Crítica de ‘5 minutos más’ [74SSIFF]: Sitges se cuela en el Festival de San Sebastián con una divertida sátira temporal.

Acaba de empezar la 74.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, pero 5 minutos más ya parece haber avanzado hasta octubre. Precisamente sobre alterar el tiempo (repitiéndolo una y otra vez, en este caso) trata la nueva comedia de Javier Ruiz Caldera, una propuesta más propia del festival hermano de Sitges. Después de haber tocado géneros tan distintos como los zombis, los superhéroes, los fantasmas y los agentes secretos, el director de Superlópez quiere ahora sacar unas risas con los bucles temporales… aunque por el camino tampoco faltarán sangre, sudor y lágrimas.

Si bien la factura técnica de toda su filmografía ya demostraba que Ruiz Caldera sabe cómo montar un buen espectáculo, 5 minutos más representa un gran avance en su realización, ya que se atreve a rodar cada uno de los bucles de 300 segundos de la manera que más hace temblar a los productores: en plano secuencia. Esta elección de filmar sin cortes –una técnica inmersiva que el gran público tiene todavía reciente gracias a Adolescencia– no es, de por sí, buena ni mala, pero el director sin duda la justifica y, sobre todo, la borda. Al igual que en la miniserie de Netflix, aquí cada encuadre y cada movimiento están en su sitio hasta el punto de que no se aprecia el artificio y hay espacio para lucirse con un espléndido montaje interno y unos logrados efectos especiales.

La mayor ventaja de esta decisión reside, sin duda, en el ritmo. Una trama que fácilmente podría ser reiterativa no aburre en ningún momento; de hecho, solo va a más. Porque el tiempo se reinicia, pero el conocimiento de los personajes no. Así es como la comedia del principio va dejando paso a la sátira y, finalmente, cuando ya se han desvelado todas las posibilidades del terreno, al drama de supervivencia. Esto hace que no abunden los gags ni se explote la ciencia ficción como generadora de situaciones cómicas, pero para aportar esa gracia a cada frase ya están los actores.
Ruiz Caldera ha sido sabio a la hora de elegir el elenco, porque lo que se espera de Berto Romero (Pizza Movies), Belén Cuesta (La casa de papel) y Javier Cámara (Yakarta) es exactamente lo que ofrecen, ni más ni menos. Ninguno parece querer descubrir una nueva faceta actoral o aspirar a una Concha de Interpretación, pero todos funcionan en lo suyo. Quizá pasándose de generoso con sus compañeros de reparto, sorprende el poco lucimiento de Berto, sobre todo teniendo en cuenta que el famoso humorista catalán es también el único guionista de la película.
Aunque ya había coescrito el falso documental Algo muy gordo, este es el primer proyecto de gran envergadura firmado en solitario por el antiguo compañero de Buenafuente, quien, muy alineado con el estilo del director, demuestra sus tablas en la industria española del entretenimiento con diálogos ligeros y una excéntrica escalada de acontecimientos que contribuyen a crear un pasatiempo bien encarrilado que no se pasa de tono ni de duración.

Todo el artificio funciona, pero, cuando llega el final de los entretenidísimos 92 minutos de metraje, ante el abrupto oscuro de los créditos, cuesta responder al para qué. Y es que el guion juega mucho con las situaciones concretas de los personajes, pero no tanto con las reglas generales de los bucles temporales, la situación global de esta anomalía o el uso de este recurso para hablar del drama romántico de la pareja protagonista.
La interesante idea de la anomalía temporal con memoria se queda, por tanto, como una oportunidad perdida para ser el vehículo de algo más (un existencialismo a lo Palm Springs o Al filo del mañana, pero a escala global). Por momentos, los personajes de Berto y Belén sí apuntan hacia esa posibilidad al plantearse la pregunta: «¿Y si pudiéramos repetir nuestra relación hasta conseguir que funcionara?»; e incluso parece haber ciertos paralelismos con el día a día agobiante y repetitivo que el mundo experimentó a la vez durante la pandemia del coronavirus. Porque, al igual que ocurre en las relaciones, en este bucle temporal no vale con hacer borrón y cuenta nueva: la memoria permanece y, con ella, también el dolor. Y no hay reinicio del tiempo que pueda borrar eso, como bien demuestra la película.

5 minutos más tiene una clara vocación de público, como una película de Sitges para todos los espectadores, y sabe lo que quiere ser: un bien engrasado mecanismo de entretenimiento que convierte la repetición en ritmo y la dificultad técnica en espectáculo.

Puede que sea más efímera que el resto de la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, pero sin duda es de las que más se van a poder recomendar para ver y disfrutar sin ningún tipo de culpa. Al fin y al cabo, este divertimento experiencial bien puede presumir de su lograda hazaña técnica sin trampa ni cartón, en la que todo se ve y se disfruta durante una hora y media de tensión creciente. Aunque los espectadores salgan sin reflexionar de ella, también lo harán con la adrenalina por las nubes.
NOTA: ★★★☆☆
«5 MINUTOS MÁS» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 22 DE ENERO EN CINES.
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