Crítica de ‘Depredador dominante’ (‘Apex’): Charlize Theron no logra coronar del todo esta cacería que aúna deportes de riesgo.

Si Baltasar Kormákur montara una agencia de viajes, el folleto vacacional vendría con un testamento adjunto y una extensa cláusula en letra microscópica eximiendo a la empresa de cualquier responsabilidad civil por traumatismo craneoencefálico, congelación de miembros o naufragio. Y es que, si algo nos ha enseñado la filmografía del cineasta islandés, es que le chifla sobremanera hacer sufrir a sus personajes y, por extensión, a las estrellas de primera línea que los encarnan, en los parajes más inhóspitos y fotogénicos que nuestro impredecible planeta azul tiene para ofrecer.
Esta querencia masoquista por el sufrimiento humano en alta definición quedó más que manifiesta cuando sepultó a Jason Clarke y Jake Gyllenhaal bajo una despiadada tormenta de nieve que nos dejó a todos tiritando en Everest (2015); dejó a unos desamparados Shailene Woodley y Sam Claflin a merced de un océano embravecido, racionando latas de conserva y bebiendo agua de lluvia en A la deriva (2018); y sirvió a un padre de familia con la cara de Idris Elba como aperitivo para un león malhumorado y vengativo en la sabana sudafricana en La bestia (2022).

De acuerdo que hace unos años el director decidió darle un sorpresivo y agradecido respiro a nuestras taquicardias –y, de paso, un alivio a sus ya infartadas compañías de seguros de los grandes estudios– edulcorándose con ese almíbar romántico que fue Touch (2024), pero la cabra siempre tira al monte, literal y figuradamente hablando en el caso de Kormákur, que ha tardado más bien poco en volver a las andadas de la supervivencia extrema y la naturaleza hostil de la mano de Depredador dominante (Apex).
La nueva (des)afortunada en pasar por su particular cámara de tortura paisajística es una entregada Charlize Theron. La actriz sudafricana se mete en la piel de una mujer adicta a la adrenalina que, marcada por la pérdida traumática de su pareja (un testimonial Eric Bana), cree que la mejor forma de sanar sus heridas y encontrar algo de paz interior es adentrarse sola –error garrafal de manual– en la salvaje naturaleza australiana.
Lo que nuestra protagonista ignora es que su retiro con aspecto de documental de National Geographic se convertirá rápidamente en una trampa mortal cuando descubra que es la diana de un sádico asesino en serie interpretado por Taron Egerton, quien ha colgado los trajes a medida de Savile Row para abrazar un rol de psicópata alejado de sus papeles más carismáticos y encantadores.

Este juego letal del gato y el ratón, que ya hemos visto mil quinientas veces en la pantalla bajo diversas formas, no destaca tanto por una narrativa famélica de ideas, fruto de un guion debilucho de Jeremy Robbins –del que se esperaba más chicha dada su andadura en la serie The Purge (2018-2019), que presuponía un diestro manejo de los mecanismos de la cacería humana–, como por el telón de fondo donde colisionan presa y depredador.
Rodada en localizaciones reales y mandando a paseo las omnipresentes pantallas verdes, marca indiscutible de la casa del islandés, la acción se enmarca en la imponente y vasta geografía de Nueva Gales del Sur (Australia), principalmente en el Parque Nacional de las Montañas Azules, y nos brinda escenas que provocan angustia moderada y algún que otro respingo a los espectadores de sofá, especialmente las referentes a la escalada, aunque estas no generan la ansiedad y el vértigo de aquella Fall (2022) y su dichosa torre de radio oxidada.

Pero no todo es trepar paredes de piedra. Correr como si no hubiera un mañana por terrenos escarpados, lanzarse en kayak por rápidos traicioneros y nadar a la desesperada en aguas con cataratas incluidas son algunas de las extenuantes acciones que vemos ejecutar a la ganadora del Óscar frente al objetivo, quien ha canalizado aquí a su Tom Cruise interior, ya que ha rodado casi la totalidad de sus escenas de riesgo sin recurrir a dobles (con la única salvedad de las relativas al kayaking), como ya hizo en Mad Max: Furia en la carretera (2015), Atómica (2017) o La vieja guardia (2020).

El gran problema es que estas proezas físicas, ejecutadas para escapar de la constante amenaza de un Egerton (Kingsman) que revela su psicopatía al ritmo de The Chemical Brothers, se presentan en encadenaciones de escenas frenéticas, pero con resoluciones demasiado rápidas y convenientes. En este sentido, el metraje no logra mantener la tensión de forma agónica durante su –por otro lado, agradecida y ajustada– hora y media de duración, dejándonos con una persistente sensación de vacuidad y una resolución final que sabe a poco.

En resumidas cuentas, Depredador dominante termina siendo un thriller de consumo rápido y memoria corta, en el que Charlize Theron se deja la piel (y seguramente algún ligamento), pero a la que le habría hecho falta un guion que no le tuviera tanto miedo a las alturas para lograr coronar la cima.
NOTA: ★★½
«DEPREDADOR DOMINANTE» («APEX»), ESTRENO HOY EN NETFLIX.
TRÁILER DE DEPREDADOR DOMINANTE:
PÓSTER DE DEPREDADOR DOMINANTE:

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