Crítica de ‘Ghost Song’ [74SSIFF]: Sentimentalismo de ultratumba.

Hay pocas cosas más estimulantes, en términos de cinefilia, que ver a un director tratar de reinventarse en una nueva película. Es exactamente el caso de Fatih Akin con Ghost Song (Geister), cinta que inaugura la Sección Oficial de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián.
El cine de Fatih Akin se ha movido siempre en los terrenos movedizos del cine social, explorando cuestiones como el trauma generacional, la identidad mestiza y el choque de culturas (él mismo es alemán de ascendencia turca, por lo que el desarraigo es algo recurrente en su obra). Su crudeza visual y versatilidad genérica le han llevado por el camino del drama romántico desesperado y trágico (Contra la pared, 2004), el thriller de venganza (En la sombra, 2017) o el drama de época (La isla de Amrum, 2025), pero casi nada de esto podía avecinar lo que estaba por venir en Ghost Song.

Lo nuevo de Akin está protagonizado por Farasha (Mariam Dawoud) y Faris (Eren M. Güvercin), dos jóvenes que se conocen en una fiesta de la selectividad y tienen un flechazo. Su preciosa conexión se rompe cuando ellos y otros dos amigos sufren un accidente de coche que se cobra la vida de Farasha. Mientras Faris se hunde en la depresión y la culpa, Farasha se niega a separarse de él y encuentra la forma de cruzar la frontera entre mundos. Así, durante las noches, logrará reencontrarse con Faris a través de sus sueños.

Lo cierto es que el cine de Akin nunca ha sido especialmente fan de la contención. Sus películas tienden al exceso dramático por medio del impacto, como sucedía en la antes mencionada Contra la pared, donde conceptos como el amor y la muerte dialogaban de forma desaforada y todo era crudo, violento y físico. En Ghost Song se trabajan conceptos similares, pero esta vez la dirección es opuesta. Donde antes había un grito, ahora hay un silencio; donde antes Akin recurría a lo explícito, ahora apuesta por el fuera de campo. Un cambio de estilo que, sin embargo, constituye un enorme fracaso.

Ghost Song se lanza de cabeza a la piscina del melodrama juvenil, pero conforme se adentra en el fantástico, choca con el suelo con tanta fuerza que pierde el conocimiento. El guion, coescrito con Ruth Toma, está formado por una amalgama de conceptos que, vistos de forma independiente, podrían resultar fascinantes: la posibilidad de una última conversación con un ser querido fallecido, los sueños como espacio para el amor, o la confrontación con la muerte durante la adolescencia.
El problema es que todo está escrito con la sonrojante intensidad de un relato de Wattpad, tan tópico y previsible que acaba rozando la autoparodia. El guion acumula prácticamente todos los clichés posibles en este tipo de historia, desde los más genéricos, como la figura del artista con tendencias suicidas, hasta otros más bochornosos, como tratar las cicatrices en las muñecas como una forma de expresión artística y, peor todavía, poética. Son diálogos que podrías encontrar en viejos posts de Facebook de 2012, con una vergonzosa e impostada intención lírica.

Un libreto tan fácilmente confundible con un manual de autoayuda difícilmente podía ser salvado por la dirección, pero he aquí a Fatih Akin, quien le da la estocada mediante decisiones absurdas por doquier, como esa caprichosa forma de estructurar la historia en capítulos (acompañados de los rótulos más horteras que estos ojos verán en todo el festival) y elecciones tan reiterativas y excesivas como el uso de una música facilona y sentimentaloide durante la mayor parte del metraje. Sin embargo, ninguna es tan grave como el fracaso narrativo y estético que supone Ghost Song dentro de su filmografía.
Y es que, en su búsqueda de reinventarse, Akin no solo sacrifica buena parte de sus señas de identidad, sino que también evidencia una gran torpeza. De primeras, la imposición del blanco y negro se antoja extraña, con una fotografía que apenas se beneficia de este recurso. Resulta que, según explicó el propio cineasta en la rueda de prensa posterior, la película fue concebida originalmente en color, por lo que la ausencia de cromatismo se incorporó durante la posproducción para dotar a las imágenes de una carga «filosófica» inexistente en la planificación. Pero, incluso si hubiesen conservado su color original, el resultado tampoco habría mejorado, ya que tan solo supondrían la traducción literal del texto sin decisiones de puesta en escena capaces de trascender.
Si rebuscásemos algo de valor estético dentro de la película, podríamos encontrar composiciones con clara intencionalidad narrativa en las secuencias oníricas, momentos en los que Akin sí consigue aportar algo de esa ansiada aura filosófica, pero fuera de esos paréntesis, todo es obvio, tedioso e impostado.

En este acartonado melodrama de sobremesa hay un último elemento que termina de desentonar: unas deficientes interpretaciones que, lejos de aportar química a la relación o interés a unos personajes ya de por sí simples y predecibles, terminan rompiendo la suspensión de la incredulidad. Porque cuando ves a un actor actuando y no a un personaje en pantalla, no hay nada que hacer.
NOTA: ★½
«GHOST SONG» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
TRÁILER DE GHOST SONG:
PÓSTER DE GHOST SONG:

¡SÍGUENOS!
- Crítica de ‘Ghost Song’ [74SSIFF]: Sentimentalismo de ultratumba. - septiembre 18, 2026
- Crítica de ‘Resident Evil’: Cero instinto de supervivencia en Raccoon City. - septiembre 17, 2026
- Crítica de ‘Anoche conquisté Tebas’: Tiempo y mito entrelazados. - agosto 30, 2026
