Crítica de ‘Anoche conquisté Tebas’: Tiempo y mito entrelazados.

Uno de los elementos más importantes del llamado «slow cinema» es el tiempo. El propio adjetivo slow ya da a entender que son películas «lentas», aunque este término suele utilizarse de forma despectiva. Se trata, en realidad, de obras que se toman su tiempo: las hay más largas, más cortas, más densas y también más ligeras. Pero todas suponen un desafío al dilatar hasta ciertos extremos el ritmo del relato, si es que hay uno como tal. Un cine que se impone a los cánones rítmicos y narrativos del cine comercial, convirtiéndose en una experiencia frustrante para algunos y fascinante para otros.
El primer largometraje de Gabriel Azorín, Anoche conquisté Tebas, podría encajar dentro del slow cinema, al igual que algunos de sus cortometrajes previos. Pero el hecho de que el cineasta ruede su película de una hora y veinte minutos con menos de treinta planos no responde a un afán poser de encajar dentro de esta corriente cinematográfica. Es la propia sensibilidad del director y su forma de entender el lenguaje cinematográfico la que hace que la cinta sea así y no de otra manera. Porque el proyecto ha tenido un viaje –desde un punto de vista tanto personal como de producción– tan pausado como la propia narrativa que desarrolla el filme.

Hace años, el director español visitó unas termas romanas y reflexionó sobre cómo él y las personas a su alrededor, cubiertos por la penumbra, estaban realizando las mismas actividades que los romanos miles de años atrás. Esta idea, sumada a un motivo cinematográfico de gran potencia estética como es observar a la gente en la intimidad que ofrece la oscuridad, dio origen a un proyecto coescrito por el propio Azorín y el dramaturgo Celso Giménez.
Anoche conquisté Tebas sigue y observa a un grupo de jóvenes portugueses adentrándose en unas termas. Las imágenes están bañadas por una ligera bruma neblinosa que sugiere que nos encontramos en el terreno del realismo mágico, como si estuvieran predispuestas a la irrupción de un elemento fantástico. Pero durante el día, cuando los jóvenes están rodeados de grupos turísticos y familias, únicamente presenciamos conversaciones más bien banales, de temática friki (mitología y videojuegos, principalmente).

Poco a poco, el grupo va disgregándose y la luz empieza a caer. Llega un punto en el que la iluminación naturalista que los acompañaba es vencida por la penumbra, apenas rasgada por ligeras fuentes de luz artificial (lámparas, faros de coches o teléfonos móviles). Y es precisamente en ese paso hacia la oscuridad cuando lo fantástico se abre camino. La noche da lugar a una larga conversación entre dos de los chicos, sumergidos en los baños individuales con forma de sarcófago. Un espacio en el que pueden hablar con honestidad y dejar que afloren los sentimientos, las dudas y el miedo a perderse mutuamente.
Esta secuencia, rodada en un plano fijo de veintiún minutos, es una de las más importantes y especiales de la película. Lo es, en primer lugar, por la preciosa conversación que mantienen los personajes y por las bellas y tristes confesiones que se hacen. No es la primera vez que Azorín aborda la amistad masculina, pero aquí alcanza una nueva cima gracias a una escritura que desafía el realismo mediante un diálogo elaborado, ligeramente literario y preciso en la elección de las palabras e incluso en su sonoridad. En segundo lugar, porque la luz cambia por completo y adquiere un estilo más clásico y cercano al peplum. Las fuentes de luz se vuelven invisibles, el vapor del agua actúa como una niebla dinámica y los colores aparecen ligeramente más marcados y saturados. Y, por último, porque el diseño sonoro (que hasta ese momento ya había sido excelente) se vuelve todavía más atmosférico.

Tras esta conversación central, la película se atreve a dar un paso más allá en el terreno de lo fantástico y retrocede en el tiempo hasta la época en la que los jóvenes romanos podían mantener el mismo tipo de conversaciones –¡en latín!– que los protagonistas contemporáneos en esos mismos espacios. Se establece así un fascinante diálogo entre el presente y el pasado, ya que ambas conversaciones giran en torno a los mismos conceptos: la amistad y la inminente separación. Lo mismo sucede con las tecnologías actuales –las aplicaciones móviles que nos enseñan y explican el cosmos– y las fuentes de luz artificial, que encuentran su reflejo en utensilios antiguos como las velas, las sandalias o las medicinas.
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Esta mutación narrativa y estética, que sobre el papel podría generar disonancias, acaba resultando paradójicamente orgánica gracias a las suaves transiciones entre pasado y presente, convirtiendo Anoche conquisté Tebas en una obra de sorprendente profundidad discursiva y estética, que hace dialogar fondo y forma para abordar la importancia del diálogo, sobre todo en el mundo masculino. Tan solo un extraordinario plano final, en el que la cámara abandona su estatismo para adquirir movimiento, podía cerrar este fascinante dispositivo de manera tan satisfactoria y redonda.

Anoche conquisté Tebas es una de las mayores sorpresas del cine español reciente, poco acostumbrado a propuestas slow tan radicales como esta. Sin duda, una de las películas más especiales y singulares del año.
NOTA: ★★★★☆
«ANOCHE CONQUISTÉ TEBAS», YA EN CINES.
TRÁILER DE ANOCHE CONQUISTÉ TEBAS
PÓSTER DE ANOCHE CONQUISTÉ TEBAS:

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