Crítica de ‘Mother Mary’: Mother Mary tiene que seguir rezando.

Identificar un patrón en la obra de David Lowery es complejo. El cineasta estadounidense es un autor camaleónico cuya filmografía funciona como un péndulo constante entre el cine independiente más esotérico y las grandes maquinarias de estudio. Su carrera transita desde el lirismo metafísico de la pérdida en A Ghost Story (2017) hasta la deconstrucción de la épica medieval en El Caballero Verde (2021), alternando con encargos comerciales para Disney como Peter y el dragón (2016) y Peter Pan & Wendy (2023). A este eclecticismo fílmico se suman el neo-western romántico de En un lugar sin ley (2013) y el tono crepuscular de The Old Man & the Gun (2018).
Pese a tal diversidad de enfoques, siempre se asoma un interés por las costuras de la condición humana y el peso del tiempo, envuelto en una ambiciosa imaginación visual. Esta mirada vuelve a manifestarse en Mother Mary, un inclasificable rumbo hacia el drama psicológico con tintes de thriller de fantasmas, con la que demuestra que su cine no responde a fórmulas, sino a una búsqueda constante detrás de la cámara.

La historia, guionizada por el propio realizador, presenta a una estrella del pop en crisis (Anne Hathaway) que busca a su antigua mejor amiga, amante y diseñadora de moda gótica (Michaela Coel), con quien interrumpió el contacto una década atrás. Lo que comienza en una mansión aislada como el encargo de un vestido de gala –destinado a capturar la verdadera esencia de la cantante– pronto se deforma en un relato claustrofóbico. Al quedar aisladas en el taller, resurgirán con virulencia los traumas del pasado, las culpas compartidas y una serie de extrañas visiones sobrenaturales que desdibujan por completo las fronteras de la realidad.

De principio a fin, el metraje exhibe las aspiraciones estéticas de Lowery por construir una narración basada en sensaciones más que en una rigurosa coherencia interna. El director busca la armonía formal a través de las hipnóticas imágenes captadas por la fotografía de Andrew Droz Palermo (Thunderbolts*) y Rina Yang (Euphoria): secuencias bañadas en una saturada luz neo-pop sobre escenografías artificiales que replican el mundo del espectáculo; además de un vestuario gótico y vanguardista que resulta transformador durante las funciones musicales.
Lejos de ser mero ornamento, el vestuario diseñado por Bina Daigeler (La habitación de al lado) se revela como un personaje narrativo y una extensión identitaria de Mother Mary. Esta sensibilidad visual se eleva gracias a un destacado diseño sonoro que penetra en la psique de la protagonista. Se nos presenta así a una diva deificada y deshumanizada por la industria –cuyo nombre real se nos oculta deliberadamente– que necesita tanto a su profesión como la repele.

En este drama paranoico sobre el peso de la fama, la interpretación de Hathaway (La Odisea) se sostiene en una aterciopelada vulnerabilidad que reverbera con fuerza al chocar contra la afilada determinación que propone Coel (Podría destruirte). El resultado es un oportuno reencuentro que pone en evidencia un conflicto de coautoría: la dialéctica entre la musa que ejecuta el arte y la creadora en la sombra que diseña su armadura visual.

Como consecuencia de este planteamiento dramático, los diálogos tienden a volverse largos, densos y descriptivos. Es un lanzamiento sincero de reproches, nostalgias y deseos que por momentos encalla en una exposición excesiva, aunque este rasgo se contrarresta con pasajes que coquetean con las formas experimentales y un montaje excéntrico. Por su parte, los efectos visuales van más allá de la mera recreación de los números musicales; se posicionan al servicio de una entidad sobrenatural filtrada mediante los códigos del terror religioso, las posesiones y los espectros.
Fiel al sello del autor, el «fantasma» no busca el susto fácil, sino manifestarse como metáfora de un cuerpo que recuerda: el trauma físico y la culpa implacable materializándose en el taller. Este giro desvía la orientación temática hacia una representación metafórica de los miedos paranoicos de la artista, un conflicto de identidades reforzado por el poder evocador de la partitura de Daniel Hart –habitual colaborador del realizador– y las canciones pop coescritas por Charli XCX, Jack Antonoff y FKA Twigs, quien además cuenta con un cameo. Sin duda, este paisaje musical es clave al edificar una experiencia de ópera pop psicodélica, donde la música comercial se revela como una vivencia tan liberadora como destructiva.

Con todos estos elementos, el último largometraje de Lowery –apadrinado por la siempre interesante productora y distribuidora A24– se sitúa de lleno en su vertiente más independiente y experimental, ofreciendo una historia de reencuentro con una atmósfera de horror psicológico y misticismo sobrenatural que pone contra las cuerdas al espectador para debatir entre el estilo y la sustancia. Sin embargo, este tránsito eminentemente sensorial acaba resintiendo la experiencia general por su falta de lógica interna. Al contraponer tonos, emociones e ideas sin definir claramente el núcleo de su exploración, la propuesta se vuelve más accesible por sus estimulantes elementos aislados que por la comunión de todos ellos. Mother Mary tiene que seguir rezando.
NOTA: ★★½
«MOTHER MARY», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE MOTHER MARY:
PÓSTER DE MOTHER MARY:

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