Werner Herzog recoge el Premio Donostia en el Festival de San Sebastián 2026 mientras define al País Vasco como «un pueblo de poesía».
El cineasta alemán recibe el homenaje del Zinemaldia y convierte su discurso en una carta de amor a un Euskadi al que quedó unido hace más de medio siglo.

Este viernes 18 de septiembre, San Sebastián levantó el telón de su gran fiesta cinematográfica: la 74.ª edición del certamen donostiarra echó a rodar una nueva batalla por la Concha de Oro, con Ghost Song, de Fatih Akin, como encargada de romper el hielo. Pero el auténtico plato fuerte de la jornada, más que la mencionada película de apertura, fue la entrega del primer Premio Donostia de esta edición a Werner Herzog.
El cineasta alemán no subió al escenario para hacer un repaso de su leyenda. A sus 84 años, Herzog hizo la cosa más herzoguiana posible: hablar de los demás. En concreto, de los vascos. De una conexión que empezó a tomar forma hace más de medio siglo, cuando se adentró en el infierno verde del Amazonas para retratar la obsesión de un conquistador guipuzcoano por alcanzar El Dorado en Aguirre, la cólera de Dios (1972), y que ha ido creciendo entre montañas, cuevas prehistóricas, lenguas milenarias y bertsolaris, los improvisadores de la tradición oral vasca.
Orlando Bloom reivindica a Werner Herzog como un cineasta que «ha dedicado su vida a recordarnos por qué el cine importa».

El encargado de entregarle la estatuilla abstracta metálica –una réplica de las farolas que presiden el paseo de la Concha de San Sebastián– fue Orlando Bloom, que forma parte del reparto de la película del director Bucking Fastard, presentada previamente en el Teatro Victoria Eugenia tras su paso por la Mostra de Venecia, donde Kate y Rooney Mara interpretan a dos hermanas simbióticas que hablan al unísono, se visten igual y se enamoran del mismo hombre (el pobre Bloom).
El actor británico de 49 años, grabado a fuego en nuestro imaginario por tensar el arco como Legolas en El Señor de los Anillos y por sobrevivir a los Siete Mares junto a Johnny Depp en Piratas del Caribe, apareció sobre el escenario del Kursaal para rendirse ante un cineasta al que definió como alguien que «ha dedicado toda una vida a recordarnos por qué importa el cine».
«Existen dos tipos de cineastas: los que hacen películas y los que hacen que veamos el mundo de otra manera. Werner Herzog pertenece a esta segunda categoría», aseguró la estrella a quien esa misma mañana se pudo ver dándose un chapuzón en la playa de La Concha.
Posteriormente, destacó que trabajar junto al veterano director fue «una experiencia completamente única» y señaló que la clave de su obra siempre ha sido una cualidad muy concreta: la curiosidad. «Ya sea explorando los límites de la naturaleza, los rincones más extraños del comportamiento humano o las fronteras entre la realidad y la ficción, Werner siempre ha entendido el cine como una forma de descubrimiento».
«Esta noche no solo celebramos a un cineasta extraordinario, sino a una voz irrepetible. A alguien que ha pasado su vida siguiendo su propio camino y que, al hacerlo, ha ampliado las posibilidades de lo que puede ser el cine», concluyó.
Werner Herzog y su historia de amor con «un pueblo de poesía»

Entonces llegó Herzog. Tras una larga ovación en el auditorio, el homenajeado apareció en el escenario para sumarse oficialmente a una lista de nombres en la que figuran personalidades de la talla de Jennifer Lawrence, Pedro Almodóvar, Víctor Erice, Hayao Miyazaki, David Cronenberg o Cate Blanchett, y a la que se unirá en breve Naomi Watts.

«Estoy aquí, delante de vosotros, no como un extranjero», comenzó diciendo el hombre que una vez arrastró un barco de vapor por encima de una montaña amazónica (aún nos persigue la locura de Fitzcarraldo), antes de abrir el álbum de recuerdos que le une al pueblo vasco.
La primera de esas conexiones, explicó, viene de lejos: «He tenido un vínculo con vosotros a través de una de mis primeras películas, Aguirre, la cólera de Dios». La segunda llegó años después, cuando emprendió una travesía a pie desde el Festival de Cannes, recorriendo más de mil kilómetros hacia el oeste, cruzando Carcasona y adentrándose en los Pirineos. «Caminé por toda la cordillera, exactamente por la frontera entre Francia y España», recordó el responsable de Nosferatu, vampiro de la noche (1979), antes de lanzar una de esas pequeñas confesiones tan suyas: «Debo admitir que acabé en Biarritz, no en San Sebastián. Mis disculpas».
Pero fue en esas montañas donde conoció a los vascos y quedó fascinado. Una atracción que entrelazó con el rodaje de su documental La cueva de los sueños olvidados (2010). Al hablar sobre las pinturas rupestres dejadas por los primeros Homo sapiens en la región francesa de Ardèche, reveló: «A veces me quedaba solo en la cueva cuando todos se habían marchado. Tenía la sensación de que me observaban, como si unos ojos estuvieran fijos en mí. Entonces escuchaba susurros. Y estoy seguro de que esas personas que hicieron esas pinturas hace 35 000 años eran vuestros antepasados. Hablaban vuestro idioma».
El emocionado cineasta germano quiso también rendir homenaje al euskera: «Estoy orgulloso de poder estar con vosotros y con vuestra cultura, con vosotros, que tenéis una de las lenguas más extraordinarias de Europa».
Y todavía guardaba una última sorpresa. Herzog confesó que cada año se sienta delante de YouTube para ver las competiciones de bertsolaris, esos duelos de poesía improvisada que enfrentan en versos a los grandes maestros de la tradición oral vasca. «No entiendo una palabra de vuestra lengua», admitió, «pero viendo a los poetas compitiendo, superando al anterior y elevando cada vez más el nivel sin que yo sepa exactamente de qué están hablando, siento una comunidad. Siento como si perteneciera a ese lugar».
Sosteniendo su Premio Donostia, se despidió con la frase de la noche: «Este es un país de poesía, es un país de poetas, y yo recibo esto aquí de manos de los poetas. Muchas gracias».
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