Crítica de ‘El castillo’ [74SSIFF]: Una mirada interna a la mafia proxeneta española.

Claudia (Valentina Vidal) tiene 18 años, es colombiana y lleva meses trabajando como prostituta en un burdel de España, endeudada y sin ninguna posibilidad de escapar. Un día, al teléfono, su hijo enfermo le pregunta desde Colombia cómo es el lugar en el que vive, y ella le responde que es «como un castillo». Si aquel antro tuviese algo de castillo, Claudia, como tantas otras mujeres en su misma situación, sería una de las prisioneras de un rey tirano.
El castillo, la nueva serie de Movistar Plus+, creada y escrita por Isabel Peña y Eduardo Villanueva (un equipo que ya colaboró en la serie Antidisturbios) y estrenada fuera de concurso en la Sección Oficial de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, es una de las producciones españolas más importantes del año. No es casualidad: la plataforma de streaming lleva más de una década impulsando ficciones de gran calado social (Querer, 2024), político (Antidisturbios, 2020) y dramático (Yakarta, 2025), y El castillo es tan relevante como las ya mencionadas. Juntas dibujan una línea editorial y homogeneización estilística muy reconocibles dentro de la casa.
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Esta serie habla de la prostitución y de las mafias proxenetas en la España de finales de los noventa y principios de los 2000, ofreciendo una mirada interna y detallada tanto al mundo de los chulos (aquellos que llevaban décadas regentando burdeles y que, a finales de los noventa, empezaron a acumular mayor poder económico) como al de las mujeres extranjeras traídas a España bajo la falsa promesa de riqueza. También, y no menos importante, pone el foco en la investigación policial de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales).
Sus seis capítulos se reparten así entre tres líneas narrativas. La primera se centra en la mafia y está protagonizada por Suizo (Raúl Arévalo), que, junto a sus socios, dirige clubes por toda España mientras mantiene un conflicto con la mafia rumana. La segunda vertiente, de corte más dramático, sigue a Claudia, que acaba trabajando para Suizo con la esperanza de ganar dinero y enviárselo a su familia. La tercera y última, más cercana al thriller procedimental, acompaña a Liesa (Omar Ayuso), un joven inspector recién incorporado a la UCRIF, y a su compañera Osés (Laia Marull).

Pero estos tres bloques, tan distintos como complementarios, persiguen un mismo objetivo: retratar una violencia patriarcal y un machismo estructural de los que el propio sistema se beneficia. Basado en el libro El proxeneta, de Mabel Lozano, el guion de Peña y Villanueva desarrolla minuciosamente, y con un compromiso total con la realidad, el funcionamiento y la corrupción que hay detrás del negocio de la explotación sexual. Pues aquí no solo están involucrados los proxenetas, mafiosos que se hacen llamar empresarios y aspiran a ser reconocidos como tales, sino también abogados, médicos y policías corruptos. La violencia que nace de la explotación sexual de mujeres sin papeles ni recursos salpica por igual a la policía: agentes que no solo son partícipes en las redes de prostitución, sino que llegan a hacer tratos con la misma mafia a la que, en teoría, deberían perseguir.
El castillo expone un sistema que normaliza la prostitución y criminaliza a las mujeres que la ejercen, con frases como «Estas mujeres prefieren ejercer la prostitución a limpiar escaleras» o «Si tan mal están, ¿por qué no se van?». Inteligentemente, Peña y Villanueva no buscan justificaciones, sino dejar que los hechos hablen por sí mismos. La serie se estructura mediante calculadas e inteligentes elipsis, buscando –y logrando– construir un mosaico de hechos y experiencias que, aunque se trate de una ficción, responde a una realidad indiscutible. Además, se esfuerza por acercarnos escalofriantes datos reales que la ficción pone en escena de manera cruda, pero nunca morbosa.

A ello contribuye una dirección elegante, austera e inteligente, llevada a cabo por Elena Martín Gimeno (cuatro episodios) y Sandra Romero (dos episodios). Ambas trabajan bajo unos parámetros estilísticos que poco tienen que ver con los de sus largometrajes, donde destacan el trabajo con los cuerpos y el uso de la cámara en mano. El castillo es una serie de movimientos de cámara suaves, con predominio de planos fijos, algunas panorámicas y travellings sin alardes técnicos; una obra de atmósferas y silencios. El fuera de campo y la elipsis se convierten en sus principales herramientas narrativas, como queda demostrado durante la primera relación sexual de Claudia con un cliente. Es tal la contención de la serie que la etiqueta de thriller se queda corta.
Esa contención se potencia gracias a una puesta en escena que juega con los espacios. La cámara toma distancia de los personajes y los aísla en grandes estancias –el club, las habitaciones, los comedores o los despachos–, siempre desplazados hacia un extremo del plano o encerrados por la propia arquitectura del lugar. Ahí entran en juego los espejos, convertidos en brillantes recursos narrativos: un reflejo puede mostrar a las mujeres tratadas como mercancía o revelar el rostro deformado del siguiente cliente de Claudia.
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Esa distancia solo se rompe en momentos de pura subjetividad e introspección, a través del primerísimo primer plano. En El castillo, las interpretaciones comunican muchísimo con la mirada, sin necesidad de palabras, y a menudo son esas miradas las que marcan el punto de vista de la secuencia. Ocurre cuando Claudia va a denunciar a Suizo y basta la mirada del policía que le toma declaración para que tanto ella como nosotros sepamos que no tiene ninguna posibilidad. O en la secuencia del juicio (no diremos sobre qué ni a quién), donde el silencioso gesto de la jueza aporta una capa de ambigüedad apasionante y la convierte en uno de los momentos de mayor intensidad.
Lo que no encontraremos en El castillo es un drama de gran arraigo emocional hacia sus protagonistas. Aunque todos presentan un arco clásico y suficientes contradicciones y ambigüedades como para resultar personajes interesantes, la única que transmite una verdadera emoción es Claudia, porque en ella reside toda la tragedia derivada de su condición de víctima. El resto de personajes están escritos e interpretados de forma más bien fría, sin excesos melodramáticos ni violentos, pero también sin rasgos capaces de despertar empatía.

La serie destaca por su minuciosidad y su elegancia, y aunque le faltasen esas virtudes, seguiría teniendo un guion de enorme importancia y contundencia discursiva. Porque el tema que trata es delicado y requiere una sensibilidad especial, y El castillo la tiene.
NOTA: ★★★★☆
«EL CASTILLO» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 8 DE OCTUBRE EN MOVISTAR PLUS+.
TRÁILER DE EL CASTILLO:
PÓSTER DE EL CASTILLO:

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