Crítica de ‘Josephine’ [Sundance 2026]: Una niña de ocho años es testigo de una violación en esta película difícil de digerir y aún más difícil de olvidar.

Ella avanza por un pasillo solitario cuando, de pronto, detecta una presencia masculina a su espalda. En un acto reflejo –la eterna pregunta de «¿me estará siguiendo?»–, sube la guardia, mira de reojo, intentando que él no se percate, y se aferra con fuerza a lo primero que tiene a mano: un simple lápiz amarillo convertido en un arma improvisada.
Esta escena, por desgracia, resulta tristemente familiar para cualquier mujer, pero hay algo poco habitual en la situación descrita arriba, y es que la mano que empuña el lápiz es muy pequeña. Pertenece a una niña de apenas ocho años y es la protagonista de Josephine, de Beth de Araújo (Soft & Quiet), que se ha erigido como la gran sensación de Sundance en la que supone su última edición en Park City y la primera sin su fundador, Robert Redford.

Para entender por qué una cría de primaria vive en semejante nivel de alerta en esta secuencia del ecuador de la película, tenemos que remontarnos a sus diez primeros y asfixiantes minutos, cuando Josephine, que da título al largometraje, sale a hacer ejercicio a primeras horas de la mañana con su padre, en unos instantes que sirven para dibujar una relación paterno-filial entrañable.
Pero todo se tuerce cuando ella acelera el paso al llegar al parque, dejando rezagado a su progenitor para esconderse tras un árbol y darle un susto (confiesa: todos hemos jugado de niño a ese «¡bu!» ignorando que a nuestros padres casi les da un microinfarto). Ahí, agazapada en su escondite, Josephine se convierte en testigo muda de lo inimaginable: una violación.

En los últimos años, numerosas películas han abordado la agresión sexual desde el fuera de campo, a través del sonido, la distancia, el subtexto o las secuelas posteriores. Véanse Ellas hablan (2022), Al descubierto (2022), El poder del perro (2021), Una joven prometedora (2020), e incluso algunas de nuestras producciones españolas, como Querer (2024) o La furia (2025). Sin embargo, Josephine toma un camino mucho más difícil (y debatible, dicho sea de paso), que requiere un aviso de contenido sensible mayúsculo: narrar la agresión en tiempo real y de forma explícita. Lejos de caer en el morbo, la cámara intercala el ataque con el estupefacto rostro de la niña, que fluctúa entre el terror y la curiosidad infantil, en una maniobra con la que Beth de Araújo nos obliga a no apartar la vista de aquello que la propia Josephine no pudo dejar de mirar.
La cineasta brasileño-chino-estadounidense sabe muy bien de lo que habla, ya que vivió este horror en sus propias carnes de niña en el Golden Gate Park. Mientras su padre perseguía al agresor, ella se quedó atrás, intentando consolar y vestir a la víctima, sin comprender del todo lo que acababa de presenciar. Esa traumática experiencia, sumada a su posterior voluntariado en líneas de crisis, confiere a un libreto magnífico, que también escribe ella, de un doloroso carácter realista y verosímil.

Al igual que le sucedió a la directora, el personaje principal de su película, a raíz de este episodio, se verá obligado a enfrentarse a la pérdida de la inocencia de manera abrupta. En un brillante estudio de personaje y un coming-of-age sumamente triste, veremos cómo este encuentro con la violencia termina por moldear la identidad de Josephine y cómo su mundo se vuelve, de repente, hostil. Y gran parte del mérito recae en Mason Reeves, una debutante y revelación absoluta, elegida por pura casualidad en un mercado, y que carga sobre sus hombros con el peso de esta dura cinta.
La transformación de Josephine, marcada por dicho trauma, se manifiesta nítidamente en Reeves a través de una agresividad reactiva y un rechazo instintivo hacia todo el género masculino. Una aversión que se construye con pequeños (y no tan pequeños) gestos como la desconfianza automática al cruzarse con un hombre, el hecho de dejar de acariciar a un perro adorable en el momento en que le dicen que es macho o dejar de coger de repente la mano de su propio padre.
En este contexto, sus padres, interpretados por los muy conocidos Channing Tatum (Roofman) y Gemma Chan (The Creator), claramente inspirados en los de De Araújo (él, atleta; ella, bailarina), lejos de ser figuras idealizadas, se presentan como personajes imperfectos y, por ende, de carne y hueso, que evitan conversaciones difíciles con su hija (¿cómo le explicas a una niña qué es una violación cuando ni siquiera sabe qué es el sexo?) y que funcionan como un reflejo de la complejidad de la crianza de los hijos en los tiempos que corren.

Aunque Josephine se presenta como un drama, de esos que provocan ojos acuosos y nudos en el estómago (una pesadilla parental al más puro estilo Adolescencia, el fenómeno de Netflix), su ejecución técnica hace que casi se sienta como un thriller, con un ritmo agónico y una tensión sostenida que no da tregua. De Araújo emplea a menudo planos subjetivos en esta historia contada desde la perspectiva absoluta de Josephine, innovando también con técnicas como travellings circulares y jugueteando incluso con códigos del terror al convertir al agresor en una suerte de amigo imaginario silencioso.
Desde el asombro de Josephine al descubrir que, en el supuesto caso de ser sentenciado, el depredador solo se enfrentaría a una pena irrisoria de entre tres y ocho años de prisión, hasta un juicio tortuoso, De Araújo dicta su propia sentencia contra un sistema judicial que hace aguas y denuncia la total desprotección de las víctimas.

Nunca antes algo tan simple como ver a un niño contando con los dedos había resultado tan desolador. Josephine (aviso a navegantes) es una obra difícil de digerir y de visionar. Puede que parezca precipitado afirmar ahora, en enero, que es una de las mejores películas de 2026, pero, sin duda, lo será.
NOTA: ★★★★½
«JOSEPHINE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SUNDANCE 2026.
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