Crítica de ‘El ser querido’ [Cannes2026]: Apabullante salto adelante de un inmenso cineasta.

Llegó uno de los días más esperados en el Festival de Cannes, especialmente para la cinematografía española. Rodrigo Sorogoyen presenta por primera vez un largometraje en la Sección Oficial a Competición, justo un año después de haber ejercido como presidente del jurado de la Semana de la Crítica. De relación estrecha con el país vecino, el cineasta madrileño acaba de recibir hace tan solo una semana la Orden de las Artes y las Letras por parte del Gobierno de Francia en reconocimiento a su trayectoria.
Tras más de cuatro años desde su última película para la gran pantalla –pero con el apetito saciado mediante su notabilísima serie Los años nuevos–, su nuevo proyecto ha superado todo un proceso de rumorología y especulación hasta desembarcar en la pugna por la Palma de Oro. En primer lugar, porque su complicidad con el certamen y el país galo hacía presagiar una selección segura por parte de los programadores del Festival.
En segundo lugar, porque su argumento, aparentemente cercano o similar a la de Valor sentimental –obra del noruego Joachim Trier que conquistó el Premio del Jurado en la pasada 78ª edición de Cannes y el Óscar a la Mejor Película Internacional–, ponía en duda la originalidad y posible validez de una propuesta que, no obstante, contaba con el actor español más prestigioso del siglo, Javier Bardem, y la estrella emergente de su generación, Victoria Luengo. Pese a todo, Thierry Frémaux expresó el pasado 9 de abril que nunca hubo dudas sobre el espacio de privilegio que ocuparía la nueva coproducción hispano-francesa del realizador de As bestas.
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Como se ha apuntado, la trama presenta a un prestigioso director de cine que vuelve a España tras varios años de éxito profesional y familiar en Estados Unidos para rodar una película acerca de la situación en el Sáhara Occidental, y para ello quiere contar con su hija, Emilia, una actriz de no mucho predicamento que trabaja en un bar y con la que mantiene un vínculo inexistente desde hace años. Tras una tensa primera conversación, ambos comienzan el rodaje de una producción no exenta de dificultades en torno a las heridas paternofiliales que no han cicatrizado.

Esto que leen es todo el parecido que van a encontrar en El ser querido respecto a la cinta de Joachim Trier con la que se la comparaba. Cuando un autor alcanza un techo en su propia cinematografía, su siguiente trabajo se ve abocado al escrutinio por dos cuestiones que prácticamente, se repiten una y otra vez. En caso de consolidar su forma, estilo y tropos narrativos, cualquier espectador o crítico puede caer en la manida frase de «está estancado en lo que sabe hacer bien». La otra opción es hacer algo diferente de manera formal o narrativa, cambiando el paso del público y exponiéndose al clásico «la buena era la anterior».
As bestas generó una unanimidad – aunque siempre hay excepciones– en cuanto a que fue el culmen de la depuración formal en torno a la temática de la violencia y la tensión afines al thriller, género al que Sorogoyen se adhiere con suma facilidad. Habla bien de él que haya decidido no acomodarse en esa posición de privilegio y dar un paso más allá en el género donde mejor se desenvuelve.
El ser querido es una propuesta aparentemente dramática que, en manos de Sorogoyen, Isabel Peña, Victoria Luengo y Javier Bardem, se convierte en una de las experiencias más tensas de los últimos años. Si el límite de la violencia narrativa y psicológica ya se había establecido en su último largometraje, el valiente director madrileño decide trasladarla aquí a base de decisiones formales que, sin innovar dentro del propio lenguaje, sí se distancian de la convencionalidad del cine contemporáneo para público generalista.
Hay una declaración de intenciones ya en su primera escena: el primer encuentro entre padre e hija, director y actriz, Bardem y Luengo. La distancia se fomenta a través de un montaje trufado de contraplanos muy cerrados sobre las caras de uno y otro, donde un personaje intercepta visualmente en el encuadre una parte del otro. Más de quince minutos de prólogo que demuestran que las heridas de este vínculo familiar no pertenecen al pasado, sino que, peor aún, siguen sangrando en el presente.
Sorogoyen decide seguir apostando por decisiones formales poco convencionales para el espectador medio con el fin de transmitir las sensaciones individuales e introspectivas de los protagonistas. Para ello juega con un blanco y negro que sorprende en un primer momento y que invita a reflexionar sobre el porqué de su uso durante todo el metraje, pues es una decisión que el realizador no abandona durante las más de dos horas de película de metraje. La puesta en escena es impecable y todo el diseño de producción está medido para que la ambientación y las localizaciones expresen y sumen a la posición vital y emocional de los personajes.

A día de hoy –y va a ser difícil de superar–, El ser querido ofrece la mejor escena del año cinematográfico 2026. Es una secuencia que arranca con una relación rota en pleno rodaje entre padre e hija; en ese instante, las caretas, hasta ahora autoimpuestas para reconducir la relación, quedan fuera de campo y los personajes estallan en una de las situaciones más violentas emocionalmente que se recuerdan en la última década.
Mediante una progresión asombrosa en la que Sorogoyen y Peña juegan tanto con el espectador como con los intérpretes, Javier Bardem da la vuelta a la situación para acongojar, tensar e imponerse de una manera que obliga a contener la respiración. Esta escena culmina con un grandísimo plano general en absoluto silencio. A partir de ahí, las herramientas de montaje, el cambio de relación de aspect-ratio, las ópticas y los formatos se comprimen para construir cinematográficamente la quiebra psicológica de un personaje de forma apabullante e inolvidable.

Por supuesto, todo este despliegue sería absolutamente imposible de ejecutar sin las dos cabezas de cartel que se lanzan a la propuesta de El ser querido. Javier Bardem firma una actuación histórica; su personaje genera un terror genuino en el espectador mediante una presencia en pantalla absolutamente arrolladora que evoca – uno duda hasta si supera– la iconicidad del Anton Chigurh de No es país para viejos.
Y si histórico está Bardem, también lo está Victoria Luengo, que completa un año de ensueño en el que ha rodado dos producciones a competición en este mismo certamen de la mano de dos grandes autores como Pedro Almodóvar (Amarga Navidad) y el filme que aquí nos ocupa. La magnitud del personaje de Bardem corría el riesgo de diluirse si no encontraba una actriz a la altura de la réplica, y Luengo no solo la da, sino que llega a elevarse y evocar al mismísimo Travis Bickle de Taxi Driver.
Porque sí, El ser querido es también una profunda revisitación al cine que ha marcado a su director, con guiños claros a la obra de Scorsese o a Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón. Sorogoyen tiene incluso el valor de radiografiarse a sí mismo y hacer guiños a su propia figura ante el espectador, conectando y sumando lecturas a una obra apabullante a varios niveles.

Recién salido de la sala, uno intenta evitar sentencias grandilocuentes que pronto acaban en papel de fumar como «es la mejor película de Rodrigo Sorogoyen»; pero, a buen seguro, lo que presenciamos en Cannes es un salto hacia adelante para seguir creciendo, más aún, como un cineasta único.
NOTA: ★★★★½
«EL SER QUERIDO» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES Y SE ESTRENA EN CINES EL 26 DE AGOSTO.
TRÁILER DE EL SER QUERIDO:
PÓSTER DE EL SER QUERIDO:

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