Crítica de ‘Tender Loving Care’ [74SSIFF]: Mike Leigh filma la vida en la que probablemente sea su última película.

Mike Leigh ya ha advertido de que, debido a sus problemas de salud, Tender Loving Care será muy probablemente su última película. Por eso la 74.ª edición del Festival de San Sebastián tiene una oportunidad más que justificada de despedir con la Concha de Oro la carrera de uno de los mejores directores del cine británico, y de saldar de paso una vieja deuda. Aquí presentó en su día Secretos y mentiras (1996), la obra que lo llevó hasta los Óscar, y aquí volvió a competir en 2024 con Mi única familia, que, inexplicablemente, se fue de vacío.
Ahora, con más de 80 años, el cineasta vuelve a colarse en todas las quinielas con una nueva muestra de su característico cine social en su máxima expresión. Esta vez, su retrato de la clase media británica se centra en dos trabajadoras sociales a las que el espectador acompaña en sus desventuras laborales, familiares y hasta románticas.

Después de años curtiéndose en buenos papeles secundarios de cine y televisión, a Kate O’Flynn por fin le ha llegado el momento de brillar. Con un asombroso parecido a Emily Blunt, la actriz, ahora en auge gracias a La maldición de Widow’s Bay, debería estar presente en todas las temporadas de premios gracias a una interpretación sostenida por unos ojos siempre vidriosos y una capacidad extraordinaria para que la dramedia vibre en su rostro. No está sola: su compañera de trabajo y de piso es el otro gran descubrimiento de la película, pues Alice Bailey Johnson construye el personaje más carismático del reparto, con una soltura cómica y una ternura difíciles de creer en un debut.
Si el jurado presidido por Ira Sachs decidiera premiar las interpretaciones protagonistas, tendría que ampliar el galardón a cuatro personas, ya que se trata de una historia muy coral, otro sello del director. El guion del propio Leigh compone un precioso mosaico de personas que cuidan y que necesitan ser cuidadas, en el que todos los personajes, y también los espectadores, juegan ambos roles. Esa generosidad en el tiempo en pantalla y la naturalidad de las conversaciones hacen difícil escoger un solo protagonista, porque cada uno lo es en su propio entorno.
Los otros dos sospechosos habituales del director son Marion Bailey (juntos desde el telefilme de 1984 Meantime) y Paul Jesson (compañero de teatro desde los años ochenta y visto más recientemente en Mr. Turner). En un panorama cinematográfico –y, sobre todo, en un festival–, plagado de familias desestructuradas, este matrimonio modélico ofrece todo un ejemplo al que aspirar, no porque sea perfecto, sino por el buen equipo que ambos siguen formando tantos años después. Escasean los ejemplos en el cine reciente, pero Tender Loving Care recuerda que las historias de la tercera edad siguen siendo necesarias e inspiradoras.
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Por muy excelentes que sean las interpretaciones, el mejor halago que puede hacerse al equipo es que Tender Loving Care no parece estar interpretada, sino vivida. Paradójicamente, aunque se perciban todos los mecanismos que hay detrás, la película transmite la sensación de que nadie ha intervenido en ella para nada, como si viéramos pura vida en tiempo real. Buen ejemplo de ello es una banda sonora que se limita a acompañar la narración sin necesidad de subrayar los momentos más emotivos. Haciéndose eco de su milagroso libreto, Leigh no rueda a sus personajes: los acompaña.

Para ello le bastan tres ingredientes con los que se ha lucido durante toda su carrera: el plano-contraplano, la puesta en escena y una dirección de actores con ensayos incluidos. Aquella herencia teatral de sus comienzos ha marcado su filmografía hasta el final, sin que sus obras dejen de ser profundamente cinematográficas por su enfoque y su perspectiva. En una película sobre la importancia de estar y de escuchar, Leigh sabe exactamente a quién mirar, con qué tipo de plano y durante cuánto tiempo.
Una herramienta clave en este ritmo emocional es el montaje. A golpe de corte o de cambio de encuadre, el espectador fluye naturalmente de la jornada laboral a la vida cotidiana y de los temas divertidos a los más profundos. Ningún cambio de plano responde a un artificio efectista, sino a las miradas y a las emociones, y cada diálogo se siente casi más palpable que los de la vida misma.
Tender Loving Care es, además, una película de personajes y de espacios, ya que los lugares en los que transcurre la acción hablan de quienes los habitan casi tanto como sus propias palabras. La cámara se cuela en las oficinas y en los salones de estas trabajadoras sociales para construir una hermosa rutina cotidiana en la que participamos de sus casos diarios y de esa pregunta de rigor al llegar a casa: «¿Qué tal el día?».
No es casualidad que la mayor parte del tiempo laboral de las protagonistas transcurra, precisamente, dentro de otras casas. Tal y como recordaba hace poco Valor sentimental, el hogar suele ser también el origen de buena parte de los problemas y las incapacidades. Así, Leigh no necesita figuras políticas ni discursos reivindicativos para firmar una de sus obras más políticas hasta la fecha, con una crítica contundente al sistema estatal de cuidados y al capitalismo. Con el paso del tiempo y la fama, el cineasta británico no solo no se ha aburguesado, sino que parece haberse vuelto incluso más directo en su discurso.
Eso no quiere decir que la película se regodee en la miseria de sus personajes, principales y secundarios. Al igual que hacen las dos protagonistas, Leigh los acompaña y escucha sin juzgarlos, pero tampoco valida sus errores. Habría sido muy fácil, y hasta aplaudido, ofrecer una historia mucho más destructiva, y quizá por eso habrá quien vea a unos personajes irrealmente felices ante los dramas a los que se enfrentan. Sin embargo, lo que propone es más bien un refuerzo positivo: honesto, pero nunca utópico.
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Es admirable cómo una persona de 83 años, que ha contemplado tanta podredumbre humana y que tiene sobrada capacidad para retratarla, decide apostar hasta su último aliento por la esperanza; una esperanza que, según él, solo puede ser colectiva. Por eso Tender Loving Care es la película que el mundo necesita ahora: una con la que aprender a vivir individualmente y que inspire a cuidar colectivamente.

Ese plano final, acompasado con el primero, cierra esta historia y posiblemente también la filmografía de su director con un alegato final más potente que cualquier discurso, pero, como siempre en su cine, desde la empatía y el cuidado. Gracias, Mike Leigh, por filmar la vida actual y aquella a la que se puede aspirar.
NOTA: ★★★★★
«TENDER LOVING CARE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES.
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