

J. C.: Hace un par de semanas, tras un pase de As bestas, comentabas que tenías muchos nervios ante el estreno de El ser querido porque pensabas que no iba a tener el mismo recibimiento que aquella, precisamente por el riesgo que habéis asumido. Con la película ya estrenada, ¿ha cambiado tu percepción sobre cómo la iba a recibir el público español?
R. S.: Sigo pensando exactamente igual. Primero, porque tienes que tener en cuenta que soy muy prudente y, segundo, porque soy una persona muy supersticiosa. Siempre tiendo a prepararme para que ocurra algo malo. Y te lo digo con sinceridad: un éxito como el que tuvo As bestas ocurre una vez en la vida. Es imposible que vuelva a pasar. Imposible.
Seguiría pensando lo mismo incluso si hubiéramos vuelto a hacer un thriller rural con los mismos mimbres que As bestas. Y más aún si tenemos en cuenta que hemos hecho una película muy arriesgada, compleja y exigente con el espectador.
Tienes que estar abierto y atento a ella, que es precisamente el tipo de obras que me fascinan y me encantan. Seguramente, quienes mejor la valoren sean los espectadores a los que les encanta el cine. Si no te flipa el cine, no creo que esta película te guste mucho.
J. C.: Bajo mi punto de vista, es una película para ver varias veces.
R. S.: Exacto. Para los cinéfilos es la película perfecta.
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