Crítica de ‘Growth of the Soil’ [74SSIFF]: Fascinante epopeya naturalista con la historia de la humanidad recogida en las montañas noruegas.

Las montañas de Noruega poseen una belleza inmensa, tanta que en sus verdes paisajes cabe la historia entera de la humanidad. Ese es el gigantesco alcance de Growth of the Soil, la candidata noruega a los Óscar, que compite en la Sección Oficial de la 74.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Esta magnífica epopeya naturalista merece una gran oportunidad tanto de cara al público como en la temporada de premios, ya que, a través de un exigente –pero necesario– metraje de dos horas y media, invita al espectador a embarcarse en un viaje épico atravesado por un precioso mensaje.
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A través de una pareja que vive en las montañas como unos proto-Adán y Eva, la película es una ambiciosa adaptación de la novela de Knut Hamsun La bendición de la tierra. El director de thrillers fríos Hans Petter Moland (Uno tras otro) escenifica un cuidadísimo crescendo a nivel técnico y narrativo a través de sonidos e imágenes que bien merecen la pantalla más grande posible.

No solo se trata de una experiencia inmersiva sobre cómo es vivir en el campo, sino de hacerlo a través de todas las etapas de una vida y de la Historia en mayúsculas. A veces casi sin palabras (la primera media hora es una excelente cinta muda), el director presume de una dirección de actores complicadísima, en la que cada gesto y cada encuadre albergan un gran avance de la humanidad.
Puede que a veces se sienta como un impresionante documental de National Geographic, pero su ritmo lento permite buscar el sentido y el arte en absolutamente cada escena. Poco a poco se van sumando elementos como esa majestuosa banda sonora que no subraya las emociones, sino que aumenta la épica (atención a cómo se mezcla con el sonido de un reloj en los momentos de reflexión sobre el paso del tiempo). Los rótulos, por su parte, también renuncian a la fórmula de Netflix de llevar de la mano al espectador para marcar más bien la temática. Y hasta los cortes de montaje están ajustados al milímetro.
Pero si la película se siente tanto es, en gran parte, porque se ve. Solo por esos apabullantes escenarios naturales ya merece la pena pagar la entrada en el mejor cine posible. A pesar de la difícil tarea de iluminar todo tipo de climas en un paisaje remoto, la fotografía se mantiene impoluta e impresionante. Tras trabajar en varios thrillers con Liam Neeson, Moland presenta aquí una factura visual sin CGI con la que Hollywood solo puede soñar (¡viva la tierra europea!).
Al fin y al cabo, la naturaleza es un personaje más, al que hay que iluminar como al resto. Pocas veces ha estado tan justificado el formato de pantalla vertical: los personajes aparecen permanentemente encuadrados en el entorno, porque las relaciones del film se establecen entre toda la creación, sea humana, animal o vegetal. En la rueda de prensa del 74SSIFF, Moland recordó que sabe cómo rodar escenas de acción con la cámara en constante movimiento; sin embargo, aseguró que aquí se trataba más bien de dónde colocarla para dejar que todos los actores del plano pudieran lucirse.
Y es que esta adaptación no es solo un brutal alarde esteticista. Se nota muchísimo el trabajo previo de ensayos con los dos protagonistas, tanto para hacerlos reales e identificables como para elevarlos a lo mitológico y lo simbólico. Herbert Nordrum (La peor persona del mundo) borda esa mezcla de fuerza bruta e incapacidad emocional, mientras que Asta Kamma August (Kalak) contrasta con el personaje más complejo ayudada de un delicadísimo trabajo protésico.

En cuanto al guion, el referente más similar y cercano sería Madre!, de Darren Aronofsky, por esa misma visión naturalista sobre la historia de la humanidad. Aunque la película muestre con detalle los procesos de la vida en el campo, siempre lo hace con el mensaje en mente y sin convertir en ningún momento a la naturaleza en un enemigo externo. Desde el principio, deja muy claro que el problema está en el individuo y la solución en la comunidad: en una de esas primeras escenas, la sencilla construcción de una cabaña basta para escenificar cómo lo que es imposible para uno tiene una solución sencilla para dos.
Así, la naturaleza externa se presenta como el campo de cultivo ideal para analizar la naturaleza interna y preguntarse qué ocurre cuando la relación con ambas se rompe. En un constante ciclo de auge y caída, el guionista, y también actor secundario, Gard B. Eidsvold (Trol) deja espacio para reflexionar sobre la ambición humana, esa fuerza que hace avanzar tanto la trama como al propio ser humano, pero que también es capaz de destruirlo a él y al mundo que lo rodea.
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De ahí que, con la misma naturalidad que en Tender Loving Care, el capitalismo entre en escena como una fuerza que corroe a la humanidad por fuera y por dentro. Lejos de la crítica barata, el guionista plantea dos anhelos con los que casi cualquiera se sentirá identificado: querer llegar a ser alguien y gobernar el tiempo. Los protagonistas lo intentan, pero el problema es la herramienta que eligen para ello: el individualismo.
Muy valientemente, la película no se queda solo en la pregunta humanista o en un análisis derrotista. La trama es muy realista con la evolución de la condición humana, sí, pero también apuesta por ofrecer una esperanza necesariamente humilde, y esa frase final debería enmarcarse en todos lados.

Así es como durante más de dos horas y media Growth of the Soil mantiene el pulso de una asombrosa epopeya sobre la corrupción del ser humano y de su entorno, enmarcada en una apabullante factura visual con la que dejarse fascinar en la mejor sala de cine posible. Porque ese es el mejor lugar para que su ritmo cale, sin distracciones, hasta lo más profundo del alma humana, que es, al fin y al cabo, el tema principal de la película.
NOTA: ★★★★½
«GROWTH OF THE SOIL» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
TRÁILER DE GROWTH OF THE SOIL:
PÓSTER DE GROWTH OF THE SOIL:

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